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Eduardo Mayobre

Refutación de Ortega y Gasset

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No imagine el lector que tengo las ínfulas de refutar al gran filósofo. Quien lo hace es el país. O mejor dicho, el gobierno. En su libro Ideas y creencias, José Ortega y Gasset distingue ambos conceptos y los define de manera concisa en el subtítulo de su primer capítulo: “Las ideas se tienen; en la creencias se está”. Las ideas se originan en “pensar en las cosas”, mientras que las creencias consisten en “contar con ellas”. Y añade más adelante: Las creencias constituyen la base de nuestra vida. Porque ellas nos ponen delante lo que para nosotros es la realidad misma.

Para ilustrar lo anterior ofrece un ejemplo muy simple. Escribe: Analice el lector cualquier comportamiento suyo, aun el más sencillo. Está en su casa y resuelve salir a la calle. ¿Qué es en su comportamiento lo que tiene el carácter de pensado? Se ha dado cuenta de sus motivos, de la resolución adoptada, de la ejecución de sus movimientos. Pues bien, por mucho que busque no encontrará ningún pensamiento en que se haga constar que hay calle. Si al llegar a la puerta de su casa descubriese que la calle ha desaparecido, se produciría en su conciencia una clarísima y violenta sorpresa. Porque contaba con la calle aunque no pensaba en ella.

En este punto es donde empieza la refutación a Ortega y Gasset por parte del gobierno nacional. En pleno siglo XXI, cuando uno se levanta en la mañana el primer movimiento es encender la luz eléctrica sin pensar en ello. Pero como un buen número de veces la lámpara no ilumina porque ha habido un corte de energía, la creencia se difumina. Ya no estamos en ella. Después nos dirigimos al baño a cepillarnos los dientes y cuando vamos a enjuagarnos la pasta dental y abrimos la llave del agua, descubrimos que ha sido interrumpido o racionado el servicio. Segunda creencia en la que dejamos de estar. Al salir a la calle descubrimos que no han recogido la basura y debemos pensar en lo que antes dábamos por sentado. Sobre el poste del alumbrado que no funciona, ya no debemos pensar, pues se ha instalado en nosotros la creencia de que jamás prestará el servicio para el cual fue diseñado.

Si esto sucede en la vida personal, en la vida social las creencias sufren una violencia aun más lacerante. Creemos vivir en una democracia, conquistada hace más de medio siglo y adjetivada más recientemente como participativa y protagónica. Pero nos topamos con que si queremos expresar pacíficamente nuestra opinión esta se considera un agravio y somos por lo menos insultados si no coincide con los dichos del comandante eterno. Intentamos participar mediante el voto, creyendo que es tan natural en democracia como es la calle cuando vamos a salir de la casa y somos ignorados. Y si por casualidad pretendemos ser protagónicos debemos preparar el vinagre, los petos o las piyamas de la cárcel para afrontar las agresiones a las que seremos sometidos. Las creencias en la democracia y sus instituciones se nos desmoronan ante las arremetidas e improvisaciones de los gobernantes y los colectivos. Ya no estamos en ellas. Ortega ha sido refutado.

Pero como don José no tenía un pelo de tonto ofrece una respuesta. Afirma: La verdadera duda es un modo de creencia. De pronto sentimos que bajo nuestras plantas falla la firmeza terrestre y nos parece caer en el vacío. En la duda se está como en un abismo. Viene a ser como la muerte dentro de la vida. La duda conserva de la creencia el carácter de ser algo en que se está, que no hacemos o ponemos nosotros. En la que hemos sido instalados. En la cual la creencia es carencia. Estamos en la precariedad.