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Antonio Sánchez García

Radicales y gatopardianos ante la crisis

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No quisiera prejuiciar sobre las razones que han impedido la consumación de la aspiración profundamente anhelada, pertinente y oportuna de separar aguas y orientar los cauces hacia la construcción de la Venezuela del futuro. Única forma de construir una unidad verdadera que supere el pasado y el presente con un futuro integrador, renovador y moderno.

 

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Ya célebre la frase de James Freeman Clarke diferenciando al político del  estadista, ocupado aquel en las próximas elecciones mientras este se preocupa por las próximas generaciones, y viendo el derrumbe inminente del régimen, huérfano de respaldo en su propio partido e incluso, según aventuran las especulaciones, en las propias fuerzas armadas –no hablemos de los alienados de siempre, imposibilitados por tradición y cultura a no ver más allá de sus materiales angustias cotidianas– creo un deber moral pensar no solo en cómo salir y cuanto antes de Nicolás Maduro, sino del nefasto régimen que nos abruma. Y como corresponde a quienes se preocupan por el futuro, ver y anticipar más allá de la transición al país que queremos, aquel con quienes nuestros mayores soñaran y que nuestros descendientes se merecen: el que nuestra mejor tradición nos conmina a construir. Uno en que la regresión a nuestras ancestrales barbaries esté vedada para siempre.

La gesta iniciada el 12 de febrero, traicionada a mansalva por la miopía histórica y la ilimitada mezquindad de las élites, quiso, en un gesto de osadía juvenil, impaciente e inquieta, cortar por lo sano y dirimir el desafío en el terreno de las definiciones existenciales: resolviendo la crisis de excepción asumiendo la soberanía de un nuevo tiempo histórico –soberano es quien resuelve el estado de excepción, afirma una célebre frase de Carl Schmitt–. No solo ni principalmente por definir la salida, sino por darle a esa salida la connotación de un cambio profundo, revolucionario, trascendente, sin retorno. Un aspecto que pocos han advertido, pero que explica el horror que despertó en los caciques de los viejos y nuevos partidos del establecimiento, de izquierdas y derechas, que aún chillan guarecidos desde la llamada Mesa de Unidad Democrática con un solo fin: garantizar esa transición de manera gatopardiana, “que todo cambie para que todo siga igual”.  Sin desalojar ni erradicar del poder a quienes han destruido las instituciones y devastado las bases morales, éticas y materiales del país, sino compartiéndolo con ellos en una suerte de gran acuerdo nacional para doblar la página, olvidar lo pasado y crear la ficción de una democracia renovada, de consensos. Giuseppe Tomasi di Lampedusa. O si prefieren, en tono menor, Eduardo Fernández.

Cabe la pregunta de si esas generosas fuerzas empeñadas en la caída y mesa limpia fueron definitivamente derrotadas, como lo sostiene y así quisiera que fuera el candidato Henrique Capriles, o solo han sido doblegadas y acechan en latencia a la espera del recrudecimiento de la crisis. Las encuestas, contrariamente a lo sostenido por los apaciguadores, dejan ver antes lo segundo que lo primero: la aborrecida radicalidad ante la crisis parece haber dejado aquellos bolsones minoritarios, tan escarnecidos por los oportunismos de siempre que los difamaran como minúsculas expresiones de “radicalismo de lado y lado”, supuestamente apoyados por una tercera vía “pacífica, constitucional y electoralista” en que estarían involucradas las fuerzas primarias “de lado y lado”. Y haber conquistado a la mayoría de la población opositora, fatigada de tanta manipulación y engaño. Radicalización que convergería con el asco que, al parecer, comienzan a provocar las siniestras, torpes y escandalosas ejecutorias del gobierno de Nicolás Maduro entre sus propios seguidores.

Si así fuera, la resolución final de la crisis podría escapársele de las manos a los lampedusianos “de lado y lado”, poniendo el problema del futuro de la Venezuela a la que aspiran todos los venezolanos por igual en el primer plano de los enfrentamientos sociopolíticos del futuro.

 

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Independientemente de la aparente derrota de la revolución de febrero, sus efectos han sido devastadores. El diálogo improvisado a la carrera a instancias del castrismo forista y la descarada injerencia de los gobiernos de la región logró congelar las épicas oleadas de protesta, pero al ser odiosamente unilateral y arbitrario y negarse a dar un solo paso hacia la superación real de la crisis y la reconciliación nacional –el caso del injusto encarcelamiento de Leopoldo López y los miles de presos políticos sometidos a juicio fue sistemáticamente rehuido por la MUD, los cancilleres y el gobierno sin siquiera un preacuerdo de mascarada– terminó por desprestigiar la idea misma de la mediación y terminar de hundir en el descrédito a la MUD frente a sus bases opositoras y al PSUV frente a las suyas. Ni hablar de los organismos multilaterales como Unasur, Mercosur y la OEA, convertidas en dúctiles y nefastos instrumentos del castrocomunismo regional.

Ciertamente: al encarcelar a Leopoldo López y amenazar a María Corina Machado con la cárcel –ante la soberana apatía de los lampedusianos– el diálogo logró paralizar el factor más dinámico de la contestación y frenar el desarrollo de un proceso tendiente a crear una real alternativa de poder al castro chavismo en Venezuela. Abriéndole un grave boquete a las pretensiones expansionistas del forismo en toda la región. Basta un elemental ejercicio de imaginación para pensar en el escenario que se hubiera producido en Venezuela de no mediar la injerencia extranjera en nuestros asuntos internos y si dicha injerencia no hubiera encontrado un sólido respaldo en el factor de mayor reconocimiento de la oposición ante la opinión pública internacional. Lo he dicho anteriormente, pero bueno es volver a repetirlo: la participación de la MUD en el llamado diálogo, amén de paralizar las acciones de la insurgencia, dio pie para que el Departamento de Estado justificara su rechazo a las sanciones propuestas por demócratas y republicanos contra determinadas personalidades del gobierno, del chavismo o de sus favorecidos con fortunas descaradamente mal habidas. Ocultando la auténtica dimensión de la crisis terminal del régimen y favoreciendo objetivamente de ese modo su estabilización.

La temporal paralización de las protestas, que alcanzaron un nivel de tal profundidad y extensión que el gobierno se vio en la obligación de movilizar sus tropas para intentar ponerles un atajo, amenazando con militarizar la confrontación, lo que tampoco fue posible, dejó a la vanguardia político-partidista de la insurgencia ante el imperativo de retirarse y elevar su capacidad organizativa uniendo sus fuerzas en un gran frente nacional de resistencia, capaz de articular las acciones presentes y futuras y anticipar un gran programa de gobierno para un período de transición. En otras palabras: asumir de hecho la dirección de la oposición. Si posible, incluso con el respaldo de algunos de los miembros de la MUD, conscientes de la necesidad de desalojar al régimen e iniciar la reconstrucción de la república. Un planteamiento de alta política: imponer la unidad real y efectiva de todas las fuerzas democráticas contra el régimen, más allá de triquiñuelas de contención y fintas de falso entendimiento. Es lo que se expresa en el propósito de efectuar al más corto plazo un Gran Congreso Nacional de la Resistencia.

 

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Obviamente: un escenario de esas características dejaba en el congelador y posiblemente anulaba por extemporáneos todos los procesos electorales diseñados por Maduro y los suyos para estirar la arruga de la falsa resolución de la crisis hasta diciembre de 2019. Y cerraba posiblemente para siempre las tenaces aspiraciones presidencialistas del candidato oficialista del gatopardismo venezolano. Y de quienes a la sombra de la MUD aspiran a cargos de representación parlamentaria para 2015. Una estrategia en la que se mueven las altas dirigencias de los principales partidos que hacen vida en la MUD, recorriendo el país con suculentas y muy contundentes ofertas pecuniarias. La realización del congreso pondría una piedra en el zapato de dicha estrategia, lo que explicaría la necesidad de caerle a saco al proceso insurreccional apenas iniciado y que el candidato acaba de descalificar en términos más cercanos a la ofensa, el escarnio y el oprobio que a la política entre iguales. Pero por insólito que parezca: la política de la oposición oficial, registrada y santificada en Miraflores, apuesta por permitir la supervivencia del régimen tanto como sea necesario a sus fines. ¿Cinco años de motines de lado y lado, graves enfrentamientos sociales, conatos de guerra civil, ruindad generalizada, desabastecimiento total, caos y catalepsia de todos los ámbitos de la vida nacional?

Aún así: la aceleración de la crisis ha comenzado a romper todos los diques. Y amenaza con el caos en el sector menos imaginado: en el seno del propio gobierno, el PSUV y los partidos que integran el otrora llamado Polo Patriótico. Dividiendo aguas entre quienes creen llegado el momento de desatar los potenciales reservorios castrocomunistas e imponer de plano una dictadura maquillada de proletaria –un non sens en un país que ni siquiera dispone de proletariado– y quienes, los verdaderos detentores del poder, intentan mantener a flote un barco gravemente averiado que se les va a pique. Así sea reprimiendo a los primeros, abriéndose a un acuerdo con el empresariado burgués y boliburgués y buscando una alianza tácita o explícita con la MUD para sobrellevar el descalabro de manera compartida hasta que se avizore algún puerto futuro. En eso estamos.

No quisiera prejuiciar sobre las razones que han impedido la consumación de la aspiración profundamente anhelada, pertinente y oportuna de separar aguas y orientar los cauces hacia la construcción de la Venezuela del futuro. Única forma de construir una unidad verdadera que supere el pasado y el presente con un futuro integrador, renovador y moderno.

Que Dios ilumine a quienes tienen en sus manos la capacidad de hacerlo realidad. Ojalá lo antes posible. The rest is silence.

 

@sangarccs