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Mirla Alcibíades

Religiones alternativas

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Es conocido de todos que con el establecimiento de la cultura europea en el continente, después de 1492, se impuso la religión católica. Se sabe, además, que tanto las culturas originarias como, después, las mujeres y hombres arrancados de su África nativa, fingieron que acataban las órdenes del sacerdote español en materia de fe. A tal efecto tomaban las imágenes y los objetos de culto que les imponían, y los adaptaban a sus propias creencias y necesidades espirituales.

Fue la ingeniosa manera que encontraron para preservar los ritos y tradiciones con los que se sentían identificados. Con el paso de los siglos se fueron dando diversas manifestaciones religiosas, algunas de las cuales perviven hasta hoy. Pensemos, por ejemplo, en la fiesta de San Juan Bautista y tendremos una prueba de lo que expongo en este momento.

Pero, algunas veces, se presentaban espontáneos que pretendían llevar las iniciativas al punto de fundar iglesias de su invención. En esos casos, cooptaban adherentes y echaban a andar su propia liturgia. Desde luego, cuando eran puestos en evidencia por la autoridad religiosa o, peor aún, por la civil, se orquestaba la represión más inmisericorde. De inmediato, los hechos imponían las sanciones y se castigaba al agresor del orden religioso. Uno de esos momentos que se produjeron en nuestro continente es el que vamos a conocer el día de hoy.

Para ser exacta, los sucesos acaecieron en el Rincón de San Esteban, jurisdicción del actual estado Carabobo. Corría el mes de abril de 1879. Para el clero se produjeron actos de inmoralidad, pues se profanaron las ceremonias eclesiásticas. No faltó quien interpretara lo acontecido como expresión de satánicas burlas de que eran capaces las acciones de los hombres.

La denuncia fue presentada al jefe municipal quien, de inmediato, despachó a la policía para que capturaran a los culpables. Dos sujetos destacaron como los principales cabecillas. Uno de ellos tenía por nombre Miguel Marcano; el otro, Henrique Fonseca, pero eran mayormente conocido por el alias de Henrique IV. ¿Y qué hizo este par, al punto de suscitar tantos sentimientos en contra? Veamos.

Las acciones que desataron la ira de la Iglesia y de las autoridades civiles, se concretaron en los días de cuaresma. En esas fechas, los dos acusados habían dispuesto en una humilde barraca un altar adornado con colchas de cama. Allí colocaron algunas imágenes, entre ellas el Santo Niño de Atocha. Una cruz cubierta con una tela negra presidía el ritual. En ese escenario efectuaban el remedo de una misa.

El acto que representaban contaba con un público mayoritario de mujeres. Todas arrodilladas y con claras manifestaciones de contrición colmaban el lugar. Miguel Marcano hacía las veces de obispo. Para ello se ubicaba al lado del altar. Henrique IV fungía de sacerdote. A tal efecto, usaba un bonete que, de acuerdo con la opinión de los testigos, por su "clase y construcción revela que perteneció a algún sacerdote".

Pero las particularidades de esas reuniones no se agotaban con los puntos descritos. Tenían un grupo de niños que actuaban como monaguillos y músicos. Y en cuanto a los instrumentos necesarios para la ceremonia, estos consistían en un diccionario castellano en lugar de misal, una copa común y corriente en lugar de cáliz, y, como campanas, unos aperos (en este caso, escardillas) que hacían sonar con un machete.

Marcano y Fonseca, Fonseca y Marcano no agotaron sus desempeños en el ritual que asomo. Llevaron más lejos sus competencias, pues dictaban penitencias, imponían el bautismo e, incluso, consagraban lazos matrimoniales. A muchos pareció escandaloso que los habitantes del lugar y zonas aledañas concurrieran a esos actos. Más todavía, los excesos llegaban al punto de que muchas mujeres vestían a usanza monjil.

Los dos cabecillas estaban tan penetrados de su protagonismo con tintes de fe, que el Domingo de Ramos llevaron adelante la ceremonia de la misa, bendijeron las palmas y las repartieron entre la concurrencia. Para finalizar su desempeño, encabezaron la procesión del día.

Quienes intervinieron para interrumpir lo que calificaron como delito de profanación, destacaban que sucesos como los descritos no eran habituales en América Latina. Sólo recordaban unos hechos ocurridos en tiempos de la conquista en los territorios que, posteriormente, constituirían los territorios de Chile y Bolivia. En aquellos tiempos, un farsante se hizo pasar por la máxima autoridad eclesiástica del momento y, así, pudo acumular riquezas.

Sin embargo, estaban seguros de que situaciones como esa no ocurrirían más, pues "hoy es inconcebible que tamaños escándalos se cometan casi en el seno mismo de nuestras ciudades más notables". En realidad, la seguridad que manifestaban no armonizaban con los hechos, como veremos en la próxima entrega de este relato.

alcibiadesmirla@hotmail.com