• Caracas (Venezuela)

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Raúl Fuentes

Aviones y monumentos

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Veremos esta noche el último eclipse lunar del año. Coincidirá con una “superluna roja”, de modo que Selene, “regrandota como una pelotota”, se teñirá de escarlata, lo cual es motivo de oscuros vaticinios por parte de augures y cabalistas respecto a un gobierno que, según los astros, solo irradia energía negativa por su obstinación en transmutar a juro lo ordinario en extraordinario; y, bueno, ya usted ve lo que ocurre con esa taumaturgia castro-chavista que descubre alevosías por doquier y, para muestra, los juicios y conjeturas oficiales sobre la precipitación a tierra de una de las joyas de su corona aérea, un Sukhoi 30 MK, tenido entre los perros de la guerra como el Fabergé de la industria aeroespacial postsoviética. De que vuelan, vuelan; a veces se caen.

Se estrelló el orgullo de la Aviación militar bolivariana. De inmediato, sin esperar los resultados de las pesquisas de rigor, comenzó la alquímica transformación de las contingencias en combustible para la hoguera de las sospechas: Maduro, Cabello y Padrino, némine discrepante, confundieron de nuevo, con explicaciones que nadie les había pedido, la pachanga, la guaracha y el danzón para sumar el infausto percance al repertorio de distracciones con que buscan enrarecer la atmósfera política y justificar un escamoteo de los comicios pautados para diciembre. Se descuajaringó un jet militar… ¡gran vaina!: “Ahora mismo vamos a conversar con el presidente Vladimir Putin para traer a Venezuela por lo menos 12 nuevos Sukhois, ¡o sea, he dicho!”, pataleó en cenit de su arrechera el figurón mayor.

Cabello, con  sapiencia Reader's Digest y opiniones tópicas de Popular Aviation, encomió las bondades del Sukhoi y sostuvo que era el súmmum de la confiabilidad – “tienen uno de los índices de siniestros más bajos entre los cazas”– por lo que, y en vista de que los tripulantes no pudieron eyectarse, barrunta fueron derribadas por misiles o baterías antiaéreas de la república hermana, hipótesis que pudiese ser tildada de irrisoria si no fuese porque, a partir de ella, los halcones rojos pudiesen forjar el casus belli que les permita romper la piñata. Para rematar la faena, saltó al ruedo el general Padrino, a fin de refutar críticas, que califico de “burlas” y pretendían, según sus miedos, crear una matriz de opinión contraria a la quincallería de guerra Made in Rusia con que se ha equipado la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.

Ningún hombre, decía Montaigne, está exento de decir tonterías, la maldad consiste en decirlas deliberadamente; tampoco, decimos nosotros, se libra de cometerlas, tal como se constata en el afán gubernamental en sacarle punta, en medio del despiporre fronterizo, a un infortunado suceso –que ha generado más suspicacia que ayayay, y en otro contexto hubiese sido de lamentar y vamos a otra cosa que pronto se olvidan tales desgracias– acaecido unos días antes del publicitado cara a cara Santos-Maduro, punto de inflexión de una calculada provocación potencialmente explosiva que ahora, mediante los previsibles apretones de manos, retóricos intercambios de buenas intenciones y las imprescindibles comisiones que sesionarán para discutir cuándo se reunirán de nuevo, comienza a transitar el camino del después vemos; empero, a pesar de ello, el reyezuelo con las costuras rotas, en cueros y haciendo cui-cui, sin saber cómo seguir justificando los estados de excepción –ahora le tocó turno a Amazonas– busca pelea en dos frentes, preparando el terreno para escurrirse por la tangente del fraude o la emergente salida del autogolpe.

El fatal accidente acarreó póstumos ascensos y la promesa de un monumento para perpetuar en la memoria colectiva –¿en mármol, en bronce o en  papier mâché?– el último vuelo de los ángeles guardianes de la soberanía nacional, caídos  en épica batalla celestial. Un monumento más que habrá de sumarse a la ristra de hitos conmemorativos levantados sin ton ni son para rendir homenaje a héroes de pacotilla y recordar asuntos sin importancia, concomitantes con la vocación olímpica de los milicos que, si a ver vamos, son quienes cierran fronteras y  tienen la sartén por el mango. Por eso, y ante la erección de tanto símbolo fálico –¿sumisión revolucionaria a los atributos de Príapo, como alguna vez escribimos?– y la proliferación de tantas imágenes estéticamente atroces del eterno idealizado como marca de fábrica de la redención bolivariana, no tendría nada de raro que, para celebrar la reconciliación con quien una vez fuese nuevo mejor amigo” (¿de quién?), se le encargue a los veladores del ceremonial y acervo histórico la confección de una valla recordatoria con Maduro y Santos en un sillón “tú y yo” y, con un amuleto (¿una rama de cariaquito morado?) en la mano, para exorcizar la pava, un niño señalando hacia una enrojecida luna grita, fumetto de por medio, ¡el avión, el avión!