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Alberto Quirós Corradi

Ramón Cornieles

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Entre mediados de los años 70 y 80 del siglo pasado, Ramón Cornieles fue fuente inagotable de cuentos y anécdotas que había leído en alguna parte y que luego nos comentaba. Después lo convertí en artículos que publicaba El Nacional.

De esas conversaciones con Cornieles, surgieron dos artículos que más que cualquier currículo detallado destacan las dos virtudes que le han permitido, a sus 90 años, recién cumplidos exhibir una hoja de vida en la industria petrolera y en la petroquímica que permiten incluirlo entre los mejores gerentes petroleros de nuestra historia. Todavía sus notas en Internet, sus consejos y su visión sobre el futuro y pasado de la industria petrolera, son referencias obligadas.

Su primera virtud es el optimismo que lo lleva a pensar que los más difíciles problemas pueden solucionarse. A veces es cuestión de tiempo, paciencia y saber “leer” los diferentes escenarios o alternativas que pueden llevar a su solución. Esta virtud puede ilustrarse en un cuento que alguna vez nos comentó y que reflejamos en un artículo que escribí titulado “El caballo volador”. Dos prisioneros en la antigua Persia habían sido condenados a muerte. Uno de los dos se comportaba como si estuviera feliz ante su inminente muerte. El otro prisionero le preguntó ¿tú no estás preocupado por tu situación? No, le contestó el otro, el Sultán tiene un caballo por el cual siente un especial afecto. El caso es que le he prometido al Sultán que en 2 años puedo enseñar a volar a su caballo y él me ha concedido la libertad si tengo éxito en la tarea. Pero ¿tú estás loco?, exclamó su compañero. ¿Cómo vas a enseñar un caballo a volar? Oye bien, respondió el primero, en estos 2 años se puede morir el Sultán. Se puede morir el caballo. Me puedo morir yo y si nada de esto sucede, quién quita que yo pueda enseñar a volar al caballo.

La conclusión es que lo único que no tiene solución es la muerte. Seguramente el prisionero aplicó en la práctica el viejo dicho “todos queremos ir al cielo pero no todavía”.

La segunda anécdota resalta otra virtud y es que no necesariamente hay que creer que la opinión de la mayoría tenga la razón, por muy certificada que esté. El artículo que resultó de esa aseveración fue “El cigarrón no puede volar”. Todos los animales del planeta se reunieron para establecer lo que cada uno de ellos podía hacer con su estructura física. Así algunos podrían correr a gran velocidad. Otros podían subsistir dentro de ríos y océanos. Otros podían volar. Hecho un análisis complejo de la composición química y morfológica el conclave concluyó que “El Cigarrón no podía volar”. Pero vuela. Los juicios colectivos por muy educados que sean pueden llegar a conclusiones erróneas y cada individualidad tiene capacidades que muchos no ven, como tampoco ven los desastres ecológicos que produce el abandono y la incultura. Algo que reflejamos hace poco en el artículo “El General no ve el gamelote”

Ramón siempre observó la diferencia entre el cuido y el abandono. Fue y es un abanderado del mantenimiento efectivo de lo que se tiene. Lector voraz, está al día con los nuevos descubrimientos, no solo en lo relacionado con la industria petrolera, sino con otras múltiples disciplinas.

Con el tiempo Cornieles se convirtió en una rara especie: el gerente-humanista. Demostró con el ejemplo que no hay incompatibilidad en saber mandar y saber obedecer y entender cómo se siente un jefe o un subordinado. Por eso, a sus 90 años ha recibido numerosos reconocimientos de sus compañeros de trabajo y de muchos para quienes es solo una referencia.

Lo único que lamento al celebrar sus éxitos es que será muy difícil que, dentro de la industria petrolera actual, corrupta e irresponsable, surja desde abajo otro Ramón Cornieles. Más que difícil sería un milagro porque un entorno negativo, por lo general, atenta contra toda capacidad de desarrollo intelectual.