• Caracas (Venezuela)

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Francisco Javier Pérez

Robin Williams, profesor de literatura

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Dentro de la rica actividad actoral desarrollada por Robin Williams, se quiera o no y se observe o no, fueron muchos los asuntos, las referencias, las influencias, los seguimientos, las admiraciones y los pensamientos que estuvieron conducidos por la literatura.

La pauta de lecturas inversas sobre la realidad hizo del genio de este actor un radical y determinante hito en el dominio de la literatura como estética del cine. Hay literatura en la escogencia argumental y en la forma de llevarla a puerto. Hay literatura en la pauta dictada por los ambientes literarios y por la hechura de sus decursos. Hay literatura en la esperanza de bien que sin distracciones fue conquistando el tantas veces protagonista para insistirle al mundo que ese es el sentido supremo del arte. Hay literatura en la capacidad para caracterizar a los personajes y para hacerlos, en clave de humor o de tristeza (lo mismo, en suma), voceros del anhelo por un mundo mejor.

En esta idea, la más triunfante representación de lo que la literatura tiene que decir, especialmente en nuestros tiempos, sea la del profesor de literatura de la Welton Academy, en Vermont, y cuyo nombre de románticas reminiscencias es John Keating (fonética y anímicamente tan cercano a ese grande que fue John Keats y al que Cortázar dedicó uno de sus mejores libros: Imagen de John Keats). Conocida de todos, conmovedora a la primera audición y a la segunda, tercera, cuarta y a todas las que sigan, la Sociedad de los poetas muertos (Dead Poets Society; con guion de Tom Schulman y dirección de Peter Weir), llegó en 1989 para divulgar la función benéfica que tiene la literatura para los hombres y la perpetuidad de la filosofía literaria como modo de intervenir para que los hombres sean mejores.

La historia es sabida y no interesa volver sobre ella. Lo que sí cuenta es que ella se sustenta, al menos, en dos referencias poéticas de gran alcance. La primera, esa constante invocación de enseñanza del Carpe Diem (“aprovecha el día”) que da cuerpo a toda la poesía latina clásica y que en manos de Horacio (Quinto y Flacco), se hace modo de vida y necesario principio para lograr con ella un hacer permanente y un hacerlo pronto, de joven sin más; pues los años (y cómo lo sabía el añoso poeta de la “Oda a Los Pisones”, en donde el axioma está dando cuerpo al resto de las reflexiones de teoría poética), desgastan el cuerpo y el alma y lo hacen para siempre. En consecuencia, lo que el hombre no hizo en edad juvenil no lo hará en sus edades grises, consoladas solo por la sabiduría que da la vejez, sí y solo sí, esta haya sido cultivada desde temprano (profunda y cruel paradoja del vivir pensando en la edad del vivir o del vivir viviendo en la del morir).

La segunda referencia es igualmente cautivadora y poderosa. No otra que la recurrencia admirativa en torno al gran Whitman, el poeta de la libertad y el nombre más augusto de Norteamérica, cuando la gran nación ya quería serlo pero bajo el imperio del respeto y del libre crecimiento de sus hombres. En Hojas de hierba, libro sagrado y miliar, está construyendo una poesía del significado a contracorriente de la que los simbolistas se empeñaban en implantar, esa que quiere ser forma y palabra en el espacio y solamente y solo un significante. Sin florituras ni exotismos, Whitman propone la autobiografía poética, un canto a sí mismo que anhela que la palabra sea ánimo y sentimiento, carne y hueso, polvo enamorado ajeno a todo formalismo culterano. Su poesía es para todos los hombres, a los que ama con límites de eternidad. Su amor es uno que se hace materia para hacerse alma. Los versos de Whitman son partes táctiles de un cuerpo que vive en los hombres buenos y libres como las hojas que caen en otoño o como las que nunca caerán; libres para vivir y para amar y libres para pensar sin que nadie castre el poder de un concepto que es tan igual al hombre, al punto de gestar la más perpetua de las sinonimias.

El personaje (el actor) y el actor (el personaje) enseñan a sus virginales discípulos la grandeza de los versos escritos con aire puro y en homenaje a Lincoln: “¡Oh, capitán!, ¡Mi capitán!” Lema y código de vida y acción, la Sociedad de jóvenes poetas crecerá gracias a estos versos y al significado profundo que ellos representan. Literatura sembrada en los corazones de la peripatética juvenilia del profesor de literatura, que muy pronto será lacerado por un mundo que ya no entiende la literatura. La despedida del maestro no puede ser más conmovedora y más simbólica de la soledad de la poesía en un tiempo de hombres sin literatura.

¿Es que acaso alguien puede dudar de que la partida del profesor de literatura de Welton no era el más desesperado llamado para sensibilizar al mundo y para recordarle que no puede existir uno sin literatura?

¿Es que acaso alguien puede dudar de que la partida del actor profesor de literatura no es un gesto de idéntica significación en un mundo que ha perdido la sensibilidad y que nada sabe del poder del arte?

Mientras llegan estas respuestas, demos el  adiós a este profesor de literatura llamado para siempre Robin Williams.