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Diego Arroyo Gil

Rechazo a la felicidad de Maduro

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El presidente del PSUV, Nicolás Maduro, comenzó el año deseando felicidad para los venezolanos. Habida cuenta de quien se trata, un hombre que mide casi dos metros y que anda por Venezuela como un bisnieto de Ño Pernalete, el personaje de Doña Bárbara, la escena resulta cursi y prácticamente un bochorno.

La persona a quien Chávez impuso, cual sucesor nombrado a dedo por Dios Nuestro Señor, y quien desde marzo no ha hecho otra cosa que mancillar con sus modos y con su lenguaje el gentilicio venezolano. La persona que, en su afán por llegar a ser más de lo que puede ser, ha destinado su tiempo a reproducir la soberbia, la iracundia, la torpeza histórica y política del ex presidente fallecido.

La persona que, desde el poder, insulta a quienes no lo siguen, que vilipendia a sus contrincantes luego de montar escenas de hipocresía, que mantiene en la cárcel a un hombre que está gravemente enfermo.

La persona que permite que su ministra de Comunicación e Información (se me olvida, por fortuna, su nombre) falte a toda vergüenza e infrinja la ley para publicar una lista como la que publicó hace unos días.

Esa persona, precisamente Maduro, aparece la primera semana del año como el Buen Samaritano, como lector de los libros de Conny Méndez para hacer votos por nuestra felicidad.

Felicidad sería que el gobierno que él se ufana de conducir dejara de secuestrar el destino de Venezuela con las armas de la corrupción, de la delincuencia y del agravio moral. ¡Felicidad! Cualquier ciudadano sensato le responderá que prefiere sus penas y sus angustias a esa cínica limosna.