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Raúl Fuentes

Repeticiones

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Adriano González León definió a Jacobo Borges –cuando este, además de pintar, experimentaba con el espectáculo basado en el cine y aportaba su creatividad a la propaganda política– como una “ametralladora de ideas”, una apreciación que hacía justicia al ingenio del gran artista capitalino y estaba inspirada en la cantidad y calidad de propuestas que, con inusitada velocidad, podía plantear el director de Imagen de Caracas para abordar un determinado problema. La metáfora utilizada por el autor de País portátil hace referencia a un arma de repetición y viene a cuento porque mi amigo Pablo Antillano me previno sobre los riesgos de reiteración cuando se escribe con cierta periodicidad. Y ha sido su advertencia la que ha motivado este artículo que trata, precisamente, sobre la repetición.

Cómo, nos preguntamos, no ser repetitivos en un país de reposiciones cuyo presente es un prematuro remake de su reciente pasado, donde ni siquiera ha cambiado la cachimba y el musiú es un malogrado clon de su antecesor, una imitación forjada en Cuba con materiales de desecho de la Guerra Fría.

Cómo no ser redundantes frente a un francotirador que no conoce sino una sola munición y la dispara con la frecuencia y rapidez de un M61 Vulcan, pero sin atinar en el blanco porque la ha desgastado por el abuso; no referimos, como habrá adivinado el lector, al latiguillo de fascista con el cual Maduro remata su cadeneta de adjetivos que, en honor a la verdad, nada significan ya en el moderno lenguaje de la política, pero que mucho impresionan a quienes  quedaron idiotizados por los catecismos marxistas que repartían viejos estalinistas en sus jornadas de proselitismo entre los aspirantes a encapuchados que ahora detentan el poder sin saber qué hacer con él, mas apuestan a disfrutarlo hasta el fin de los tiempos, aunque para ello deban incendiar el país por los cuatro costados.

Cómo no ser insistentes ante la ineptitud manifiesta de un gobierno incapaz de generar medidas constructivas y no represivas, aglutinantes y no excluyentes, para enfrentar y resolver una crisis como la que mantiene el país al filo de la bancarrota y que, en lo político, se ha agudizado porque la voz crítica del estudiantado, desafiando la represión y la censura, se ha hecho sentir con renovada fuerza para expresar su descontento con un estado de cosas que nos tiene a todos sumidos en la angustia y la desesperación.

Cómo no ser reincidentes al observar que la formación académica de nuestros militares ha descendido a niveles que espantan por su mediocridad y lo prueban, con irrebatible rotundidad, su indigencia verbal y la supina incompetencia para desempeñarse en cargos administrativos. Hechos para obedecer y no para imaginar, cuando les toca mandar se vuelven un ocho o lo hacen de modo imperioso y dictatorial; basta, por ejemplo, con ver el comportamiento del capitán Cabello, ese  oficial métome en todo que fungió de patrullero y custodio en la captura de Leopoldo López y parece más bien uno de esos estereotipados sargentos agresivos e inhumanos concebidos por Hollywood, como el Hartman de Full metal jacket (Stanley Kubrik, 1987) o el siniestro Markoff de Beau Geste (William Wellman, 1939), y juega a la concertación cuando todo el mundo sabe que es un cruel perseguidor que durante la última semana no cesó –para ganar posiciones en su duelo con el madurismo– de acosar a la familia López, pisándole los talones a Leopoldo y que bien podría creerse Javert tras Jean Valjean; pero, como no es Víctor el Hugo de su devoción, lo más probable es que se haya identificado con el comisario de los U. S. Marshals  Samuel “Big Dog” Gerard siguiendo el rastro del Dr. Richard  Kimble en El fugitivo (Andrew Davis,1993). En todo caso, se trata de una conducta que, como reza el lugar común, deja mucho que desear y, remachamos, desvela las falencias de gente entrenada para dar o acatar órdenes e incapaz de gobernar con eficacia porque para ello se requiere talento y saber hacer.

Sir Winston Churchill predijo que los fascistas del futuro se llamarían a sí mismo antifascistas. Entonces, cómo no ser repetitivos al  corroborar la veracidad de tal profecía y sufrir en carne propia el canallesco despotismo rojo; cómo no serlo al descubrir que –cuando Maduro y sus cortesanos sostienen que su concepción del Estado es incluyente y fuera de él ningún valor o principio humano o espiritual es imaginable– no hay diferencias sustantivas entre el pensamiento de Chávez y sus seguidores y las concepciones del Duce y sus fasci, y que, por eso, por regresivo y porque –como rapea Calle 13 y corean las consignas estudiantiles– “cuando se lee poco, se dispara mucho”, no hay futuro suficiente para reestrenos totalitarios.