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Mirla Alcibíades

Religiones alternativas

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Hace quince días recordaba el escándalo que se produjo en abril de 1879. Los hechos tuvieron lugar en el Rincón de San Esteban, jurisdicción del actual estado Carabobo. Los protagonistas del disparate fueron identificados como Miguel Marcano y Henrique Fonseca.

No sólo se erigieron en líderes espirituales sino que decidieron fundar su propia iglesia. De tal suerte, levantaron un altar donde ejercitaban el ritual de la misa, bautismo y comunión. La farsa fue desmantelada por la policía y todo volvió a la normalidad.

Cuando los ánimos se calmaron, no faltó quien suspirara con alivio al asegurar que, felizmente, escándalos como ése sólo podían darse en Venezuela pues, en América Latina, eran improbables desatinos de tal envergadura. Lejos estaban de imaginar el impacto que produciría en el ánimo de muchos lo acontecido en Chile varias décadas más tarde. Ciertamente, en enero de 1903 alcanzó resonancia continental lo sucedido en el puerto de Valparaíso.

Todo tuvo su origen en una casa de apariencia poco llamativa. La particularizaban los sonidos que se escuchaban en las noches. Eran ruidos que algunos caracterizaban como cánticos tristísimos y, otros, como ruidos extraños. Ante la insistencia de los vecinos, la policía decidió intervenir. Lo que encontraron fue relatado minuciosamente por la prensa.

La primera evidencia que tuvieron al efectuar el allanamiento fue que la casa era utilizada para oficiar misa. El agravante consistía en que el dueño de la morada –el que fungía de sacerdote– era igual al común de los mortales, vale decir, no tenía estudios en ese campo profesional. Muy pronto se supo su nombre, se llamaba Ramón Escobar.

Los testigos decían que a la casa sólo entraban mujeres. Por lo tanto, por ningún motivo se permitía el acceso a los varones. Para crear una atmósfera más singular, se decía que la morada de este culto tenía las ventanas herméticamente cerradas. Pero no todo terminaba en estas singularidades.

Si era extraña la residencia, más lo era el anfitrión, Ramón Escobar. Éste acostumbraba mantener el mismo atavío: larga túnica de color rojo, cadena de bronce al cuello con crucifijo del mismo metal y sandalias. El andar era majestuoso –consignó el expediente– y las maneras, decididas. Para completar su perfil, se presentó como hombre poseedor de fortuna.

Un anfitrión de esas características no podía habitar una casa propia del común. Escobar no era la excepción. Por eso, cuando la policía recorrió el lugar pudo comprobar lo que señalo. Lo primero que llamó la atención de los funcionarios fue la primera sala que encontraron, la que estaba al lado derecho del zaguán. Era una habitación espaciosa cuyas paredes estaban cubiertas de papel plata y las sillas lujosamente tapizadas en dorado. En uno de los extremos había un gran altar exornado con muchas luces y adornos. En el altar había una custodia, un cáliz, una patena y restos de hostia.

La siguiente pieza tenía más brillo que la anterior. Allí estaba dispuesto el altar para la Virgen del Carmen. Llamaba la atención que ese altar estaba rodeado de objetos infrecuentes en un espacio dedicado al mundo espiritual. Esos objetos eran rifles, puñales, revólveres, granadas, banderas chilenas; también estaban dispuestas pedrerías, flores, luces, candelabros. En un lugar destacado estaba expuesto un uniforme antiguo de soldado español del tiempo de la Independencia. Para completar el impacto visual de esta sala, había faroles chinescos, papel plateado en las paredes y muebles dorados.

El sacerdote, o sea, Ramón Escobar, disponía de una sacristía. En ese lugar había todo lo necesario para los oficios. Además de las estolas, casullas, túnicas, mitras, sumaba un palio ricamente bordado. El palio, desde luego, tenía que ver con procesiones.

Para completar los espacios dedicados a los rituales, estaba la sala de meditación. Su decoración no podía ser más particular. En líneas generales, presentaba un aspecto sombrío que acentuaba la penumbra del lugar. En una de las paredes estaba dispuesto un gran crucifijo de tres metros de alto. Una mesa negra servía para contener cuatro calaveras humanas, una quinta estaba al pie del crucifijo.

La casa era habitada por nuestro conocido líder espiritual y dos hermanas: María e Irene. La primera tenía 16 años; la segunda, 18. Entre ellas y él no había vínculos consanguíneos. Si el jefe de esta iglesia vestía de rojo, ellas trajeaban túnicas blancas, cinta en la cintura de color azul, sandalias de cuero y medallas al cuello. Los tres llevaban tres años en el culto. Ellas habían jurado en el cuarto de meditación (al pie del crucifijo) que no dirían nada de lo que ocurría entre esas paredes.

Todas la mañanas Escobar oficiaba misa. A las cuatro de la tarde, reunía a las jóvenes más devotas frente a alguno de los altares, allí las asistentes eran testigos de los más inesperados prodigios. (Después la policía reveló que los santos tenían dispositivos ocultos que eran manipulados por Escobar para elevarlos y desplazarlos). Los sábados era el día de la procesión dentro de la casa, en esos momentos el líder elegía el palio para encabezar el oficio. Después de cada procesión, se elegía una muchacha para enriquecer le grupo de preferidas para el culto.

Probablemente la costumbre que mantenía este personaje chileno de disciplinarse diariamente, fue de utilidad para castigar sus pecados durante los muchos años que permaneció en prisión.

alcibiadesmirla@hotmail.com