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José Alberto Rugeles

Ramón J. Velásquez: el último de los primeros…

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Serenamente. Con la paz con que vivió y trabajó durante sus casi 98 años, se apagó -hace hoy un mes atrás- tranquilamente la existencia de uno de los venezolanos más ilustres del siglo XX y parte del siglo XXI. Murió “el último de los primeros” me comentaba alguien cercano a mi corazón. Y es verdad. Sí, Ramón J. Velásquez, “Ramoncito”, para incontables amigos, fue el último de los primeros a irse. Primero en muchas materias hoy tan necesarias. Primero en honestidad, primero en darse a sus amigos, primero en defender la democracia y en dar un paso al frente cuando la Nación necesitó de su generosidad para aceptar ser presidente de la República en un momento tan difícil como aquél año de 1993. Primero en impulsar el desarrollo de la provincia venezolana. Primero en promover la descentralización del Estado venezolano, primero en apoyar a jóvenes investigadores, a jóvenes escritores, a jóvenes historiadores. Primero en dar apoyo a quienes comenzaban a descubrir una nueva manera de entender la democracia y el país. Primero en entender nuestra historia y nuestras gentes.

Ramón J. Velásquez fue político, fue escritor, fue historiador, fue ensayista, fue periodista, fue académico, pero por encima de todo fue amigo de sus amigos. Incluso cuando alguno había hecho parte del régimen que, por defender la democracia, lo había encarcelado. Y con motivo de su fallecimiento hemos podido leer una gran cantidad de artículos, escuchar cantidad de testimonios que lamentaban que un venezolano integral como él desapareciese.

De todos esos testimonios quiero citar aquí el de su hija, Regina Velásquez de Blanco quien afirmara: “Mi papá se dedicó a estudiar y a tratar de entender a Venezuela y ese esfuerzo lo compartió con todo el que se le acercaba. A mi casa llegaban casi cada domingo amigos que venían a conversar sobre el país. Mi papá escuchaba y explicaba, siempre con optimismo, siempre con un motivo para seguir adelante; quizá por eso es que siempre regresaban a conversar doctores y militares, profesores y estudiantes, compadres y ahijados.

“Mi papá fue solidario y servicial. Desde niña me acostumbré a ver la cola de gente visitándolo o esperándolo en la puerta, dependiendo de la época, para pedirle un favor, una recomendación, una ayuda. Y ayuda y recomendación y favor daba porque las colas y las visitas nunca cesaron. Ayudó a sus carceleros de la Seguridad Nacional, ayudó a sus paisanos y a los que no lo eran, ayudó a quienes llegaron a Venezuela buscando un mejor futuro, ayudó a autores a publicar sus obras, ayudó a madres necesitadas y a políticos jóvenes o caídos, ayudó a estudiantes y a investigadores, yo sé bien que ayudó a Venezuela en todo lo que pudo. Mi papá fue un hombre al servicio de Venezuela”.

Y tiene razón. Ramón J. Velásquez fue un hombre al servicio de Venezuela. Y por eso ha sido tan lamentada su muerte.

Me enteré de su deceso en Roma. Y caminando por la Plaza de San Pedro en la città eterna, me recordaba de su comentario a respecto de que el acto más solemne que había asistido en su vida fue el entierro del Papa Juan XIII. Presidía Velásquez en aquél entonces, la Delegación Oficial del Gobierno de Venezuela que participara en los funerales del Romano Pontífice.

Por esa misma plaza, Ramón J. Velásquez había caminado sabiendo que la Historia es “camino y vida”, como él mismo la definió.

Una Historia, en la cual hace un mes entró definitivamente “el último de los grandes” de nuestra historia contemporánea.

 



Mi papá se dedicó a estudiar y a tratar de entender a Venezuela y ese esfuerzo lo compartió con todo el que se le acercaba. A mi casa llegaban casi cada domingo amigos que venían a conversar sobre el país. Mi papá escuchaba y explicaba, siempre con optimismo, siempre con un motivo para seguir adelante; quizá por eso es que siempre regresaban a conversar doctores y militares, profesores y estudiantes, compadres y ahijados.

Mi papá fue solidario y servicial. Desde niña me acostumbré a ver la cola de gente visitándolo o esperándolo en la puerta, dependiendo de la época, para pedirle un favor, una recomendación, una ayuda. Y ayuda y recomendación y favor daba porque las colas y las visitas nunca cesaron. Ayudó a sus carceleros de la Seguridad Nacional, ayudó a sus paisanos y a los que no lo eran, ayudó a quienes llegaron a Venezuela buscando un mejor futuro, ayudó a autores a publicar sus obras, ayudó a madres necesitadas y a políticos jóvenes o caídos, ayudó a estudiantes y a investigadores, yo se bien que ayudó a Venezuela en todo lo que pudo. Mi papá fue un hombre al servicio de Venezuela.

Mi papá nos dejó el gran regalo de poder disfrutar del agradecimiento desde muchos ángulos. Agradecimiento por su ejemplo, por las amistades que lo quieren y admiran, porque su recuerdo no está acompañado de reclamo ni rencor, por el respeto que inspiraba, por la diligencia para ayudar que muchos recuerdan agradecidos.

Mi papá se dedicó a estudiar y a tratar de entender a Venezuela y ese esfuerzo lo compartió con todo el que se le acercaba. A mi casa llegaban casi cada domingo amigos que venían a conversar sobre el país. Mi papá escuchaba y explicaba, siempre con optimismo, siempre con un motivo para seguir adelante; quizá por eso es que siempre regresaban a conversar doctores y militares, profesores y estudiantes, compadres y ahijados.

Mi papá fue solidario y servicial. Desde niña me acostumbré a ver la cola de gente visitándolo o esperándolo en la puerta, dependiendo de la época, para pedirle un favor, una recomendación, una ayuda. Y ayuda y recomendación y favor daba porque las colas y las visitas nunca cesaron. Ayudó a sus carceleros de la Seguridad Nacional, ayudó a sus paisanos y a los que no lo eran, ayudó a quienes llegaron a Venezuela buscando un mejor futuro, ayudó a autores a publicar sus obras, ayudó a madres necesitadas y a políticos jóvenes o caídos, ayudó a estudiantes y a investigadores, yo se bien que ayudó a Venezuela en todo lo que pudo. Mi papá fue un hombre al servicio de Venezuela.

Mi papá nos dejó el gran regalo de poder disfrutar del agradecimiento desde muchos ángulos. Agradecimiento por su ejemplo, por las amistades que lo quieren y admiran, porque su recuerdo no está acompañado de reclamo ni rencor, por el respeto que inspiraba, por la diligencia para ayudar que muchos recuerdan agradecidos.

Mi papá se dedicó a estudiar y a tratar de entender a Venezuela y ese esfuerzo lo compartió con todo el que se le acercaba. A mi casa llegaban casi cada domingo amigos que venían a conversar sobre el país. Mi papá escuchaba y explicaba, siempre con optimismo, siempre con un motivo para seguir adelante; quizá por eso es que siempre regresaban a conversar doctores y militares, profesores y estudiantes, compadres y ahijados.

Mi papá fue solidario y servicial. Desde niña me acostumbré a ver la cola de gente visitándolo o esperándolo en la puerta, dependiendo de la época, para pedirle un favor, una recomendación, una ayuda. Y ayuda y recomendación y favor daba porque las colas y las visitas nunca cesaron. Ayudó a sus carceleros de la Seguridad Nacional, ayudó a sus paisanos y a los que no lo eran, ayudó a quienes llegaron a Venezuela buscando un mejor futuro, ayudó a autores a publicar sus obras, ayudó a madres necesitadas y a políticos jóvenes o caídos, ayudó a estudiantes y a investigadores, yo se bien que ayudó a Venezuela en todo lo que pudo. Mi papá fue un hombre al servicio de Venezuela.

Mi papá nos dejó el gran regalo de poder disfrutar del agradecimiento desde muchos ángulos. Agradecimiento por su ejemplo, por las amistades que lo quieren y admiran, porque su recuerdo no está acompañado de reclamo ni rencor, por el respeto que inspiraba, por la diligencia para ayudar que muchos recuerdan agradecidos.