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Abel Veiga

Retos para el nuevo rey

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Cada palabra, cada frase, cada párrafo están medidos. Pensados, reflexionados. Nada se deja al azar ni al capricho. Así lo venimos observando de un tiempo a esta parte de todos y cada uno de los discursos de quien será Felipe VI. Como es sabido, siempre el discurso de más calibre, más hondura, más compromiso es el de la entrega de los premios que todavía llevan su nombre. Ha ido forjando un modo, una forma, un compromiso, una manera de entender y comprender la rica y plural España. Una España de pueblos y territorios, costumbres y tradiciones ricas y argamasadas por el tiempo y por la solidaridad y el orgullo de ser lo que somos, lo que hemos sido y lo que seremos. Conocimiento y realidad, formación y compromiso, serenidad y rigor. Virtudes y principios que han forjado una forma de ser y de estar. Al servicio de España.

No pueden compararse ni se compararán un reinado y otro. El del padre y el del hijo. Los tiempos históricos son los que son. De nada sirve la comparación cuando las circunstancias y los condicionantes cambian y las dificultades son y serán otras, amén de los protagonistas y las personas. Los retos están ahí, las prioridades también, y las dificultades están y seguirán estando presentes, hoy marcadas sin duda por el estado de crisis general que nos atrapa y que ha erosionado nuestra imagen, nuestra percepción, pero también comportamientos, hábitos, modos y costumbres.

Un reinado que debe procurar, estimular e impulsar la regeneración. Ese es el primer gran reto. Una nueva forma de hacer las cosas, de implementar, de atender y de escuchar, de lo público de cara y al servicio de todos, del estímulo de lo privado, la iniciativa particular con el ciudadano como protagonista indiscutible. Un nuevo ciclo para un nuevo tiempo político. Recuperar la afección y el compromiso de los políticos con la sociedad y la sociedad con sus políticos, espejos complementarios, pero ni cóncavos ni convexos. Mimbres viejos que deben convivir con savia nueva y la actitud de enderezar y liderar. Regenerar un país sumido en una elipsis de crisis, de valores o axiológica, cultural, social, política y económica. Recuperar la confianza y la credibilidad en lo público, en las instituciones y, sobre todo, en la Política. Sí, la política, pero con mayúscula.

Como segundo gran reto, revitalizar la propia institución monárquica. Cirugía y decisión para recuperar la solidez y el prestigio que tiene y debe tener la corona. Centralidad de una institución esencial en el arquitrabe constitucional y que se ha visto erosionada y sacudida en los últimos tiempos. Tiempos donde la opacidad no puede convivir con la transparencia, que sí debe respetar la esfera de la intimidad familiar y personal. Solo con transparencia y ejemplaridad el pueblo español puede valorar y enjuiciar la ingente labor que realiza la institución monárquica. El prestigio, su prestigio, en definitiva. Símbolo de la unidad de España. Se equivocan quienes aseguran que el reto es recuperar la legitimidad monárquica, pues esta existe y está presente y reposa en su legitimidad histórica, dinástica y, sobre todo, constitucional. Felipe VI sucederá a uno de los grandes monarcas españoles que ha habido en nuestra historia y todavía presente. El tiempo redimensionará el papel y el significado innegable y mayúsculo de Juan Carlos I como timón de una España de libertades y democracia.

Como tercer reto, la recuperación de la ilusión por España. El gran proyecto en común, el país, gran país, que está en marcha, pese a detractores y catastrofistas. El país plural, el país rico en culturas y tradiciones, lenguas y costumbres, territorios y pueblos. El país que hay que cohesionar desde la solidaridad y la entrega, la diferencia enriquecedora y complementaria con el desarrollo integral de todos y cada uno de los rincones. Identificarse con España desde la lealtad y el amor a un país. Volvamos al ideal de lo público, del civismo, de la cultura cívica, del viejo ideal republicano, “res publicae”, que se ocupa de lo público. Propuestas, decálogos de ideas, iniciativas, diálogo. Encauzar la sociedad civil al mismo plano que otros actores políticos y públicos. Nuestros jóvenes no quieren ser antisistema, pese a que algunos políticos los han tachado de tales, incluso de golpistas. No hay más ciego que el que no quiere ver aun viendo.

El reto del compromiso, de la reflexión, de la modernidad. Rompamos las llaves del sepulcro del Cid y candados ya oxidados por la inercia; elevemos la mirada por encima de la polvareda orteguiana cuando al galope pasó un gran pueblo llamando una vez España. No es hora del reproche mutuo, la indiferencia hiriente y mordaz. Tenemos que cambiar. El hoy requiere el mañana y este no es nada sin el hoy, incluso ayer. Tenemos una clase política profesionalizada en lo suyo y para lo suyo, presa de una partidocracia que ahoga la vitalidad, la autocrítica, la renovación, la regeneración política, no solo de personas, también de ideas, soluciones, proyectos políticos. Euforia inane e inteligencia política no son precisamente compatibles. Y hay mucho de lo primero en este ruedo ibérico cada vez más sumido en los rescoldos de Taifas. Falta inteligencia, falta compromiso y, sobre todo, credibilidad. Pero estas son vacías palabras. Indiferencia, desprecio, soberbia, demagogia son, por desgracia, realidades bien tangibles y comprobables. Las mismas que han desilusionado, descreído y alejado de lo público y lo político. En tres décadas de democracia, de aquella generada democracia a partir de una dictadura y una reconciliación ejemplar protagonizada exclusivamente por los propios españoles, estamos a punto de degenerarla definitivamente. Hemos petrificado sus pilares y cerrado con candado el futuro y el mañana. Hemos ido más allá de las reglas de juego y sacralizado constituciones y leyes. Una vez más, hemos demostrado que somos españoles, los del corazón mitad helado, mitad no. Es el sino amargo de un pueblo indolente y soberbio, que es incapaz de mirar hacia atrás con ojos de presente y futuro a un tiempo, incapaz e incómodo de extraer lo mejor de una rica y, acomplejada sin embargo, historia. Felipe VI puede y debe ser la palanca que accione cambios, que estimule nuevas mentalidades, profundas reformas, y que abrace un país proyectado hacia la modernidad, la innovación, el desarrollo, la tecnología, la reflexión y el compromiso social.