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Beatriz de Majo

La Revolución y el genocidio

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Dos elementos bien diferenciados están en el debate público sobre la actuación no sólo de Estados Unidos sino de la comunidad en su conjunto frente al caso sirio. Uno es si las potencias deben o no tomar represalias militares aleccionadoras contra el gobierno de ese país por haber perpetrado un ataque con armas químicas en contra de la disidencia. El otro es el hecho mismo del genocidio.

El primer tema no es sino la consecuencia del segundo. Porque la comprobación del genocidio es lo que facultaría a terceros a actuar severamente contra un gobierno, si se demuestra que este practicó el exterminio masivo en contra de sus propios ciudadanos a través del envenenamiento.

Cualquier posición de principio sobre la conveniencia y la finalidad del ataque armado como instrumento de represalia y de advertencia sobre posibles crímenes futuros tiene argumentos convincentes tanto a favor como en contra. Lo que no admite dobleces ni posiciones ambiguas es el rechazo inmediato y tajante al uso de armas químicas, no sólo por el espantoso crimen que constituyen sino por la crueldad que ello comporta sobre ciudadanos inocentes que no participan como actores del conflicto político. Muchos analistas lo han comparado a los ajusticiamientos de las cámaras de gas de Auschwitz, con razón.

Por ello es vergonzoso que nuestro gobierno, en nombre de la Revolución que representa ¬–que no del país, porque en el mejor de los escenarios no representaría más que a la mitad– se haya desbocado en adelantar una posición política, vacía de toda otra consideración ética, moral o simplemente humana. Nicolás Maduro calificó un eventual ataque militar norteamericano como “injusto, nefasto y aterrador” en una carta pública dirigida al líder de la potencia americana. Además, con verbo encendido, frontalmente rechazó cualquiera que sea la decisión americana sobre las acciones –aún indefinidas– que ese país decida acometer en el futuro cercano.

De entrada y visceralmente, el Presidente no dio chance a que los estudiosos de Naciones Unidas emitieran sus reportes sobre las características, origen y naturaleza de los exterminios, ni atendió a otras consideraciones que demuestren el involucramiento de Bashar al Assad en tales crímenes.

Lo importante no ha sido, en este caso, hurgar concienzudamente, ni investigar en profundidad las interioridades de los ataques que acabaron el 21 de agosto con la vida de más de 1.400 personas, como correspondería a cualquier gobierno sensato y deseoso de hacerse sentir en la esfera internacional. Tampoco se han animado a dotarse de información calificada y seria sobre las atrocidades de este asesinato masivo de niños y de ciudadanos de a pie por la vía de la asfixia y de horrendas y dolorosas reacciones nerviosas y cerebrales. Lo trascendente para la Revolución ha sido defender a ultranza lo indefendible –los ataques inhumanos del presidente sirio en contra de quienes le adversan– sólo porque le resulta útil a los fines de adversar al gigante americano.