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Pedro Conde

Relaciones Venezuela y Estados Unidos (III)

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Es en este clima de reconversión, de influencia declinante de Estados Unidos en el mundo y en particular sobre sus vecinos de América, cuando en la Cumbre de las Américas, realizada en Trinidad y Tobago del 17 al 19 de abril de 2009, Estados Unidos hizo un giro fundamental en la percepción de sus relaciones con el resto del continente.

Lo que más sorprendió fue la voluntad proclamada de Washington de establecer una relación “de igual a igual” con los otros Estados de la región. El presidente Barack Obama oficialmente participó a sus homólogos este cambio en la política exterior estadounidense. Aunque no fue totalmente una sorpresa, reviste indudablemente gran importancia respecto de la historia de las relaciones de Estados Unidos con nuestros países.

Para mejor aprehender el contexto global en el que se inscribe el cambio de actitud de Estados Unidos en sus relaciones con las demás naciones del continente, conviene recordar que la posición formulada en diciembre de 1823 por el presidente James Monroe devino verdadera tesis de política exterior conocida como la doctrina Monroe, decretando de este modo que esta región era algo así como el “patio trasero” de aquel país, en tanto que zona de influencia exclusiva.

Fue expuesta en una época cuando la idea de un destino glorioso, de una misión divina, emergía y se cristalizaba para aquella nación, proyectándola, tanto en lo económico como en lo militar, como una futura gran potencia, cuya expansión territorial y relaciones políticas y económicas no deberían perturbar otras potencias con influencia todavía en el continente.

Fue entonces una forma de mostrar la voluntad de la joven nación estadounidense que pretendía como potencia sustraer esta zona de influencia de las rivalidades geoestratégicas de las potencias europeas colonialistas. La guerra contra España de 1898, cuyo objetivo fue expulsarla definitivamente de sus posesiones territoriales (Cuba, Puerto Rico) y de otras partes (Filipinas y Guam), o la guerra contra México que terminó con la pérdida para éste de un tercio de su territorio, puede considerarse como las aplicaciones últimas de esta doctrina.

Si la doctrina Monroe podía al comienzo defenderse porque facilitaba la liberación y protección de los países del continente con relación al imperialismo y colonialismo europeo, rápidamente evolucionó en su concepción y en sus objetivos para servir de base a la instauración de relaciones de dominación política y económica entre Estados Unidos y el resto de la región. En efecto, el final del siglo XIX, pero, sobre todo, en el XX, constituye un período durante el cual Estados Unidos no cesó de considerar los demás países como un espacio donde podía actuar en función solamente de sus objetivos políticos, despreciando los intereses, la voluntad de las aspiraciones de estas naciones.

La aplicación de la doctrina Monroe ha tenido repercusiones, tanto en el dominio político (fundamentando el apoyo estadounidense a regímenes dictatoriales y una política intervencionista en la región) como en lo económico (mediante relaciones con influencia hegemónica de los intereses económicos estadounidenses).

Consideraron enemigos a los movimientos nacionalistas que buscaban rescatar de la garra imperial sus recursos naturales, hacerlos base de la industrialización, de la superación del subdesarrollo, como decía la tesis política del Partido Democrático Nacional (PDN), 1937, luego Acción Democrática, 1941. Con el apoyo de fascistas locales, extremas derecha e izquierda, tumbaron gobiernos electos, cuyas políticas colidían con los intereses imperiales: Rómulo Gallegos, 1948, y otros en nuestro continente.

Persecución de dirigentes, Víctor Raúl Haya de la Torre, en Perú, autor de tesis antiimperialistas que cundieron en América. Injustificable claudicar cuando el imperio norteño se repliega y otro quiere ingresar desde el Lejano Oriente.