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Rodolfo Izaguirre

Regresar del más allá

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Erich Weiss (Harry Houdini) el célebre ilusionista que se liberaba de cadenas, candados y camisas de fuerza y escapaba de recintos cerrados murió en 1926 de apendicitis. Esposado y encadenado se lanzó dentro de un barril por las cataratas del Niágara y logró salir airoso de la insólita aventura. Le disparaban a quemarropa y salía indemne y con la bala en la boca. Antes de morir, prometió formalmente a su esposa que desde el lugar donde estuviese se liberaría y regresaría a verla. ¡Pero nunca lo hizo! Fue la única hazaña que no pudo realizar. Un juramento innecesario porque dejó que la mujer se ilusionase con un retorno imposible. La dejó viuda y viuda permaneció, supongo, hasta que le llegó la hora de su propia muerte. Hasta el momento, que se sepa, nadie ha vuelto del mas allá salvo Jesucristo y el pobre Lázaro que, varios días después de haber muerto resucitó para volver a morir. ¿Tú no eres Lázaro, uno que volvió a vivir después de muerto?, se dice que le preguntaron los centuriones romanos.”Si. Ese soy yo”, contestó con cierta jactancia. “Entonces, ¡vuélvete a morir! ¡Y le dieron un lanzazo”. Es el único ser humano que lo ha hecho: nacer, morir, volver a vivir y de nuevo, morir… Pero es así, nadie ha regresado de ese largo viaje hacia la oscuridad. Cristo tiene que resucitar porque de no hacerlo se habría desmoronado la cristiandad, pero ninguno de nosotros sabe cómo es la espesura de las tinieblas; qué lugar ocupan en la eternidad. 

Además, ella representa la infinitud de un tiempo liberado de toda contingencia. La negación del tiempo. La eternidad, en términos de duración, representa lo ilimitado. “La perpetuidad sin principio, sucesión ni fin”. La absoluta y permanente intensidad de una presunta “vida” libre de toda vicisitud y cambio; liberada de tiempo. ¡Por eso para nosotros, mortales, no puede haber retorno. Allí, en esas riberas de infinitud queda ese polvillo incoloro en el que nos convertimos al morir, aunque algunos lo seamos en vida.

Hay quienes invocan a los muertos y éstos se comunican a través de un medium, de un golpe sobre la mesa de los espiritistas, el tablero de la ouija o el juego de la copa. El director de cine japonés Akira Kurosawa convocó a través de un medium al hombre muerto en el bosque de Rashomon para que ofreciera en 1950 la versión de su muerte y de la violación de su mujer a manos de un bandido desaforado porque para Kurosawa se trataba de una exploración por los difíciles vericuetos de la verdad. Otros aseguran haber visto un resplandor, emerger del coma en el que estuvieron hundidos y regresar a la vida. Mi hermana Margarita juró haber visto no solo una luz brillante e intensa sino que vio y escuchó a su hermana Liliam, muerta hace muchos años que pálida, pero hermosa, le dijo: “¿qué vienes a hacer aquí si todavía no es tu hora? ¡Devuélvete!” 

Se habla de superchería, de parasicología, de extra sensorialidad. ¡Ya no sabemos en qué creer! Lo que sí se sabe es que nadie ha aportado algo, una prueba física, alguna imagen de lo que nos espera en el más allá. 

La necedad está en pretender el retorno a la vida después de ya no estar en ella porque nunca nos vamos de manera definitiva: permanecemos en la memoria de quienes nos amaron; persistimos vivos en los objetos que rozaron nuestras manos, en los testimonios orales o escrito que dejamos al partir. ¡Siempre estaremos! De alguna u otra manera, ¡estaremos! Nicolás Maduro logró conversar con Hugo Chávez cuando este se convirtió en pájaro, al morir. Es el único mandatario venezolano en vivir personalmente semejante prodigio, para no mencionar su escandalosa multiplicación de los penes o de transformar, junto a Chávez, la alegría venezolana en un descalabro humanitario. De allí que no me sorprenda demasiado el mensaje que desde Varsovia me hace llegar mi amigo Alberto Valero, un testimonio que me apresuro a transcribir sin su autorización:

“Leyendo uno de los tantos y tan interesantes libros que la doctora Helene Carrere d´Encausse ha dedicado a Rusia y a la Unión Soviética, he tropezado con esta sabrosa anécdota, escribe Alberto, que la autora ubica en una sesión del Partido Comunista, el 30 de octubre de 1961, cuando se discute qué hacer con la momia de Stalin, que aún descansaba junto a Lenín en el Mausoleo de la Plaza Roja a pesar de la denuncia de los crímenes del dictador pronunciada por Krushev en el 20 Congreso del PCUS”.

Lazourkina, una vieja bolchevique, sobreviviente de los campos estalinianos, se levanta de repente, atraviesa la sala y, tras emocionar al Congreso con la historia de su largo pasado de militante y su interminable experiencia de reclusión, concluye: “¡Ayer consulté a Ilitch (Lenin), como si hubiese estado vivo, junto a mí, y me dijo: “me es insoportable reposar al lado de Stalin!”.

“Espectáculo prodigioso”, exclama Alberto Valero: “¡el Partido, que ha predicado el reino de la razón, escucha de repente la voz del más allá...! Y la obedece, votando de inmediato a mano alzada la expulsión que exige Lenin, ¡muerto desde hace 37 años!” 

En medio de la devastación que padece el país venezolano en la hora actual y dentro de la mejor tradición del marxismo científico ¿qué de extraño tiene entonces, nos preguntamos, que nuestro obtuso presidente-obrero, reciba mensajes de su padre putativo, el galáctico eterno por vía de un pajarito que al piar exclama: ¡A la batalla! ¡A la batalla!?