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La embriaguez tiene un lugar especial en el pensamiento de Nietzsche. Su estado no es el del borracho que no sabe qué hacer ni cómo lo hace, más bien alude, para decirlo en el lenguaje coloquial, al prendido sabrosito, que se siente desinhibido pero con absoluta conciencia de lo que hace y cómo lo hace, aquél que se siente capaz de desandar rutas que cotidianamente, por el peso de la moral y las buenas costumbres, no lo haría. Se trata del estado de la lucidez para percibir, comprender y abordar el rumor de sí mismo y el paisaje de la otredad.

La embriaguez es estomacal, se alimenta del cuerpo sensible de los otros y ese disfrute, a su vez, lo recompone, lo rearma, lo rearticula, lo fabrica artesanalmente, con el alimento deglutido. Se trata de un ejercicio en el cual el artista manifiesta su ser en el acto creador. Es una manifestación erótica de comunión con el otro. Cuando me pregunto por la obra de arte. ¿Qué es una obra de arte? Pregunta filosóficamente trajinada y compleja, pero arrechísima de responder, me suele venir una imagen un poco escatológica, pero me gusta. Es un Viagra que embriaga.

Armando Reverón de Diego Rísquez es un Viagra que embriaga. Trabajo engranado por la magistral interpretación de Sciamanna, el canto fotográfico y la poética dialógica. La embriaguez discursiva aborda, fundamentalmente, el período blanco, el de la locura que enceguece de tanta luminosidad. Locura musical de guacamaya. Trenzado por la cabuya de esa caña de azúcar, Juanita, cargada de ritual, performance religioso y erótico, ébano rústico, que lo penetra salvaje en el repicar de tambores, con una vocación reverencial, mítica, inocente, contemplativa y silenciosa, para florecer artista, madre, tierra, amante, en su comunión cómplice con el susurro de las muñecas. Ella es la danza que comprende la razón de la locura. Se enfrenta animal contra el deber institucional, porque carga en los hombros la potencia creativa de la humanidad, orgiásticamente religiosa, de su amado Armando Reverón.

Compartiendo el desayuno con Diego y Carlos Castillo, me llama un loco. Mi chamán adoptivo, el amigo, el otro Armando, Rojas Guardia. Me dice que salió un fragmento de su próximo libro en la prensa titulado: La otra locura. Los astros se hicieron cómplices. El texto, ambientado con las novias y amantes de Reverón, se transformaron, para mí, en el instrumental básico para hincarle los dientes a la pintura de Rísquez, quien recrea, como todo artista, a su estilo y forma, un retazo del otro pintor, el de Macuto.

Dice Rojas Guardia: “El Quijote (también Reverón, digo yo) representa, a mi juicio, la protesta contra el empobrecimiento de la vida simbólica en el marco del Occidente moderno. Su locura significa la denuncia subjetiva del agotamiento de las posibilidades, también imaginativas, que caracteriza la psicología y, en general, la vida mental del ser humano en medio de la sociedad”.

El dibujo de la palmera, como finaliza la historia de Rísquez, es el gesto de subversión del arte contra la razón instrumental que se viste de salud en la cárcel torturadora del psiquiátrico. Ese arte no es sólo resistencia. Es una apuesta educativa, cotidiana, bellamente expuesta, en la clase de anatomía, donde el artista enseña al niño, a las muñecas y a Juanita la estructura de sus cuerpos danzantes. Donde la lúdica conduce a una graduación al estilo del orden. Pero, la fuerza telúrica de la negra, educada corporalmente, con un gesto, subvierte lo establecido, quien se gradúa es su amado, el maestro.

La locura inspirada, como le llama Armando, el otro, a la embriaguez nietzscheana, es el hilo conductor de la trama amorosa que se desarrolla en la obra de Rísquez. Esa locura poética es religiosa. Reverón bautiza la poesía en la persona de Vicente Gerbasi. Dice Armando: “La experiencia religiosa… es una forma de locura… una energía sagrada que nos lleva a morir un tipo de conciencia vinculada a la vida ordinaria”.

La obra de Rísquez es una religiosidad subversiva, amorosamente creativa, inspirada por el gran maestro Armando Reverón.