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Gisela Kozak

Religión como identidad patria

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El balance de las políticas educativas, comunicacionales y culturales de la revolución chavista en el pasado año 2013 puede resumirse en una frase: se profundizó en la construcción de una religión de estado. Las manifestaciones de este culto, cuya figura central es el difunto comandante Chávez, son variadas pero constituyen un conjunto de representaciones (desde fotos hasta manuales  educativos, pasando por el discurso oficial público) que indican una voluntad expresa de producir un cambio, “hombres y mujeres nuevos”.  Los ojos que nos miran en nuestro paso por las calles sugieren una voluntad superior que vigila (opositores) o protege (oficialismo); la abundante propaganda oficial impresa y audiovisual con el rojo en llamativo protagonismo no permite olvidar por un instante que estamos en revolución. No hay duda de que el estado se ha fundido con el gobierno, y de que , además, no hay límites entre él y la sociedad pues finalmente la renta petrolera llega a la gente porque la revolución está en el ejecutivo, tal como indica Margarita López Maya en El estado descomunal (Caracas: Los libros de El Nacional, 2013).

Así mismo, la constante mención al legado del dios (Chávez, el Cristo de la revolución) justifica toda propuesta y ejecutoria: Chávez ha creado todo, desde el Sistema Nacional de Culturas Populares hasta los libros de texto para la educación básica. La presencia de su imagen en la vida cotidiana doméstica naturaliza la política como culto religioso, con lo cual la política deja de ser tal. El Ministro del Poder Popular para la Cultura Fidel Barbarito (quien por cierto participó personalmente en incursiones en tiendas  para bajar precios de bienes culturales con lo cual demuestra que tiene tiempo para todo menos para coordinar unas políticas públicas atinadas y democráticas) no suelta por un momento el nombre del presidente Chávez, a quien la revolución invoca como cristianos, judíos y musulmanes invocan, respectivamente,  a Cristo, Yahvé y Alá. Esta es la política cultural fundamental del gobierno, convertida en gran política de estado,  más allá de las competencias propias del ministerio del área: crear una transformación en nuestra manera de relacionarnos y entendernos en tanto venezolanos.

Líderes como Henrique Capriles Radonski y también  las instancias decisorias de la MUD deberían atender  las numerosas advertencias en este sentido. Vale la pena leer el texto Apaciguamiento (Caracas: Editorial Alfa, 2013), de Miguel Ángel Martínez Meucci, en el que se describe en sus capítulos finales  como la pulsión totalitaria ha destruido el carácter racional y secularizado del estado de herencia liberal con la anuencia de una oposición perpleja, dada su incomprensión del fenómeno chavista, de su pasión milenarista de refundación del mundo y salvación del planeta.

Este “estado de gracia” (delirio en realidad) -en el que la invocación del difunto comandante, convertido en dios, define y justifica las ejecutorias de gobierno en general  y, además, convierte a los funcionarios y militantes  en portavoces de un mensaje y en soldados de la salvación-, es mencionado por López Maya en el texto ya citado. Sabemos que la izquierda revolucionaria desde el siglo XX primero ofrece bienes y cuando ya no hay nada que repartir promete redención; el caso venezolano no es la excepción pues la renta petrolera  permite una relación con el estado regida por la magia (véase El estado mágico, de Fernando Coronil). De este modo,  todo es posible en un país tan rico, hasta un estado comunal,(el sueño de Chávez,  la “utopía de un millonario” según López Maya).  Semejante estado estaría formado por ciudadanos(as) virtuosos organizados en comunas y dedicados a actividades productivas en las que no media el mercado ni los intereses individuales. Esta ensoñación en el siglo XXI se sostiene en la dádiva y la promesa y no considerar su fuerte impacto emocional y clientelar es subestimar la revolución.

 Décadas se ha mantenido Fidel Castro a pesar de la caída de la Unión Soviética porque su gobierno convirtió el socialismo en religión de estado y fundió la revolución con la identidad patria. Venezuela es una realidad distinta pero una oposición  que no aproveche el receso electoral  para hacer política de base desmontando la religión de estado  seguirá preguntándose por qué no alcanzamos el poder a pesar del desastre económico y la dureza de nuestras vidas. Y no se trata de no hablar mal de Chávez o ponderar las misiones; se trata de practicar una pedagogía política que apele a la condición de ciudadano y no a la condición de creyente y víctima.

@giselakozak