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Juan Barreto

Rentismo como lógica capitalista

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Durante las décadas del sesenta y setenta se ensayó un modelo de sustitución de importaciones que permitió trasladar hacia América Latina fases intermedias y finales del proceso productivo. Se trató de establecer aquellas áreas menos rentables o más contaminantes de cada proceso, como por ejemplo el ensamblaje, el acabado final, etc., sin que esto implicara el traslado total de las tecnologías y mucho menos el de las fases estratégicas. De allí surgió una cierta burguesía industrial, subordinada a los estamentos comerciales y usureros de la economía o, en otros casos, convertida en una suerte de agentes plenamente dependientes de las transnacionales. De esta experiencia sólo quedó uno que otro burgués con sentido nacionalista.

Por ello, Brito Figueroa llamaba al bloque dominante “burguesía nativa”; porque no se trata de una clase con intereses nacionales, como algunos estamentos en Brasil, por ejemplo. Es una burguesía nacida aquí, parásita y a la sombra del Estado rentista, pero con una visión de clase asociada a los intereses de los países productores de los cuales son subsidiarios. Una clase inmediatista (como el comercio) y sin visión estratégica nacional surge asociada al Estado rentista y sus lógicas relacionales.

Aguas abajo, el proletariado aparece, en primer lugar, como expresión de la actividad de extracción. Vinculados al Estado venezolano como patrón, desarrollan, ellos también, una mentalidad rentista. Les cuesta ubicarse en términos de clase, pues la lucha de clases, naturalmente vinculada a la confrontación capital-trabajo, se desplaza y es matizada por la distorsión antes apuntada. Así, la confrontación principal es gobernada por la fuerza de gravedad que el Estado rentista ejerce sobre y entre estamentos y bloques. El burocratismo, estudiado por Weber, pasa a ser la cultura organizativa dominante que, desde un Estado elefantiásico, permea a la sociedad toda.

Durante aquellos años de Pacto de Punto Fijo, la actividad agrícola también se verá intervenida por esta ecuación dominante y los estamentos vinculados a dicha actividad reproducirán la ideología y el comportamiento del bloque hegemónico. En su era marxista, el maestro Héctor Silva Michelena caracterizaba a la sociedad venezolana como pitiyanqui, suerte de norteamericanos de orilla, con complejo de inferioridad y cuya expresión más acabada es el venezolano mayamero, que se erige como símbolo de estatus y éxito que moldea a toda la sociedad. Consumo desmedido, carros último modelo, whisky, beisbol, caballos y cerveza… forman parte del gusto del venezolano promedio de todas las clases sociales. He allí un ingrediente del cemento del que hablara Gramsci.

Visto así el asunto de la composición social y la distribución de clases en Venezuela, podemos identificar a amplias capas medias de intelectuales, profesionales y técnicos, burócratas de Estado y del sector privado, surgidos de las relaciones sociales antes descritas que, más allá de la inducción de los medios, expresan y representan dicha relación clientelar. Es por ello que son profundamente sensibles y reaccionarios ante los cambios (recordemos el respaldo dado por amplias mayorías de las capas medias urbanas a las llamadas guarimbas, al paro y sabotaje).

Dichas capas existen en relación de correspondencia con el Estado rentista y expresan total identidad con la excrecencia ideológica que de allí se desprende. A lo único que aspiran es a un Estado que haga el reparto de la renta más eficiente e igualitario, pero sólo en relación a las capas medias. Todo esto nos permite colocar a la burguesía usurera, comercial importadora, como eje articulador de una hegemonía local nacional, con amplia repercusión e influencia en gruesas capas medias de los diferentes estamentos sociales; así articula aparatos de captura desde el sistema educativo, la familia, la mediática, las organizaciones religiosas, los gremios, partidos, etc.

Un polo de fuerzas alternativas debe considerar todos y cada uno de los dinamismos del rentismo como lógica capitalista, gobernando la sensibilidad de distintos estamentos sociales, para romper los anclajes secularizados en distintas dinámicas y prácticas de la vida cotidiana. Desarticular los aparatos de captura y alinearlos al nuevo proyecto hegemónico, o construir otros que desplacen a los anteriores y que derrumben lo que Gramsci llamara bases del Estado ampliado, es una tarea urgente de los revolucionarios.