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Eduardo Posada Carbó

Reinventar otra vez la democracia

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La política necesita salvavidas. Desde Europa hasta la Patagonia. En la Gran Bretaña, cuna de la democracia moderna, la mayoría de la gente está “furiosa” o “aburrida” frente a la política y los políticos. Casi nadie siente respeto hacia ellos. Pocos confían en el parlamento. Los jóvenes no se manifiestan muy inclinados a votar. Así lo registró una encuesta reciente publicada en The Guardian.

La preocupación no es novedosa. Ni exclusiva de los británicos. En defensa de la política es el título del famoso libro de Bernard Crick, escrito en la década de 1960. Los retos identificados entonces por Crick no han desaparecido. Han surgido otros que hoy hacen la tarea mucho más difícil.

Tras el derrumbe del Muro de Berlín en 1989 se proclamó el triunfo de la democracia liberal. Fue un triunfo con sabor breve y en buena medida ilusorio. Seguido casi inmediatamente del desencanto provocado en parte por la orfandad de utopías en la nueva era global del cinismo.

“La época de la democracia de los partidos ya pasó”, escribió Peter Mair (1951-2011) al abrir su libro póstumo, Ruling the Void. The Hollowing of Western Democracy (2013). Fue más bien una advertencia para alertarnos de la gravedad del problema. Pues para Mair, profesor de la Universidad Europea, en Florencia, era muy claro que a la democracia moderna la han definido, ante todo, los partidos políticos.

La crisis de las democracias representativas se debe por ello, en alta proporción, al fracaso de los partidos. Su trayectoria decadente a partir de fines de la década de 1990 es el síntoma más notable del diagnóstico enfermizo en Europa occidental. Los importantes estudios de Mair habían demostrado un cuadro algo esperanzador en los años ochenta. Hasta entonces, por ejemplo, los niveles de membresía de los partidos políticos europeos se mantenían altos –no había señales de colapso–. Las cosas cambiaron. Y drásticamente.

A la vuelta del siglo era evidente que los partidos se estaban quedando sin miembros, sufrían de una verdadera “hemorragia”. En Francia, Noruega y Gran Bretaña los partidos tenían en el 2009 casi una tercera parte del número de miembros que alcanzaron a tener en 1980. La pérdida de adeptos en Suecia, Dinamarca o Italia fue algo menor, pero también voluminosa.

No todos tuvieron igual suerte. España y Grecia ganaron miembros, y en cantidades importantes. Mair pudo, además, haber idealizado la fortaleza partidaria con base en la membresía durante décadas anteriores. Y su enfoque casi exclusivamente europeo no tenía en cuenta las tendencias partidarias de países como Brasil o India.

Sus admoniciones, sin embargo, fueron muy acertadas. Cada vez con menos miembros, los partidos se han visto sometidos a un proceso de devaluación. Así, la arena política natural de las democracias modernas, el parlamento, también se ha debilitado. Y la desconexión entre los partidos y la ciudadanía se traduce necesariamente en el empobrecimiento democrático, frente a las alternativas adversas del populismo o las de los gobiernos de los tecnócratas.

Giovanni Sartori la llamó la “videopolítica”, para referirse a los retos que enfrentaba la democracia representativa ante los avances de los nuevos medios de comunicación masiva. El teatro y el espectáculo, como sugiere Mair, se imponen sobre las decisiones políticas que exige el buen gobierno.

Es posible que las llamadas “redes sociales” sirvan para revitalizar las democracias. Por ahora pareciera que están contribuyendo más a la fragmentación de la representación, la función tradicional de los partidos. Hay que reinventarlos para que la democracia liberal sobreviva.