• Caracas (Venezuela)

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Ramón Hernández

Resabios y crueldades

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Los delincuentes de cuello blanco y también los de puños cochambrosos fueron aliados del régimen soviético desde sus comienzos. Mientras más sanguinarios y desalmados, más útiles resultaban para imponer lo que con cierto rubor denominaban transición al comunismo y que justificaban con esas patrañas filosófico-doctrinarias que empaquetan como “lucha de clases” y “dictadura del proletariado”.

Tanto Lenin como Stalin, con abundante ayuda de Trotski, implantaron en Rusia un sistema policiaco y de terror en el nombre de la auténtica felicidad terrenal, del avance de la humanidad y de una lista interminable de sueños y esperanzas que en más de setenta años no se hicieron realidad. Cualquiera que lea hoy la constitución que regía al pueblo ruso suspiraría por el “avance” que significaría para estos tiempos, lo lamentable es que nunca se aplicó. Más o menos lo mismo que ha ocurrido con la carta magna aprobada en Venezuela con 3.382.075 votos a favor y apenas 527.632 en contra en 1999, aunque no tan perfecta y mucho más militarista.

Desde que la oposición dejó la calle después de los sucesos de 2002, se aceleró el proceso para secuestrar el Estado. Su punto más alto fue cuando el oficialismo ganó las elecciones presidenciales de 2006 con 7.309.080 votos, una cifra que casi duplicó la opción democrática. Estaba en su apogeo la revolución pacífica, pero armada, y repartían y robaban a manos llenas los altos ingresos provenientes del boom de los precios del petróleo. Había dinero y créditos, y se anunció con gran fanfarria que se escogía el socialismo como el camino de Venezuela. El régimen se embarcó rumbo a Cuba y se aceleraron las estatizaciones, las tomas de tierras y el modo de producción socialista que auguraba escasez, altos precios y libretas de racionamientos para los más pendejos.

Sin aviso y sin protesto estalló la crisis inmobiliaria y los precios del petróleo se fueron al piso y el país se quedó sin margen de maniobra. El producto interno bruto se desplomó. La tabla de salvación que ofreció el técnico superior en electrónica Jorge Giordani fue aumentar las importaciones, endeudarse. Se compraron miles de miles de toneladas de comida que se pudrieron y se contrató una deuda con China que tendrán que pagar varias generaciones de venezolanos, aún después de que el petróleo haya perdido su valor y sea tan inútil comercialmente como el agua del mar.

El 2 de diciembre de 2007 el país le dijo en forma clara y contundente no al socialismo a la cubana, pero embriagados por el poder y los consejos de La Habana la “inteligentzia” se empeñó en ahondar el fracaso. Por otras vías y a contraflujo de lo establecido en la Constitución fueron incorporando a la cotidianidad lo que había sido rechazado en el referéndum y entregando a los procónsules cubanos actividades que debían estar en manos de venezolanos. La receta traída de la isla es una línea recta al fracaso. Sin tener que esperar mucho se propagó la miseria del socialismo en todo su esplendor y hediondez. No solo los grandes negociados, los enriquecimientos súbitos de pata en el suelo y la destrucción del aparato productivo, sino también los aparatos represivos, el totalitarismo, la violación de los derechos humanos, la impunidad.

Conscientes del carácter díscolo y retrechero del venezolano, que no se calla ante las injusticias y siempre ha tenido la voz firme para reclamar lo que por justicia le pertenece, empezaron a ejecutar dos proyectos de colonización. Uno estructurado sobre la guerra psicológica, orientado a implantar el conformismo, la resignación, la pérdida de esperanzas, el acorralamiento y el peor es nada, estrechamente asociado al culto a la personalidad, al endiosamiento de la figura de Chávez, una especie de supermesías al que se le debía agradecer hasta el aire que se respiraba. En paralelo con este proceso de idiotización, pusieron en marcha la carta represiva, a la manera de los ángeles de la muerte del régimen teocrático de Irán, que comandaba Mahmoud Ahmadinejad.

La preparación criminalística de los cuerpos policiales pasó a segundo plano. Nada de investigar asesinatos ni los modus operandi de las bandas de asaltantes y secuestradores; nada de identificar a los azotes de barrio ni a los rateros que rondan en barrios y urbanizaciones. La inseguridad ciudadana sería utilizada como una herramienta para alentar la huida del país de un sector de la clase media, una política que funcionó en Cuba para deshacerse de individuos y comunidades, y para mantener a la gente en sus casas, enchufados a la televisión, a la “mierdoterapia”, discutiendo y envenenándose el alma con odios ajenos y artificiales.

Mientras, preparaban los comandos de seguridad. Las redes policiales y de inteligencia, los grupos paramilitares, y compraban a los países aliados los equipos e instrumentos para la represión. Aunque faltan medicinas para el tratamiento del cáncer en los hospitales y soluciones hidratantes para salvar a los niños que llegan a los centros de salud con cuadros gastrointestinales que le minan la vida, en los depósitos de los cuerpos represivos se amontonan los equipos antimotines más sofisticados y caros que se adquieren con créditos millonarios y comisiones fabulosas.

Los gobiernos que pierden el favor del pueblo tratan de resguardarse de lo que más temen: la insurrección popular, algo que se puede considerar obvio y hasta legítimo. Los sandinistas durante la dictadura de Anastasio Somoza corrían la voz de que los esbirros eran crueles y despiadados porque los hacían nadar en una piscina de sangre para que le perdieran el asco. Claro, era mentira, pero sí recibían entrenamiento que incluían torturas y tratos inhumanos y despiadados.

Hace mucho tiempo que en América Latina se consideraba superada la tortura, que había desaparecido con las dictaduras del Cono Sur y las “guerras de liberación” de América Central. Tremendo chasco. Reapareció en Venezuela. Aunque durante la lucha armada de los años sesenta y setenta hubo excesos y hechos altamente cuestionables de los bandos en pugna, nunca, ni en los tiempos de Juan Vicente Gómez ni en la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, desplegaron los esbirros la sevicia que es lugar común desde hace 52 días: tortura abierta y pública, vejámenes, asesinatos a sangre fría y procesos judiciales de espaldas a la ley. La desidia e indolencia de las instituciones garantes de la Constitución no asombran, asustan. Estamos al descampado, en la absoluta indefensión, peor que en los momentos más sangrientos de la Guerra Federal. La respuesta está en la carta magna. No se ha aplicado, pero siempre hay una primera vez, definitiva y terminante. Vendo cómoda poltrona para observar el paso de la historia, poco uso.