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Valentina Quintero

Un tesoro en Paraguaná

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Fascinante el bosque de árboles barbudos y canosos / Foto Pisapasito

Fascinante el bosque de árboles barbudos y canosos / Foto Pisapasito

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Se puede asegurar que un país promueve y practica el turismo ecológico cuando preserva sus tesoros naturales y los señaliza y acondiciona para ser visitados con facilidad. Es el caso de la Reserva Biológica de Montecano, en San José de Cocodite, un pueblo poco frecuentado en la península de Paraguaná, estado Falcón. Según algunos biólogos, se puede asegurar que este es uno de los dos bosques primitivos que quedan al sur del Caribe. El otro es el cerro Santa Ana, también en Paraguaná. Eso significa que jamás han sido intervenidos de ninguna forma. Es además sumidero de agua para la desértica península de chivos y cujíes, junto con el cerro Santa Ana –otra vez– y Jadacaquiva.

La conservación de este tesoro se debe al Instituto Falconiano para la Investigación y Desarrollo Sustentable de las Zonas Áridas y Costeras (Infalcosta), el Centro de Investigación en Ecología y Zonas Áridas de la Universidad Francisco de Miranda de Coro y el Consejo Comunal de Montecano, del cual forman parte los habitantes de San José de Cocodite.

Esteban Cuaro, uno de sus fundadores y guía desde que la reserva fue abierta al público hace 25 años, asegura que está pendiente de Montecano desde 1956. “Soy amante de la naturaleza. No podía ver que destruyeran este bosque”, explica apacible y orgulloso de anunciarnos que será su hija María –heredera de su pasión– quien nos guiará por los 2 kilómetros de sendero que atraviesan estas 1.600 hectáreas, con una altura máxima de 250 metros sobre el nivel del mar y una temperatura promedio de 27°C. Anexas a esta reserva están las cuevas del Guano y de Piedra Honda, santuarios de fauna para los murciélagos, conservadores ejemplares del bosque de Paraguaná, aunque suene raro.

Un recorrido tranquilo

Junto al centro de visitantes hay dos turpiales. Se bañan frenéticos en un poquito de agua que les disputan a unas gallinitas silvestres. Llegamos a las 4:00 pm. Es una hora perfecta porque refresca el clima y tendremos la luz más bella de la tarde al final del sendero.

Primera estación – Encuentro con la naturaleza

El paseo comienza por una carretera. Pero justo antes de tomarla, María le advierte a Arianna –mi única hija y fotógrafa del viaje– que se fije en la rama de una lengua de suegra. Hay una telaraña espesa. Pudiera tratarse de una tarántula azul, endémica de Falcón. En efecto, ahí está escondida, protegida bajo la planta y la red. Insólita. Azul en el caparazón y los pelos, y atrás es de rayas negras y marrones. De lo más animal print. No la molestamos. Sólo apartamos las hojas para la foto. Arianna delira. Era su objetivo mayor, la promesa que le hizo al grupo con el que trabaja para su próximo video blog. Ya con el asombro del extraño animal, seguimos camino por una carretera con el asfalto deteriorado. La construyeron en 1968 para acceder a un puesto militar cuyo fin era observar el mar desde la loma. La Universidad Francisco de Miranda rescató una parte para hacer una escuela ambiental. Desde allí hay una vista amplia y feliz de la península con el mar por casi todas partes.

 

Segunda estación – Epitifismo

Un bosque como este, con vientos alisios que vienen del mar, capta la humedad del aire y la mantiene en sus plantas. Por eso abundan los líquenes. Observen con atención.

 

Tercera estación – Árboles salvavidas

Lean los letreros con atención y vayan despacio para que aprecien los tesoros de este bosque. Aquí verán el árbol salvador de los ombligos de los niños; el indio desnudo para las enfermedades de la piel; el dividive para infecciones en la garganta y las hemorroides; el jobo, el cují y el jaque son comestibles. Y si voltean al lado contrario del letrero verán los árboles de barba de palo que le dieron el nombre a la reserva. Las barbas son blancas. Monte-cano.

 

Cuarta estación – La laguna

Cruzan a la izquierda un poquito fuera del sendero para observar una laguna cuya abundancia o carencia de agua dependerá del mes del año, pero siempre tiene siquiera un fondito. Por aquí se acercan a saciar la sed los patos negros, cardenales, arrendajos, carpinteros, turpiales, chuchubes, tortugas, conejos y hasta chivos. Sugiero andar en silencio para que no espanten a los animalitos. Se ven muchas aves si están pendientes y callados. No hay ni cuestas ni bajadas. Es un camino perfecto para cualquier tipo de público con un mínimo de condiciones.

 

Quinta estación – Las barbas del bosque

Para mí es el tramo más hermoso. Todos los árboles de barba de palo se pusieron de acuerdo para formar un bosque con cientos de ramas blancas que se lanzan al piso como si estuvieran buscando las bromelias terrestres, verdes con el interior rojo, como disfrazadas de Navidad el año entero. Hay caracoles en los árboles, el viento se cuela y suena, hay baranditas de palo porque el sendero se pone más angosto.

 

Sexta estación – El cruce de los vientos

Se repiten las barbas de palo bajo el árbol de mamón, con esos líquenes blancos que le guindan. María nos pide cerrar los ojos y escuchar el bosque. Deben hacerlo. Es un regalo interior. Un momento para pensar en la delicadeza de este sendero, el privilegio que significa tenerlo tan cerquita y recorrerlo con facilidad; el asombro que causa saber que a pocos metros lo que hay es cactus, cujíes, chivos y médano.

 

Séptima estación – Bosque de galerías

Hay que estar pendientes por si logran ver el lagartijo más pequeño del mundo. Ni María ni Esteban lo han visto jamás. Por eso se requiere suerte. De ahí la presencia del cariaquito morado a un lado y el árbol que salvó del hambre a los paraguaneros del otro. Se llama jaque. Sucede que en 1921 la sequía no permitía el crecimiento de otras especies capaces de alimentar a los habitantes. Del jaque se extrajo una infusión energética parecida al café. Debe su nombre al sonido de la planta al caer.

 

Octava estación – Plaza Montecanoensis

Hay tres banquitos para que nos instalemos a reflexionar sobre el paseo. Si se llevan un cuaderno pueden anotar o hacer dibujitos. También leer un rato. O conversar bajito con el resto del grupo y tomar agua.

 

Novena estación – Los guardianes

Jamás vi unos cardones tan imponentes. Son gigantes. No sólo se ocupan de guardar el agua en sus suculentos tallos, sino que trabajan de noche para preservarla. Pero aquí cada especie tiene su función salvadora del bosque. La barba de palo y el olivo toman el agua de la neblina mañanera, y azucenas, curaríes y cayenas esperan el aviso de la lluvia para florecer. Un bosque sabio. Resguarda todas las especies que lo ayudan a sobrevivir. Es por eso que hay que mantenerlo primitivo. Sin tocarlo. Idéntico a como lo hizo Dios.

 

Datos vitales

Reserva Biológica de Montecano

San José de Cocodite, península de Paraguaná, estado Falcón

Horario: todos los días de 9:00 am a 5:00 pm

Teléfono. María Cuaro (0426) 761 3847