• Caracas (Venezuela)

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S:D:B Alejandro Moreno

Revictimizar

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Lo primero que se le ocurrió fue la sugerencia infame. ¿No puede salir de su boca nada objetivo, respetuoso para con las víctimas, prudente para una investigación ajustada a los hechos? Menos mal que la evidencia le obligó no a desdecirse pero sí por lo menos a no volver a insistir. Callarse para no excusarse. Sí, estoy hablando del ministro del Interior y de mis hermanos salesianos víctimas de asesinato en la comunidad del Colegio Don Bosco de Valencia. El ministro siguió el guión típico de los poderosos sin escrúpulos: culpabilizar a las víctimas, volverlas a victimizar. “De la abundancia del corazón, habla la lengua”, se dice en el Evangelio. ¿Qué abunda en el corazón de un ministro del Interior actual? ¿La culpa, el sentimiento de incapacidad, de traición a su deber? Si de eso hay, parece que lo más abundante es el deseo de evasión, de enlodar a otro para no reconocer el propio barro. Por si fuera poco, vino en seguida la segunda sugerencia infame: que la Iglesia no utilice esto para producir odio. ¿Abunda el odio en el corazón de quien lo nombra? ¿Sería eso lo que estos poderosos harían si a ellos algo así les sucediera? Vemos lo que ministros, generales y presidentes están provocando, difundiendo y haciendo estos días en todo el país. El odio no solo se produce, se hace.

Conocí desde el año cincuenta del pasado siglo al hermano, amigo y compañero Jesús Plaza. Difícilmente se podrá encontrar un hombre más humilde, pacífico y sonriente que él. Conocí así mismo a Luis Sánchez, el religioso sencillo y muy cercano que nunca fue engreído a pesar de su alta preparación técnica. Ambos fueron dos víctimas más de la triste violencia delincuencial que el gobierno de este ministro no ha sido capaz de reducir a niveles soportables. Razón tiene él en tratar de expulsar de sí esa culpa que a lo mejor plena su interior, pero no es revictimizando a las víctimas y suponiendo intenciones culpables en la institución eclesiástica la manera de lograrlo, sino con la contrición del corazón y el propósito de la enmienda, para decirlo con palabras que valen para cualquier cristiano.

De culpas políticogubernamentales hay que hablar y escribir. Si en 1999, cuando arranca este régimen de gobierno, estábamos en una tasa de 25 homicidios por cada 100.000 habitantes, muy alta ya pues la tasa mundial estaba en 9, hoy estamos en una de 79 cuando la mundial ha bajado a 7,4, esto es, se ha multiplicado por tres y algo. ¿Cómo pensar que en esa escalada no tienen ninguna culpa este régimen y este gobierno por muy expertos que sean en descargar su responsabilidad sobre otros?

Pero hay un cambio cualitativo a mi entender más importante que el numérico. En efecto, si la edad promedio del homicida entonces oscilaba entre los 20 y 25 años, hoy tenemos criminales no sólo juveniles y adolescente sino incluso infantiles. Uno de los asesinos de mis hermanos tiene entre 12 y 13 años y el otro 17 según reconoce el mismo ministro. ¿Qué significa un bajón tan drástico en la edad? Significa un aumento en la inmediatez de la acción violenta, esto es, una significativa disminución de la latencia (el tiempo) entre estímulo y respuesta y por ende una casi anulación total de los procesos de ideación, afectividad y valoración ética subjetivos de modo que el paso al acto, el llamado acting out, se vuelve casi automático y maquinal. Una nueva subjetividad, una nueva producción de forma-de-vida, una nueva subcultura criminal, se está produciendo, en el seno de este régimen y como producto del mismo: de su incuria, ¿de su complacencia quizás?, de su tolerancia a la impunidad.

La impunidad protege al malandro. ¿Qué protege al ciudadano honesto?