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Antonio López Ortega

Relato cívico

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Para Carlos Leáñez

 

El relato histórico que el oficialismo ha querido construir para Venezuela es más o menos el siguiente: unos aborígenes inmaculados viven en un paraíso; llegan de ultramar unos extraños vociferantes y malolientes y los someten; se debe esperar trescientos años para que los otrora sometidos reaccionen (lo harán a través de sus salvadores militares); se le da la espalda a los guerreros heroicos y el país traiciona el legado de los semidioses; se debe esperar otros ciento setenta años (hasta 1998) para lograr la vuelta de los salvadores militares. La simpleza del relato da como para manual escolar, pero sus efectos pedagógicos rinden frutos. Hay dos nociones perversas en este recuento: la primera es que no hay ciudadanos, sino vástagos desprovistos; la segunda es que siempre dependemos de otros, los terceros aguerridos. Por un lado, el pueblo como nulidad; por el otro, los guerreros como verdaderos guías. Fuera de este axioma, nada cabe: la lenta reconstrucción republicana, por ejemplo, no existe.

Este discurso no deja de ser marginal. Quiero decir: viene de los márgenes, que no del centro. Se alimenta de residuos, de materia botada al cesto de la historia, del resentimiento, de la incapacidad. Es decir, no tengo soberanía, ni colectiva ni individual, sino que otro (otras fuerzas) me la da en préstamo. Sociedad de hombres débiles tutoreada por gobierno de hombres fuertes (unos pocos, se entiende, con las botijas en los bolsillos). Por un lado, debilidad, ignorancia; por el otro, el poder al desnudo, omnívoro en todos los frentes. Nuestros libertadores, finalmente, nos esclavizan. A esa fábula hemos vuelto y sus voceros han tenido relativo éxito. Pero insisto en la naturaleza marginal del discurso, que no central. ¿Con qué figuras de nuestra historia se queda esta lectura? Esencialmente con cuatreros, traidores, segundones, sortarios. El discurso del oficialismo no sabe nombrar héroes civiles. ¿Quién menciona a Andrés Bello, a José María Vargas, a Fermín Toro, a Cecilio Acosta, a Rufino Blanco Fombona, a José Rafael Pocaterra? No se mencionan porque son centro, porque han forjado la historia de Venezuela, hasta convertirse en médula. Pero el discurso oficial prefiere el trasplante, lo residual, un recuento donde sólo hay guerreros (y palabras bélicas). En el fondo, la tentativa es de un simplismo extremo, pero logra calar en los espíritus débiles y cosecha réditos. No deja de ser sorprendente ver cómo este discurso (este, sí, dominante) altera, corroe, vadea, el relato central, el que nos ha alimentado e identificado desde que aspiramos a ser República. La miseria física y espiritual de estos últimos años, sin educación ni valores, es lo que ha permitido la irrupción de los bárbaros, hoy en el poder. Pero esto es reflexión para otro tiempo, para el momento en que sepamos cuáles errores, gravísimos e imperdonables, no podemos repetir.

¿Qué nos queda entonces como estrategia de reconstrucción nacional? No reemplazar un relato por otro, porque ese otro ha salido de la ultratumba (Ramón J. Velásquez creyó que esta sociedad había enterrado el militarismo y no parece ser así), sino sencillamente recuperar (porque siempre ha estado allí) nuestro relato civil, nuestro discurso cívico, la épica secreta que nos lleva a diferenciar a los hombres fuertes de los constantes, a los vulgares de los decentes, a los ladrones de los probos, a los calculadores de los tolerantes, a los autócratas de los demócratas. Siempre tendremos esa amenaza –la de la ruta corta, la del atajo– porque algo bárbaro también llevamos en nuestra constitución cultural. Pero lo importante es saber contener el brote  con racionalidad, con inteligencia, con convicción. El hombre fuerte es la proyección de todas nuestras miserias, es delegar nuestros juicios y valores, es finalmente regresar a la tribu (Ana Teresa Torres dixit), donde nos sentimos más seguros porque claudicamos. Pero el discurso civil, el que venimos construyendo como colectivo desde al menos 1830, es lo que nos marca culturalmente, es la huella de nuestro ser en el tiempo. Somos centro y tenemos un centro. Somos una cosmovisión que ya estaba en nuestros padres y abuelos. Y en ese diseño construido –¿por qué no decirlo?– con sangre, la libertad, la igualdad, la hermandad y la prosperidad son bienes irrenunciables.