• Caracas (Venezuela)

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Antonio López Ortega

Residual

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Suelo ver una escena recurrente cerca de casa: desde muy temprano, sobre todo mujeres y niños, pero también hombres, se arremolinan alrededor de un supermercado. Comienzan a hacerlo desde la madrugada, cuando la noche se extingue, y literalmente amanecen tapiando la fachada del local. La masa amorfa de cuerpos va presionando sobre santamarías, vidrieras y puertas frontales y laterales. Las voces se juntan hasta formar un zumbido, un moscardón que ronronea. Al cabo sale un guardia de seguridad, algo somnoliento, y trata de poner orden. Por orden entiende hacer una fila, que muchos se niegan a formar. Las discusiones comienzan por determinar quién llegó primero y quién después, pero nunca hay acuerdo. El guardia resuelve colocando a madres con niños en la cabecera, a mujeres solas después, luego a jóvenes y, por último, a los caballeros. A veces reparte números, cuando la quietud se lo permite, pero en momentos de zozobra le conviene enmudecer. La espera desde la madrugada hasta la apertura de puertas puede ser de cuatro horas, y depende de si el supermercado abre a las 8 o a las 10. Últimamente, lo hacen más tarde, y esgrimen como razón limitante las nuevas disposiciones laborales. El otro escollo es que el producto que se busca ansiosamente no está en los anaqueles, sino que “está por llegar”. La cola que se forma, en verdad, no es para entrar al local, sino para esperar al camión de despacho, que cuando finalmente llega, digamos que hacia el mediodía, es rodeado por la masa, presta a abandonar la cola apenas escucha el ruido de los motores.

La escena se repite, digamos, dos veces a la semana, quizás martes y jueves, y lo que la masa espera tan ansiosamente es el ingrediente que le permite hacer otra masa: la que se usa para las arepas, las empanadas o las muy zulianas mandocas. Es el rito de estos tiempos, que se repite con leche, aceite o pañales. Cada estación o cada circunstancia marca los productos que nadie consigue, en una especie de ruleta loca e imprevisible. A eso nos hemos acostumbrado, como borregos, y finalmente todos hacemos que esta penuria se vuelva la normalidad de nuestros días. En la extensa cola del supermercado, después de los forcejeos que también son rutina, llega un momento en que los ánimos se vencen, se agotan. La espera interminable es como pasear por una plaza, cruzar una esquina, encontrarse con un amigo. No hay valores ni gradaciones: esto es tan rutinario como desayunarse o como ir al baño. Ya forma parte de un ámbito orgánico, como lo son las necesidades, que son finalmente impulsos ciegos. La gente en la cola termina por conversar con el que tiene al lado, por distraerse con los niños, por sonreír ante las piruetas de un perro callejero. La vida es una nadería que se agota, si acaso, cuando el camión llega con los paquetes de harina.

Nuestra literatura folclórica o culta está llena de personajes y creencias que se han mantenido por siglos, personajes trágicos o combativos, sufridos o enamorados, pero siempre fascinantes, en la medida en que nos muestran credos individuales o cosmovisiones de vida. Hasta los personajes de “La lluvia”, aquel emblemático relato de Uslar Pietri, son dignos en su extrema miseria de sequía y ansias de lluvia. De cara a este legado incesante, se hace difícil reconocer a esta humanidad alicaída que parece dormir mientras está despierta. La muerte de la educación, de la formación en oficios, de la moral, de una mínima conducta ciudadana, parece ser el pasto ideal para que el autoritarismo o paternalismo de siempre, pestes culturales que también llevamos, se erijan hoy como los sustitutos de la soberanía individual. En la amorfa cola que busca harina para poder comer se podrán ver muchas cosas, pero no “al bravo pueblo” que solemos evocar cuando entonamos el himno.