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Gumersindo Rodríguez

Ramón J. Velásquez y las ironías de la historia

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En 1953 –durante mi segunda prisión– en la Cárcel Modelo de Caracas, tuve el privilegio de compartir celda con Ramón J. Velásquez, 40 años antes de que fuera juramentado como presidente de la república en 1993.

En un trabajo periodístico suyo sobre la participación del distinguido dirigente democrático J. Manzo González en las luchas de la resistencia, publicado en 1987, hizo referencia a la percepción que este le manifestó yo le inspiraba entonces, a mis 20 años. Escribió el doctor Velásquez: “En la noche anterior habían ingresado en nuestro pabellón, letra G, de la Cárcel Modelo de Caracas, numerosos presos, después de haber pasado por las pruebas de El Paraíso, es decir, después de haber sido interrogados por la Seguridad Nacional. Desde la planta alta del pabellón mirábamos el grupo de los recién llegados. De pronto un joven delgado, pálido, de corta estatura y de gran movilidad se salió del grupo para ir a saludar a un amigo. Manzo González, señalando al joven me dijo: ‘Anoche trajeron a Gumersindo Rodríguez’, y me hizo un retrato psicológico y un análisis de la personalidad del liceísta de 1953, tan exacto en sus dimensiones, tan previsor de su futuro, que no he podido olvidarlo ni en el 59, ni en 1961, ni en 1964, ni en 1972 ni ahora en 1975. Era abril de 1953.
Razones tengo para apreciar en su justo valor la capacidad clínica de José Manzo González para calibrar la personalidad humana y esta es una de las virtudes del político”. (Prólogo de Ramón J. Velásquez a Testimonio de un hombre y un tiempo, de José Manzo González, diario El Mundo, 14 de diciembre de 1987).

Jamás he conocido la caracterización psicológica que en ese momento hizo de mí el doctor Manzo González. Uno de los
dolorosos aprendizajes en mi carrera pública fue cuando me di cuenta de que no siempre la imagen que los demás tienen de uno coincide con la imagen que uno tiene de sí mismo, y que en política uno no es lo que cree ser sino lo que los demás creen que uno es.

Ramón J. Velásquez era un excelente compañero de prisión. Más que sus sólidos conocimientos de la historia nacional, me impresionó el realismo de su gran sabiduría política.

En una de sus predicciones, que entonces escuché con escepticismo, pero que la realidad comprobó diez años después, sostenía que un oscuro profesor de historia de un colegio católico de Sao Paulo sería presidente del Brasil en los lustros venideros. Se refería a Janio Quadros, el brasileño que ganó y perdió inesperada y sorpresivamente la Presidencia de la Republica del Brasil en la década de los sesenta.

Velásquez nos expresaba siempre una profunda admiración por Rómulo Betancourt y su pensamiento, y llamó mi atención el análisis que hizo en una oportunidad de la cuidadosa utilización que este hacia del lenguaje más castizo salpicado de arcaísmos, para electrizar las multitudes y ganar su apoyo para batallas y programas específicos. Según Velásquez, en la oratoria política, más que el timbre de la voz y los gestos, lo que importa es el mensaje como contenido, y la calidad del lenguaje como continente, pronunciado de tal manera que remueva e intensifique las frustraciones y las aspiraciones más recónditas en el subconsciente de sus destinatarios y las transforme, en el entendimiento primario de las masas, en marco de referencia para que estas conduzcan sus prácticas políticas y las dirijan en función de los objetivos del paradigma que le ofrecen los dirigentes. Los componentes individuales de las multitudes en los países en desarrollo, donde prevalecen elevados grados de analfabetismo, pueden adolecer de un vocabulario escaso, que los induce de manera espontánea a la economía de las palabras en el uso del lenguaje que oyen, y de esa manera jerarquizar y retener en su memoria los términos y expresiones conceptualmente más ricos y más relevantes en la conducción de su existencia en su variado contexto social y productivo. Yo entendía en esa interpretación de Velásquez sobre la oratoria de Betancourt que este no descendía a la chabacanería y procacidad en el lenguaje de su oratoria popular para hacerse entender por las masas, sino que procuraba usar las palabras y las expresiones con el más elevado potencial explicativo para que estas entendieran mejor sus intereses y su misión histórica y de pueblos en sí se transformaran en pueblos para sí. Por ello he pensado que Betancourt jamás hubiera incitado a una asamblea multitudinaria del pueblo a continuar sus luchas, como se atribuye que en una oportunidad hizo Jorge Eliécer Gaitán, con la consigna: “¡Adelante, chusma mía!”. Gaitán, tal vez sin proponérselo, significaba que el pueblo era una chusma que tenía la grandeza de ser la chusma de él.

En sus conversaciones y exposiciones sobre la historia venezolana, Ramón Velásquez no solo nos demostraba un conocimiento profundo de la decadencia política posguzmancista y del ocaso del liberalismo amarillo como antesala de la triunfante marcha de los andinos hacia el centro dirigida por Cipriano Castro, al frente de los 60 que partieron del Táchira en mayo de 1899. Esta interpretación sobre los acontecimientos de este período no era valorada apropiadamente por quienes nos habíamos formado en la interpretación materialista de la historia, que privilegia la evolución de las fuerzas productivas y la lucha de clases como las variables explicativas más importantes de los procesos históricos. En esta visión determinista, los factores subjetivos de la política tienen un carácter superestructural, cuya base descansa en los modos de producción y distribución de ingresos y riquezas, y su dinámica no puede explicar por sí sola las transiciones de un sistema sociopolítico hacia otro, como había ocurrido con la marcha victoriosa de los andinos sobre la capital.

La lectura, unos cuantos lustros después, de sus libros La caída del liberalismo amarrillo y Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez, entre otros, nos ha permitido comprender mejor la significación explicativa de las variables superestructurales y subjetivas en la dinámica de la política venezolana, y particularmente en la determinación de las fluctuaciones cíclicas o pendulares de la transferencia del poder de una oligarquía gobernante a otra, y los posteriores efectos materiales sobre la distribución del poder social y las riquezas económicas.

En naciones capitalistas desarrolladas, la acumulación de riqueza económica tiende, por lo general, a preceder la conquista del poder político por una clase determinada. En los países de capitalismo incipiente, retardado y dependiente, la conquista del poder político puede ser la vía directa para acceder al poder económico. En estas naciones emergentes, factores subjetivos, variables y constantes, influyen en el comportamiento de quienes ascienden al poder y lo controlan durante un largo período. El control, acumulación y consolidación del poder político se transforma en instrumento para redistribuir las riquezas y el poder económico a favor de los vencedores a quienes los derrotados mantenían sometidos a diferentes grados de subordinación social y explotación económica. Las viejas clases dominantes, bajo la presión de la superior fuerza de contratación de los nuevos titulares del poder político, acceden a aceptarlos como socios privilegiados en el reparto de las riquezas públicas y privadas. Pero, en el largo plazo, la nueva clase y su entorno económico de extractores de rentas entran en agudos conflictos de intereses y pierden el apoyo social de las mayorías. La cultura y las tradiciones políticas de estas sociedades condenan como ilegítimos en el origen y en el ejercicio los enriquecimientos privados que se amparan en el uso del mandato, explícito o implícito, otorgado por los ciudadanos a la nueva dirigencia para que los gobiernen en función del beneficio colectivo. Se gestan y maduran así las condiciones para el desplazamiento del control del Estado de la oligarquía dominante por parte de grupos emergentes, parcial o totalmente marginados de la dirección de los asuntos públicos, que pasan a destruir y recomponer la estructura económica y social bajo la dirección de una nueva clase, que procura luego asociarse a los remanentes de la vieja casta oligárquica.

Este movimiento pendular o cíclico en la historia del poder político en Venezuela a partir de 1830, nos recuerda “las ondas largas” de Nikolai Kondratiev en la evolución de las fluctuaciones económicas. La oligarquía conservadora instaurada en 1830 es desplazada del poder cuatro décadas después como resultado de la Guerra Federal. La sustituye la oligarquía liberal, asociada por Guzmán Blanco a la burguesía mercantil-usuraria caraqueña, que se vio obligada a ceder el mando del país a la insurgencia andina de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez en 1899.

La Revolución de Octubre de 1945 se nos aparecía, a luz de esta interpretación, como el inicio del desplazamiento del poder de la oligarquía política que comenzó con la victoria de la Revolución Restauradora y se consolidó durante la férrea dictadura de Juan Vicente Gómez. La dictadura militar establecida el 24 de noviembre de 1948 puede verse como una escisión interna de la alianza cívico-militar que desplazó del poder a la oligarquía gomecista y neogomecista.

Los dirigentes juveniles de AD en la resistencia contra los militares usurpadores pensábamos que nuestra misión era contribuir al derrocamiento de la dictadura imperante para imponer en la dirección del Estado los valores que guiaron el trienio inicial de la Revolución de Octubre, y profundizarlos en una dirección cónsona con el paradigma socialista de izquierda en las sociedades democráticas. La gestión de la democracia restablecida en enero de 1958 consolidó, sin profundizar en el sentido de nuestros valores de entonces, la estructura de poder y el modelo de conducción de los asuntos públicos establecidos originariamente por la Revolución de Octubre. Pero era evidente, en los inicios de los años noventa, que habíamos entrado en una fase crítica del sistema que amenazaba el poder de la dirigencia democrática y sus propensiones oligárquicas. (Acción Democrática, memorias de una contradicción, del autor y Agustín Blanco Muñoz).

La historia le impuso a Ramón J. Velásquez en 1993, después de la  confabulación de intereses que derroca “institucionalmente” al presidente Carlos Andrés Pérez, la obligación de asumir un gobierno cuya función no podía ser otra que procurar la nueva transición histórica sin la violencia que había caracterizado las previas transferencias de poder político, social y económico.

El día que Velásquez asumió la Presidencia de la República regresaron a mi memoria los recuerdos de su honorable compañía en la prisión hacía 40 años, y de la visión pendular de la historia republicana de Venezuela que nos sugerían sus sabias enseñanzas. Fui a mi biblioteca, y releí La caída del liberalismo amarillo. Tiempo y drama de Antonio Paredes. Era una ironía de la historia que al más autorizado historiador y crítico de una decadencia se le asignara la misión de poner fin pacíficamente a otra decadencia.

*Ministro de Planificación y jefe del gabinete económico del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez (1974-1977).
Autor de los libros Rómulo Betancourt y la siembra del petróleo (2012), Una democracia constructiva frente a una autocracia destructiva: los gobiernos de Carlos Andrés Pérez (2013).