• Caracas (Venezuela)

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La violencia no es tal si no la entendemos desde sus causas, en su expresión y en las consecuencias que ella ha generado en la sociedad. Cuando es expresión individual aislada puede considerarse como un evento de anomia. Pero cuando ella se expresa de una forma generalizada socialmente, sin que esa realidad sea un  “conflicto bélico” de guerra, estamos en presencia de una violencia radical y generalizada, alarmante y peligrosa para el balance social. Y cuando ella se visibiliza en cuerpos desmembrados y esparcidos en una ciudad caótica como la Caracas de hoy, llegamos a una situación de emergencia, y la misma debería de comprenderse más allá de cualquier disyuntiva política o ideológica. Es la barbarie y lo inaudito a cualquier lógica de respeto a la condición humana.

El problema irradia una complejidad que hasta los más entendidos en la materia abandonan la capacidad de objetivar y muestran repudio subjetivo. Discutir sobre la violencia creciente en Venezuela nos obliga a diferenciarla en sus elementos causales, estructurales y coyunturales. Si bien es cierto que no existe una causa única que explique el problema, la pluralidad en su origen nos permitiría comprender mejor las evidencias. En su origen, la exclusión expresada en segregación urbana social y económica dan cuenta de una  cotidianidad en la que los habitantes de las ciudades han coexistido en su relación con la dinámica informal. Una acentuación de la informalidad puede conllevar al borde de la ilegalidad y a la criminalidad. Desde hace muchas décadas que los grandes territorios urbanos se han densificado y han acentuado en su crecimiento grandes diferencias y contrastes en los que las relaciones entre unos y otros se coartan crecientemente. Los territorios no se atraviesan, convirtiéndose en desconocidos, misteriosos, y por ende infinitos. Unos se prolongan con otros, y las identidades territoriales se imponen con la ley del más duro. Los territorios son evidentemente parcelas de poder en cualquier lugar, pero cuando la normativa no existe, la ley del más fuerte es la que marca los límites.

Las distancias y contrastes urbanos han impedido ese fluir de un espacio a otro, y como consecuencia el desconocimiento total del otro como ser humano, como ciudadano. Esta ignorancia ha permitido la construcción y proliferación de estereotipos distanciando aún más la visibilidad, y  acentuado la intolerancia.

No es que los residentes de las zonas más excluidas de la ciudad nacen con un “chip” genético de maluco y bandido, no. Pero cuáles son las fuentes “formales” de integración, frente a aquellas que ofrecen un “rápido resuelve” a costo de la vida corta y rápida. ¡Y acaso no es la idea del resuelve lo que domina ya hoy en día y por doquier en Venezuela!

Junto a estas informalidades, en donde la socialización solo puede darse en la  calle, ha emergido recientemente una economía globalizada criminal perversa, ajena al barrio pero que usa y abusa de él. Podríamos decir que progresivamente se ha ido insertando como actividad en cualquier recóndito espacio de la sociedad, urbano, económico, social y político. Súbitamente, comenzamos a enterarnos que hay carteles internacionales de la droga arraigados en el país, y por muy ingenuos que seamos, está claro que con la globalización de esta actividad de economía mundial criminal, van muchas otras colaterales. Desde el pago con armas -más que con dólares o bolívares puesto que ellos están escasos o devaluados- que estimula el tráfico de armas, hasta comercio sexual de niñas, y pasando por un sinnúmero de actividades vinculantes a la economía criminal perversa.

Y como si esto fuese poco, colateral al desarrollo de un modelo ideológico político, se han instaurado una serie de grupos, que posiblemente en su origen tendrían un objetivo político e ideológico “puro”, pero que la anarquía y el caos reinante los han transformado en grupos paralelos de poder armado, grupos radicales políticos paramilitares, que han actuado como “comandos de orden” paramilitar, “anárquicos”.

En un escenario tan complejo, la radicalización política se confunde con la radicalización criminal, fundiéndose en un mismo fantasma que recorre la sociedad, alejándola cada vez más de una estabilidad y un equilibrio deseado y me atrevería a decir que la perversión de la violencia se acentúa  si en la sociedad la corrupción pasa a ser un valor y no es censurado y castigado.

Hemos llegado a niveles en donde la expresión de la violencia comienza a banalizarse de tal forma, que las cifras de homicidio parecieran ya no sorprender a nadie más, y si bien son generadas por centros de investigación respetables internacionalmente, se banalizan políticamente (1) ¡Ya es hora de que en Venezuela, el problema comience al menos por el  reconocimiento de su gravedad!

La complejidad evidentemente, pasa por entender los orígenes y si bien ninguno de ellos tiene mayor prioridad que el otro, todos en su conjunción están jugando en la realidad venezolana. Ciertamente, las desigualdades sociales, la llamada violencia estructural, encuentra sus explicaciones, pero en el caso de Venezuela habría que preguntarse: ¿Cómo paradójicamente, con mayor redistribución (las políticas sociales asistencialistas) el crimen ha aumentado? Esas desigualdades y el creciente mercado informal, que en su dinámica puede traspasar el límite y convertirse en ilegal y criminal, podrían explicar parte de la violencia, es una cuestión de pelea de territorios, entre aquellos en la escala más baja laboral de la economía criminal. Bueno, muy bien, esto explicaría parte del crimen, parte de los muertos. Pero, ¿y los secuestros y asesinatos, los llamados secuestros expresos, los crímenes en las emergencias de hospitales y clínicas, el sicariato extendido, los crimines menores de celulares, dinero, relojes, carros, y ahora recientemente la barbarie total, con cadáveres y cuerpos desmembrados esparcidos en el caos de la metrópolis?

Si la violencia es compleja en su entendimiento, las salidas para enfrentarla deben responder a la misma complejidad. La superación y control de la violencia, no podría jamás tener una sola solución, deberán ser un conjunto de ellas, y debería empezarse por asumir seriamente la situación.

La violencia como resultado, deja miles de personas víctimas  en su mayoría jóvenes, y de origen humilde. La violencia también ha creado un miedo y temor generalizado que ha impedido hasta la posibilidad de visitar una emergencia hospitalaria si esto fuese necesario. Finalmente y como última consecuencia está siendo una de las mayores causas de abandono del país, generando la partida de profesionales venezolanos que desean un futuro mejor.

 

(1)El Observatorio Venezolano de Violencia afirma que  hoy en día en Venezuela la tasa de asesinatos llega a  79  fallecidos por cada 100.000 habitantes, una cifra superior a la de 39 muertes que estima el gobierno.