• Caracas (Venezuela)

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“Yo te acepto y te tomo: encarnación del mal, devastación del alma”.

Henry Miller: Trópico de Capricornio. P. 505

 

En Venezuela se viene experimentando desde hace algún tiempo un oscuro proceso de incrustación religiosa a dos velocidades: una, la impronta de un catolicismo que arropa al Estado que ya se había liberado de este oscurantismo con el advenimiento de la Modernidad. Otra, el repoblamiento en los sectores populares de toda clase de sectas que van colonizando –en sincretismos muy peculiares– la subjetividad de amplios sectores de la población.

Me concentro ahora sólo en el ablandamiento del Estado laico que heredamos de la Modernidad, que sin dudas representa una de las aportaciones mayores en la lucha contra el oscurantismo católico que azotó al mundo durante tantos siglos. El Estado laico representa un hito en la emancipación que encarnó la Modernidad. En todos lados este fue un proyecto frustrado, pero en el terreno de la separación de los aparatos religiosos y el espacio público del Estado, la Modernidad logró poner las cosas en su lugar: las prácticas religiosas son un asunto del mundo privado y el Estado está en la obligación de preservar escrupulosamente este principio de convivencia política.

¿Qué está pasando hoy en Venezuela? Hay una deriva que ignora esta regla de oro, todo se mezcla en una amalgama en la que parecen “normales” las incrustaciones discursivas en las instituciones del Estado, el funcionariado adopta las poses del catolicismo en todo evento y se trasmite la sensación de que la Iglesia y el Gobierno son una gran familia. Allí hay una alta responsabilidad del jefe del Estado quien ha asumido que sus creencias religiosas forman parte de la gestión del Estado. Semejante extravío lleva a diversas aberraciones en el espacio escolar, en el campo comunicacional y en variadas esferas de la vida pública.

Con la enfermedad del señor Presidente estos desvaríos se han acentuado de forma escandalosa. Se ha creado un clima clerical en el que la espiritualidad de la multitud es recuperada maliciosamente por un catolicismo reaccionario (disculpen el pleonasmo) que secuestra la multiplicidad de formas en la que puede expresarse la solidaridad y la afectación de tanta gente por la salud de Chávez. La presencia de rituales religiosos en todos los escenarios, las invocaciones del mismo género en cualquier actividad pública, este clima reverencial manejado por curas y la inocencia que envuelve todo este tinglado, hacen muy vulnerable la subjetividad de la gente que se postra ante la avalancha de puestas en escena en nombre del noble propósito de “pedir” por la salud del Presidente.

Por si no está claro, precisemos: la gente tiene todo el derecho de practicar la religión que le plazca (en su vida privada); nadie tiene por qué involucrase en las decisiones que cada quien toma en ese terreno. En lo personal soy muy respetuoso de lo que la gente hace o deja de hacer en el campo religioso (sobre todo, si eso permanece estrictamente en el ámbito privado). Pero cuando este submundo se convierte en discurso y práctica del Estado, se encienden las alarmas porque la categoría de Estado laico es una conquista históricamente muy valiosa sin la cual la violencia cultural se instaura y la noción de sociedad vuelve a la Edad Media.

El clima enrarecido en el mundillo político no deja mucho margen para un debate serio sobre las implicaciones de largo plazo de lo que vengo de plantear. No importa. Esta palabra está dirigida a toda ciudadana y ciudadano que no están imbuidos de credos religiosos, que no definen sus vidas a partir alguna iglesia y que son capaces de convivir con la gente de todos los dioses. A estas alturas tener que recordar que el Estado Moderno se define como “Estado laico” (con todas las implicaciones de esta definición) habla por sí mismo de los retrocesos que pueden incubarse en derivas a veces imperceptibles que se cruzan en el entramado de la sociedad.

Bienvenidas todas la religiones… a condición de que no crucen la acera del Estado.