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Leopoldo Tablante

Rasguños del souvenir

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Es domingo a primera hora y la mañana me encuentra soñoliento en una cafetería del aeropuerto internacional Benito Juárez de la Ciudad de México. Apenas he dormido tres horas y siento los ojos como si alguien me los estrujara con un guante de lija. Volver a ser gente me costará al menos tres horas más en plano horizontal. Pido unos chilaquiles verdes para someterme a una terapia de choque picosa pero tolerable que me obligue a permanecer a flote. No me he tomado mi Yakult restaurador de la flora intestinal y sé que estoy corriendo un riesgo.

El locutor de TV Azteca hace su trabajo. De alguno de los monitores de televisión que cubren las paredes de la cafetería Wings oigo la voz: «Hoy a las 11:00, Suiza-Ecuador. La eficiencia suiza versus el hambre ecuatoriana». Los chilaquiles calientan a una temperatura más allá de su color. Siento que el círculo cromático brinca hacia las antípodas de su rojo complementario. Indignación biliosa, pero me río: de espanto y de vergüenza ajena.

«Los peores racistas contra nosotros somos nosotros mismos», pienso irritado por la estupidez del anuncio del partido y por los efectos de la capsaicina. Por ahí he oído decir que América Latina es una etiqueta enigmática, un poco demagógica, que lo único que hace es sellar nuestro complejo de inferioridad frente a Estados Unidos. Recuerdo a Porfirio Díaz, a quien se le atribuye esta trillada frasecita sobre México: «Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos». ¿Qué habrá querido decir? ¿Que estamos arrinconados entre una superchería que no es religión, la sumisión indígena, la frustración de los viejos esclavos y el imperialismo industrioso del norte?

El peso de esas preguntas me hunde en el recuerdo de dos conversaciones recientes con dos venezolanos expatriados durante la pax chavista. Gente talentosa, con ventajas, bien plantada en otra parte. A los dos los reencontré categóricamente venecos: entusiasmos y disgustos superlativos, paciencia breve, convencidos de su universalidad inmanente. Para uno, los mexicanos no son tanto como se pretenden en su propaganda continental; para el otro, cierta sumisión social convertida en informalidad oficinesca («¡Por favorcito, no seas tan malito!», para solicitar un trámite de rutina) sería razón suficiente para considerar el inglés como lingua franca de la gestión corporativa.

«No hablamos el mismo idioma», dice mi conocido; «estamos fregados», pienso mientras recuerdo la lamentable carta del ex ministro Jorge Giordani, la fractura de la Mesa de la Unidad Democrática y del diálogo de la oposición con el gobierno, el asesinato a tiros de un empresario alemán ajeno al aturdimiento de un país de malandros, ese correlato hiperindividualista de un lugar cubierto por ciudadanos que creen que sus mentes son definitivas, expeditas y universales.

¿Consistirá en eso nuestro consenso, en el reflejo común de identificar diferencias donde sobran lugares comunes? Recuerdo la Comunidad Europea y su catálogo de etnias que se distinguen culturalmente por lenguas, reflejos y fenotipos; en la cohesión artificial que es la CE, sintetizada por un siglo XX traumático y quizás por el complejo de culpa de Alemania, veedor del rigor y las buenas costumbres administrativas que los pueblos mediterráneos tal vez jamás llegarán a tener.

Pienso, sin detenerme mucho, que el consenso es un acto de voluntad que pasa por el esfuerzo de reconocerse como se es y por el sacrificio de someterse a cuestionamiento y escrutinio permanentes.

La solución a mis males está en manos de un químico inglés: el doctor Joseph Maurice Treneer, jefe de laboratorio de la casa Miles, de Ekhart, Indiana, a quien se debe la invención del Alka Seltzer. Deslizo dos comprimidos efervescentes dentro de medio vaso de agua y, mientras se disuelven, recuerdo, burbuja a burbuja, que la distancia física del expatriado no es otra cosa que el revelador que despeja los detalles de una silueta familiar caracterizada por una suficiencia alta y tenaz, demasiado respingona para el bravo pueblo que nos gastamos.