Retozos en el malecón
26 de agosto 2012 - 15:14
Asistí a varias ediciones del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, una ciudad que se conoce de la misma manera como conocemos a las personas: sin llegar a descubrir enteramente sus dolores, secretas alegrías y laceraciones.
Permanecemos años en un lugar y sentimos que algo en él persiste en mantenerse oculto y un día, por azar, asoma y revela sus prodigios o su pesadumbre. Yo creía conocer "el tiempo" de La Habana, porque Alejo Carpentier nos enseñó en El Nacional, a través de su columna "Letra y solfa" la gloria que significa ver en La Habana Vieja el paso de los siglos XVI, XVII y XVIII con sólo admirar la Catedral, los palacios, las cornisas y balcones.
Una vez visionadas las películas, muchas de ellas al gusto de la ideología castrista, me dedicaba a pasear por las viejas calles y sentía que el tiempo se hacía corpóreo; que aceptaba con agrado mostrarse a mi mirada y yo lo veía aguardándome en las molduras y en el carácter de una nobleza arquitectónica abrumada y desgastada por el desamparo al que durante los últimos cincuenta años la ha condenado un infeliz destino político.
Pero hay en La Habana otro prodigio que se reitera una y otra y otra vez a lo largo del portentoso malecón cuando éste recibe la golpiza incesante del oleaje que sobrepasa la muralla, salta sobre la acera y alcanza la calle empapándolo todo en un furor oceánico.
El ímpetu del mar choca primero con el espigón que lleva años resistiendo el embate de las olas, y el choque produce a su vez la espuma de esa sal que arrastra a la ola en un vuelo incontenible hasta estrellarse en la calle. El disfrute se acentúa si se juega a pasar antes del próximo embate de la ola evitando que ella nos moje.
Mi memoria registra con placer las veces que lo intenté con Alberto D., un amigo venezolano que visitaba La Habana por primera vez; corredor muy entrenado y con más resistencia que yo. Me propuso que corriéramos juntos, temprano en la mañana; así, aprovecharía él para conocer la ciudad.
Corrimos, por supuesto, a lo largo del malecón y descubrimos que el mayor deleite consistía en ser bañados por el colérico oleaje; recorrimos la ciudad con glamoroso entusiasmo, ataviados con nuestros pantaloncitos cortos, una franelita y unos zapatos deportivos que resultaban sumamente llamativos en aquella Habana empobrecida.
Alberto D. agregaba algún accesorio: un koala, una cinta en la frente para absorber el sudor y yo, convertido en émulo de Emil Zátopek, hacía de Cicerone mientras correteábamos alegremente por la ciudad en las horas amables y menos calurosas del amanecer.
En un determinado momento, una furgoneta descargaba alguna mercancía obstaculizando nuestro paso. Nos detuvimos y escuchamos al operario, un hombre gordo, rudo y cincuentón que al nomás vernos comentó a gritos: "¡Virgen del Cobre! ¡Esto es lo último que me faltaba por ver en este país!".
El enojo de su imprecación y su torva mirada machista leninista evidenciaban, desde luego, un rechazo hormonal causado por nuestras piernas y con toda seguridad por los pantaloncitos. Con mucha dignidad, hicimos como si no hubiésemos escuchado al energúmeno y seguimos con lo nuestro, pero al rato le dije a mi amigo: "¡Me parece que acá no se acostumbra a hacer lo que estamos haciendo!; ¡mejor regresemos al hotel!". ¡Estaba en lo cierto! Se trota y se corre, al parecer, en sitios cerrados, estadios o complejos deportivos.
Pero Alberto D. fue más lejos: "¡No hay nada qué hacer, Rodolfo! ¡Con tantos espías que hay aquí, ya Fidel Castro debe estar enterado de que un par de mariquitas venezolanas andan mostrando sus piernas por toda La Habana y retozando con agua a lo largo del malecón!".

