• Caracas (Venezuela)

Opinión

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“…Durante los próximos dos decenios al menos, incluso si el crecimiento norteamericano pudiera ser interrumpido provisoriamente por la crisis financiera, por la recesión o por conflictos, lo esencial de los acontecimientos culturales, políticos, militares, estéticos, morales y sociales del planeta acentuarán aún más la supremacía de Estados Unidos.

Jacques Attali: Une breve histoire de l´avenir. P.167

 

Son ya varios los artículos consagrados a la deriva de la laicidad del Estado que tanto ha costado a la Modernidad (uno de los pocos restos de su herencia moribunda). Los despeñaderos de esta recaída mágico-religiosa en los asuntos públicos significan un salto atrás de siglos de luchas de una humanidad oprimida por todos los desmanes de iglesias, sectas y misceláneas. La laicidad del Estado ha sido históricamente una barrera para que el espacio público se descontamine de los horrores de las guerras religiosas, de las infiltraciones de los confesionalismos en la vida institucional, del fanatismo de muchedumbres que llenan sus espacios vitales con el famoso “opio del pueblo” que ahora vuelve revestido de algún embadurnamiento de eso que llaman la realidad: el presidente del Banco Vaticano es un exitoso fabricante de barcos de guerra, el Papa renuncia por la obstinación de sus mafias internas, los Estados confesionales pretenden dictar pautas sobre lo bueno y lo malo (el mundo árabe bajo la modalidad etno-religiosa marcha impertérrito por este desfiladero civilizacional). ¿Qué estará ocurriendo?

El fondo del asunto alude al terrible vaciamiento que arrastra la crisis de la Modernidad: todo se desvanece, las antiguas solideces se esfuman, el régimen de creencias se derrumba y la gente queda en el desamparo. Desde allí se disparan todos los acomodos posmodernos que van remplazando los meta-relatos de la Modernidad: politeísmo de los valores, relativismo de la cultura, transversalidad de las formas religiosas. En medio de este tránsito epocal (migración de una civilización a otra) todo se mezcla con todo, todo vale lo miso (o casi), la política y la religión se entrecruzan peligrosamente. Mi tesis es que en esta confusión generalizada quien pierde es lo político; la vuelta de los rituales religiosos, por la puerta de atrás, en los asuntos públicos es una degradación cultural que se está saltando siglos de acumulación de prácticas democráticas fundadas en la laicidad del Estado. Nada –absolutamente nada– justifica tal derrape reaccionario, menos aun cuando se despliega con la complicidad de gobiernos progresistas que deberían batirse con fuerza por una cierta decencia de la política (no se les pide que sean “revolucionarios”, “posmodernos” o “anarquistas”). El Estado laico no es negociable… pero se contamina de incrustaciones mágico-religiosas que marchan hacia la prehistoria. El Estado laico es una conquista de la Modernidad… pero su deriva reaccionaria pulula en el derrumbe de casi todo (no estaría mal darle una lectura a aquel legendario libro: Cuando todo se derrumba, del que por puro azar soy el autor).

El Estado laico nos trajo hasta aquí superando las peores lacras y aberraciones de los últimos dos 1.000 años… pero el retorno de la fantasmagoría del cielo y el infierno no se ha hecho esperar. El Estado laico es la metáfora de una cierta idea de libertad que, al menos, posibilita la expansión de una subjetividad libertaria… pero las muchedumbres y sus dioses están haciendo lo suyo para que todo sea santificado.

El desamparo espiritual es la gran coartada para que el socorro religioso se relegitime. Las almas desoladas buscan refugio en los variados nichos de autoayuda mágico-religiosa. Mientras estos asuntos permanezcan en el estricto ámbito privado, no hay nada que discutir. Cosa diferente es lo que está viéndose en tantas partes del mundo con la invasión de las iglesias en los asuntos del espacio público que está reservado al Estado laico (sobremanera, para evitar que se coman los unos a los otros).

La espiritualidad de los seres humanos no tiene nada que ver con religiones… pero las iglesias han colonizado desde siempre esa dimensión destellante de la subjetividad.