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Beatriz de Majo

Rebeldía en Hong Kong, inestabilidad en Pekín

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Esta semana fue notoria la forma en que algunos protestaron en Hong Kong la emisión de un Documento Blanco, un “White Paper” por parte de las autoridades chinas en el que se subraya el control que Pekín tiene sobre Hong Kong. Una especie de histeria colectiva se apoderó de la gente cuando desde la tierra firme se habló de establecer límites a su democracia. Se expresó la rebeldía contenida: había personas en las calles enarbolando rollos de papel higiénico como respuesta de los lugareños a lo que consideran bravuconadas de los líderes políticos de la gran nación.

Recordemos en este punto que el territorio de esta península fue devuelto a China por el Reino Unido en 1997. Esta les permitió mantener, hasta 2047, su sistema político propio y sus libertades civiles calcadas de Occidente, y quizá el mayor logro de los pandemócratas del momento fue conseguir que se mantuviera el derecho a la libertad de expresión. Dentro del régimen administrativo que se estableció, “un país, dos sistemas”, Hong Kong tiene el dominio del gobierno propio en sus asuntos internos, salvo en las áreas de política exterior y de defensa, que responden a directrices de Pekín.

La población y el gobierno han hecho buen uso de este esquema en los últimos 17 años. Pero visto desde la óptica china, para quien la indivisibilidad territorial es una primerísima prioridad, y las disidencias del poder central no son bien recibidas, Hong Kong y las aspiraciones demócratas de sus ciudadanos se les están convirtiendo en una molesta piedra en el zapato.

A lo largo de los últimos años, la disidencia en relación con los postulados de Pekín se ha estado manifestando de diferente manera. Con alguna frecuencia la población desafía al poder central mostrando apego a la bandera inglesa, por ejemplo. Pero últimamente han ido más lejos. Con motivo de los 25 años de la tragedia de la plaza pekinesa de Tiananmen, cerca de 200.000 personas con velas en la mano honraron en Hong Kong a las víctimas de la matanza que tuvo lugar cuando en esa mítica plaza se organizó una manifestación en favor de la democracia. La “Alianza en Apoyo de los Movimientos Demócratas Patrióticos de China” no le ahorró, en esa conmemoración, comentarios ácidos al gobierno chino. Algunos parlamentarios vestidos de negro guardaron en la Asamblea un minuto de silencio en solidaridad con las víctimas.

La declaratoria del gobierno central de que la libertad de Hong Kong es apenas relativa ha destapado gran malestar. El 1° de julio en esta península y sus islas se decidirán las bases del voto universal para elegir a sus líderes. Las normas entrarían en vigor en 2017.  Pero desde el poder central se han dado a la tarea de recordar a los ciudadanos que la última palabra la tendrían en la capital en torno al candidato a líder supremo porque conservan para sí el derecho de veto.

Los demonios se han desatado. A dos semanas de la fecha del referéndum, desde la capital se amenaza con ley marcial en el caso de que las protestas suban de tono, mientras que en Hong Kong los ciudadanos no están dispuestos a ceder un palmo en las reivindicaciones alcanzadas.

El tema de la democracia y la autodeterminación es el que está sobre el tapete más que cualquier otra consideración. La democracia es un imperativo para la isla. Para tierra firme el clamor rebelde es peligroso. Una metástasis podría poner en serio peligro la estabilidad del gigante de Asia.