• Caracas (Venezuela)

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Raúl Fuentes

De Renny a Hugo

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En esta primera entrega decembrina abordaremos una imaginaria máquina del tiempo para recordar que, el próximo jueves 11, Renny Ottolina estaría cumpliendo 86 años, edad a la que, con seguridad, hasta Papá Noel estaría jubilado. Conviene traer a colación al conductor de Renny presenta y el Show de Renny porque él fue un adelantado de la antipolítca; y, al margen de las especulaciones sobre cuál, de seguir vivo, habría sido su trayectoria, nos interesa destacar que, después de su desaparición, nadie pudo ocupar su lugar en la televisión venezolana… hasta que apareció Chávez.

Debe haber sido sembrada y cultivada con esmero por parte de un facción empresarial, que ni medio le para a los conflictos de intereses, la idea de delegar la jefatura suprema de la administración pública en un “gerente”, no porque trazara un paralelo entre el Estado y una tienda por departamentos, lo cual explicaría tan taimada como calculadora propuesta, sino porque ese anhelado gestor saldría de sus filas y sería fácil negociar con él. Por eso, una candidatura como la de Renny entusiasmó tanto a un puñado de individualistas comprometidos consigo mismo, autodefinidos como independientes. En atención a esa conseja oportunista, años después, medio país metería la pata plegándose a un improvisado putsch para colocar a Pedro Carmona a la cabeza del más efímero de los gobiernos de nuestra historia, y terminó por atornillar a Chávez en la silla miraflorina. No se puede jugar a la política, creyendo que el ingenio de un empresario del show business o la astucia de un mercante de químicos bastan para enderezar un país. Eso no sucede ni en las películas.

Renny era un formidable comunicador y un hábil negociante. Esas eran sus credenciales y juzgó, al igual que quienes lo aupaban –publicistas y anunciantes que habían asociado a su imagen la marcas, productos y servicios que promovían, y suponían que el medio era, no mensaje, sino el partido, y que un jingle podía ocultar las tachas de un candidato y suplir sus deficiencias, sin darle la importancia debida a las maquinarias partidistas que, en última instancia, canalizan las preferencias del elector– que ellas eran suficientes para materializar la quijotesca (¿o sanchopancesca?) ambición de hacerse con la Presidencia de la República cuando –todavía no éramos Barataria– el ejercicio del poder estaba consagrado a políticos cuyas aspiraciones se fundamentaban en trayectorias que los hacían merecedores de la confianza pública.

Chávez no era más que un carismático milico armado de un discurso populista, Renny tenía personalidad, y mucho de eso que llaman ángel y, aunque sus argumentos era banales, cuando no confusos y hasta reaccionarios, lograba conectarse con quienes ya comenzaban a desencantarse de un poder oligopólico, y abonaban el terreno para el rechazo de la malévolamente llamada “partidocracia”, el auge de los notables, el ascenso del chiripero y la irrupción –de nuevo y no se sabe hasta cuándo– del militarismo puro y duro, esta vez con aroma de naftalina socialista. Renny nos dijo ciao y los quiero mucho hace ya 36 años; persisten dudas –mera teoría de la conspiración– sobre el accidente aéreo donde perdió la vida, lo cual acrecienta su leyenda, y menudean conjeturas sobre la clase de presidente que podría haber sido quien ni siquiera tenía chance de una honrosa figuración en las elecciones de 1978, en las que los dos Luises (Herrera y Piñerúa) se alzaron con casi 90% de los sufragios (46,64% el verde y 43,31% el blanco).

Cuando decidimos incursionar en el pasado para recordar a un hombre cuyas circunstancias lo arrojaron a la arena política –ya ningún canal lo aceptaba como socio y él tampoco quería ser empleado de ellos– intentamos indagar, más allá de lo sabido y recordado, cuál era, si lo tenía, su proyecto país. Hay poca documentación al respecto: declaraciones al voleo sobre el heteróclito temario común a quienes se aventuran a opinar sobre mucho de lo que ignoran; sin embargo, a los efectos de estas líneas, ha sido de valía el programa con que se despidió de la televisión, en el cual –con brechtiano distanciamiento– expresó cierta admiración y respeto por el Che, Fidel, Allende, Marx y Mao, y sostuvo, enfático y sentimental, que el problema de Venezuela no era material sino mental y emocional; haciendo gala de nacionalismo y bolivianismo extremos afirmó estar convencido de que Venezuela había nacido para ser líder. Viéndole y escuchándole, estuve seguro de que se habría desempeñado mucho mejor que Maduro, pero, sobre todo, de que Aló, Presidente bien pudo llamarse, si no “El show de Hugo”, tal vez “Hugo presenta”.