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Ramón Hernández

Restauración

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Los ibéricos, principalmente los súbditos-ciudadanos del reino de España, están muy preocupados por la lengua. No solo por lo mal que la mayoría pronuncia las vocales y consonantes, sino también por cómo el habla callejera y cotidiana distorsiona las palabras, agrede la gramática y da tumbos con los significados. “Hablamos de una manera zarrapastrosa”, reconoce Víctor García de la Concha, el director del Instituto Cervantes, que ha tiempo emprendió una cruzada en defensa y promoción del español; y por lo que escuchamos y entendemos, con poquísimo éxito.

Siendo la principal preocupación estandarizar la inclusión de los términos foráneos, no como una manera de enriquecer el idioma sino para levantar alcabalas y cuarentenas, por choque estético, los diccionarios y demás tiestos de consulta han derivado en manuales de castellanización, que es tan fatal como enseñar gramática cuando lo que se pretende es enseñar a escribir. Así, los académicos, que van poco al mercado y mucho al cine, creen que su función es obligarnos a tomar güisqui, una rara combinación de letras que anuncia más un enema o una alegoría de la mansedumbre que la bebida que tanto les agradecemos a los escoceses.

Muchos de mis amigos concuerdan en que las películas españolas se entienden mejor con subtítulos en inglés, y que ganan claridad cuando se utilizan caracteres cirílicos, sean en ruso, macedonio o ucraniano, y hasta con un traductor en lenguaje de señas, aunque sea el loco surafricano. Lo que se escucha es incomprensible, aunque hayan utilizado los mejores equipos de grabación. El español en el cine solo se entiende cuando doblan las películas de Hollywood, pero es poco más que un atropello oír a Brad Pitt pronunciando las zetas como un gamberro de Vallecas o el traductor madrileño de Truman Capote. ¿Entendéis?

Sin querer inmiscuirme o invadir territorios de Alberto Soria, debo confesar que en estos tiempos de tan pronunciada estrechez, con tantos “es lo que hay”, la palabra “restauración” empieza a tener sus encantos, no tanto en su sexta acepción –«dedicarse al negocio de la comida»– pero sí mucho en la segunda: «restablecimiento del régimen político que existía y que fue sustituido por otro». Lo revolucionario será restaurar el idioma que hablábamos antes de que llegara el batiburrillo de “todos y todas”, “fiscal y fiscala”, “limones y limonas”, y no sobreestimarlo como una neolengua, que dice poco sobre las lecturas de quienes lo argumentan y enaltece sin fundamento a quienes lo practican. Dialecto, y de vaina, de zarrapastrosos, como dijo García de la Concha. Vendo manuscrito de ley sin redactar, recién llegado de Cuba, habilítese.