• Caracas (Venezuela)

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Nelson Rivera

Récipe para golosos

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Una tensión intermedia entre el libro y el lector, en ese instante siempre irrepetible en que se abre un libro por primera vez.

Los dedos aprisionan el fajo de papel lo mejor que pueden. El grosor y el peso, el ancho y el alto, el tamaño de la letra, todo ello determina el ángulo en que codos y muñecas alejan o aproximan el libro a nuestros ojos.

Ciertos libros demandan más de nuestros cuerpos: son como pequeñas y voluminosas personas que debemos acomodar en una mesa o parar sobre el pecho, si queremos evitar ese dolor en las articulaciones de las manos que los lectores obcecados tan bien conocen.

Otros libros son como una bendición: miden trece centímetros y medio de ancho, veintiún centímetros de alto, tienen alrededor de trescientas sesenta páginas y están impresos con impecable cuidado.

Los lleva uno de un lado a otro. Acompañan como si fuesen un accesorio compatible con las disposiciones y perezas de nuestra corporeidad. Muy de tanto en tanto (entre un 'tanto' y el siguiente pueden transcurrir años), pasa esto: se empieza a leer con la tensión habitual, pero a los tres o cuatro minutos algo se ha desvanecido en la mandíbula, en la nuca y en los hombros.

Una benéfica laxitud baja desde los ojos y la cabeza hacia cada veta, hacia cada rincón del cuerpo. Nos abandonamos al libro. Le entregamos cada poro. Como si uno pudiese materializar aquello que escribió Edmond Jabés en El libro de las preguntas, que dice: "El libro es mi hogar".

He intentado recordar, entre mis lecturas de los últimos años, momentos de felicidad semejantes a estos que me ha deparado el libro de Edmund de Waal. Leyendo a Stefan Zweig y a George Steiner, ambos judíos como de Waal, he tenido que detenerme muchas veces en mitad de una página cualquiera para destrabar mi garganta o para secar las lágrimas, no de tristeza o de impotencia, sino esas lágrimas que uno agradece a la vida, que son las lágrimas de admiración, el arrebato de emoción que nos estremece cuando entre la marea de los libros surge triunfante el genio del gran escritor.

Tengo el sentimiento de que se trata de un privilegio, en el mejor sentido de la palabra.

El prodigio de lo infrecuente. Lo entrañable y armonioso a un mismo tiempo: hablo de La liebre con ojos de ámbar. Una herencia oculta, relato en el que Edmund de Waal, notable ceramista inglés, reconstruye la historia de tres generaciones de su familia, desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días, siguiendo la pista a más de doscientos netsukes, miniaturas de madera o de marfil provenientes de Japón, que formaban parte de una colección creada por su tío abuelo, Charles Ephrussi (1849-1905). Trato de sintetizar en unas pocas palabras en qué consiste la maravilla que contiene la reconstrucción de Edmund de Waal y no me resulta inmediato.

Tal vez se trate del modo en que la cultura, la historia y el mundo de las formas se entrecruzan con los vaivenes de una familia europea. Tal vez sea el carácter de su mirada y el modo en que reflexiona sobre los vínculos entre objetos y personas.

Tal vez sea la delicada mesura de la que está impregnada cada frase de la narración. En cualquier caso, tengo el sentimiento de que estas líneas son apenas las primeras de muchas otras que dedicaré a La liebre con ojos de ámbar. Y que este libro me acompañará los próximos años.