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Daniel Samper Pizano

Reelecciones, plebiscitos, mentiras y pendejadas

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El anuncio de que Juan Manuel Santos buscará la reelección viste con traje oficial una situación que antes hacía calentamiento en sudadera. Por el enfoque de su breve discurso y la reacción de sus rivales queda claro que, más que una elección, la de mayo será un plebiscito sobre el proceso de paz. Poca mella le harán a la campaña de Santos las críticas –muchas de ellas justificadas– por los errores de su gestión gubernamental: la paz prevalecerá.

Las Farc serán en buena medida el árbitro de los resultados, como ya pasó en las elecciones de Andrés Pastrana, en Uribe I y Uribe II. Si las conversaciones avanzan, JMS mantendrá e incluso aumentará ese porcentaje de apoyo que hoy lo distancia de sus poco relevantes adversarios. Es más: si el diálogo adquiere mayor dinámica y las Farc producen hechos promisorios y convincentes, el Presidente podría salir reelegido en la primera vuelta.

De otro modo, es decir, si las Farc chantajean a Santos con demoras estratégicas, actos belicosos o exigencias inesperadas, podrían estar trabajando en contra de su continuación. Sobra decir que también los enemigos del proceso saben que el fracaso de este tendrá un reflejo en las urnas. Hay que temer que, a la legítima oposición democrática, algunos orates decidan sumar aventuras disfrazadas para sembrar el escepticismo y el desconcierto.

El mentirómetro se disparará, naturalmente. Lo que hemos visto en esta materia hasta ahora es apenas un preámbulo. Esquilo dijo que “la primera víctima de la guerra es la verdad” y nuestro país demuestra la precisión del diagnóstico. En el duelo de acusaciones entre Uribe y Santos, aquel afirma que hay un plan de las Farc para matarlo y este lo descarta aduciendo que se trata de un rumor viejo. ¿Quién falta a la verdad? ¿Quién la fusila?

Difícil saberlo, porque en el conflicto colombiano casi todos acomodan los hechos a sus intereses. Mienten las Farc, por supuesto, que unen a su sangrienta historia delictiva la frecuente y descarada negación de la evidencia. Pero Uribe no se distingue como político transparente (si tal cosa existe) y Santos es doctorado en engaños. Lo único cierto es que la víctima de semejantes lides no es solo la verdad, sino el proceso de paz. Quienquiera que lo intentó, logró el efecto: poner una bomba contra la mesa de diálogos.

Otro bombazo fue la famosa foto de los comandantes guerrilleros fumando puros, bebiendo ron y tomando el sol en un catamarán en La Habana. Allí hallaron munición los que atacan las conversaciones y consiguieron que muchos ciudadanos y columnistas respetables se indignaran con semejante pendejada. Resulta apenas normal que, en un día de recreo, estos u otros señores acepten la invitación del anfitrión cubano a aprovechar el mar, como se hace en todos los puertos del mundo. Fumar un habano en La Habana es tan natural que constituye un pleonasmo, así como tomar un trago de ron en un país que lo produce abundante y famoso resulta una obviedad. Por lo demás, el sol sale para todos, hasta para los comunistas.

La lucha social que libra en general la izquierda no persigue que nadie se tome un ron y se fume un puro, sino que todos puedan hacerlo. A la derecha, en cambio, no le habría bastado con que el profesor Jonas Salk descubriese la vacuna contra el polio: le habría exigido, además, que fuera paralítico.