• Caracas (Venezuela)

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Raúl Fuentes

Requiebros de postrimería

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Supe de Blacamán por las  bocas de Marcelino Madriz, Paco Vera y Aldemaro Romero; también, a través de Oscar Yánez, quien dejó constancia escrita y audiovisual de un dilatado anecdotario de significativa importancia para los anales de la menudencia nacional. Era, según me dijeron, leí y escuché, un prestidigitador calabrés que se hacía pasar por fakir procedente de India y aseguraba que podía hipnotizar caimanes, amaestrar culebras, embelesar puercoespines, domeñar cualquier bestia sin importar su ferocidad y, si se presentaba el caso, embravecer corderos o encolerizar y contagiar de rabia a la paloma de la paz. Con tales credenciales paseó su tinglado circense por medio mundo y en él se inspiró García Márquez para su “Blacamán el bueno, vendedor de Milagros”, un cuento en el cual otro Blacamán, el malo, que usaba tirantes fileteados de oro y trenzaba sus greñas con cascabeles, “era capaz de convencer a un astrónomo de que el mes de febrero no era más que un rebaño de elefantes invisibles”.

Los venezolanos no necesitan del magnético influjo de un trafagador de sortilegios para ser persuadidos de que en tal mes puede pasar cualquier cosa, como constató Boves, en 1814, cuando fue derrotado por seminaristas y universitarios capitalinos bajo el mando de José Félix Ribas y que consagró el 12 de febrero como Día de la Juventud; dos siglos después, en 2014, el espíritu de La Victoria animaría la rebelión de un estudiantado libertario que no sintoniza con un régimen opresor y esencialmente antidemocrático. Inolvidable fue, no por negritas y carrozas, sino por las protestas, un Carnaval caraqueño que inscribió en nuestra  historia a la generación de 1928; y un 14 de febrero, pero de 1936, la Venezuela que se negaba a seguir padeciendo de gomecismo se manifestó a través de la más importante demostración cívica vista hasta entonces en el país y logró la destitución del gobernador del Distrito Federal y otros esbirros ligados al tirano de La Mulera.

A pesar  del derrape de los enamorados, que estimula las ventas de flores, perfumes y bombones, y de las mascaradas de unos Carnavales sin duende, el mes que cojea por los días y que los revolucionarios franceses quisieron llamar Pluvioso (Pluviôse) y Ventoso (Ventôse), ha sido, en esta tierra de gracia, más turbulento que festivo; para muestra un botón: el amanecer de golpe, porrazo y gorilas del 4 de febrero de 1992, fecha infame que, con artes de embaucadores, los panegiristas del que gobierna desde el más allá por intermedio del discípulo espiritual de un prominente engañanecios hindú, Sathya Sai Baba, avatar de Blacamán y sedicente reencarnación de Shiva, han  convertido en efemérides para glorificar un penoso cuartelazo que concluyó siendo demostración de vergonzosa pusilanimidad –el culillo es libre, sentenció alguien que buscaba un escondrijo creyendo que aquella sangrienta asonada era fin de mundo–.

Entre el Viernes Negro (18 de febrero de 1983) y el Caracazo (27 de febrero de 1989) empollaron muchas de las tribulaciones que hoy nos atormentan y dieron pábulo a la conspiración cuyo fracaso evidenció que los militares venezolanos son unos chapuceros en materia de golpes y que el mes que ahora vivimos no es un desbocado tropel de paquidermos incorpóreos, sino una infernal temporada de infructuosas exploraciones por laberintos de anaqueles vacíos y de bochornosos amontonamientos de los cuales el culpable se sacude y acusa a quienes actúan condicionados por sus errores políticos y económicos. Así, como preámbulo al festejo del putsch de 1992, Maduro arremetió contra una cadena distribuidora de fármacos, cosméticos y artículos de limpieza con la vana aspiración de liquidar aglomeraciones a las puertas de sus locales sin reparar en que ni la confiscación ni la  asociación forzada con el gobierno son  garantías de abastecimiento, sino agravantes de la escasez.

En la escaramuza con los boticarios, que degeneró en arbitrario encarcelamiento, el mandón apeló a su más ordinario arsenal de descalificaciones para responsabilizar a los dueños de una centenaria empresa de una guerra económica tan impalpable como los blancos elefantes de Blacamán, el malo, porque del bueno, apenas alcanza a remedar –con base en el inventario de las  apotecas  intervenidas– su vocear de feria, a fin de ofertar bebedizos contra el aburrimiento en las colas, lavativas para la recuperación de la confianza y cataplasmas para quitar el hambre a perpetuidad, así como las ganas de ir al baño. ¿Último recurso? Quizá, o, tal vez, “requiebros de postrimería” (escribiría Gabo) disparados por la culata de un charlatán que, agotadas las chucherías, se queda íngrimo, solo y cagado de pájaros como los bronces de Bolívar que saturan las plazas mayores y menores de un país donde ya ni los brujos hechizan ni los magos ilusionan.