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Nelson Rivera

Reinhart Koselleck (II)

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El punto de partida: no hay operación vital del ser humano que no esté signada por la idea de aquí y allí, de este lado y del otro lado. Lean directamente a Koselleck: "Las fronteras se solidifican, los límites se institucionalizan socialmente.

Los rituales y procedimientos confirman y vigilan las formas de ingreso y exclusión -desde el bautismo, la confirmación, las pruebas de ingreso y de salida y la entrega de un certificado hasta el pasaporte-. Cuantas más afiliaciones -o papeles- regulan la vida de una persona, como ocurre en nuestra sociedad industrial, mayor es el número de las delimitaciones internas y externas que se superponen".

Nada escapa a la lógica del adentro-afuera. Si toda historia, todo hecho, toda disposición está sujeta a esa lógica del adentro-afuera, basta cruzar un cierto umbral para que el otro, el distinto, el extranjero o el desconocido adquieran la condición de enemigo. Bajo condiciones extremas ese otro justifica el conflicto, la guerra o el asesinato.

Recapitulo aquí lo anotado por Reinhart Koselleck en su ensayo "Conceptos de enemigo" (es una de las magistrales catorce reunidas en Historias de conceptos.

Estudios sobre semántica y pragmática del lenguaje político y social, publicado por Editorial Trotta, España, 2012). Pero he aquí que "el enemigo" es también un producto lingüístico: una de las condiciones necesarias para crear un enemigo. Desentrañar (investigar) los conceptos de enemigo supone atender a la tensión entre capacidad e incapacidad del lenguaje. Reinhart Koselleck se remonta a la significación que tenía la idea de "bárbaro" en la Grecia antigua.

El bárbaro es siempre un ajeno a quien corresponde un trato peyorativo y que incita a la hostilidad. A lo largo de los tiempos, con nombres distintos, los estereotipos se han repetido con escasas variantes.

El cristianismo añade dos dimensiones fundamentales: los que aún no son cristianos y los que no lo serán nunca, los que están en proceso de ser convertidos y los que no tienen salvación.

"Cuando la humanidad ocupó el lugar de Dios como instancia última autónoma y se elevó a sujeto y objeto de su propia historia, el enemigo pasó a integrarse en nuevos campos conceptuales": el inhumano y el subhumano, que han generado una radicalización lingüística sin precedentes.

El inhumano autolegitima al humano. El subhombre al superhombre (Goebbels ordenó en 1935 borrar los nombres de los judíos de los monumentos a los caídos: su objetivo era borrarlos más allá de la muerte).

En el orador más infame de Alemania (también el orador más infame de Venezuela) activó esta terrorífica secuencia: convertir al enemigo en inhumano; luego, en subhumano, y, en consecuencia, convertirlo en nadie, en nada.