• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

La ráfaga que adormece las horas

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Con el estupor de la infancia colgando de mis hombros caminaba por la calle en la que nací. Se me antojaba larga e interminable y mis ojos se deleitaban con los colores de las casas, adosadas unas a otras, con sus ventanas protegidas desde el interior por las romanillas que permitían ver con discreción lo que ocurría fuera. Los juegos con los amigos, las idas y venidas del colegio y las horas de recreo transcurrían sin prisa y yo estaba siempre agitado, sudoroso y anhelante en medio de gritos, saltos y carreras mientras el tiempo a mi alrededor se deslizaba silencioso y lento como una nube demasiado grande y pesada arrastrada por un viento perezoso; como novicia ajustando sus pasos al apacible ritmo del convento.

Y mi vida seguía impetuosa, corriendo, tropezando, cayendo; impulsado siempre por un frenesí que sentía borbotear en mi sangre; mostrando todo el tiempo las rodillas excoriadas, pero animado por la certidumbre de que aún quedaban otras calles y otras ciudades y mundos por conocer; consciente de que aun debía prolongar mis avances hasta cruzar el río del tiempo y llegar a la adolescencia y a las primeras miradas y el primer beso; los sortilegios y las promesas de amor mientras el tiempo las inflamaba con desafiante lentitud sin percatarme de que el inevitable rigor de la vida comenzaba ya a mostrar el camino por el que debía enrumbar mis pasos.

Sin darme cuenta, aquellas casas de alegres colores empezaban a desvanecerse y el tiempo, hasta entonces lento, sosegado, parsimonioso y solemne en su andar de obispo iniciaba contrariamente un caminar veloz, una suerte de alocada huida hacia adelante justo en el momento en que tanto mi infancia como mi juventud frenaban sus estampidas y yo entraba a formar parte de la masa humana civil y laboriosa a la que sigo perteneciendo luego de ochenta años de buscar nuevas promesas y encontrar desencantos.

¿En qué preciso instante transformó el tiempo la lentitud que le conocí cuando él era un fatigado y cachazudo gigantón que tardaba en cruzar los mares y yo era, por el contrario, ligero de pies y tenía alas para volar hacia Ítaca?

¿Cuándo emprendió esta desenfrenada y desatinada carrera que hoy sostiene de manera tan desconsiderada? Se empeñó siempre en imitar a Santa Rita en su lento andar mientras yo corría desaforadamente de un lado a otro, por ciudades y países, adentrándome en corazones tan palpitantes como el mío. Pero ¿soy yo quien se desplaza hoy con morosidad y sin aspavientos por el huerto del convento mientras él se obstina en acelerar su marcha, impetuoso e inexorable, deslizándose entre mis dedos como arena bajo el sol para transformarse en un galopar sin tregua?

¿Cómo determinar el instante en el que comenzó a pasar a mi lado, veloz, sin mirarme; sin decirme adiós, sin hacer el menor gesto amable o de cortesía impulsado por una agilidad hasta entonces ignorada mientras yo me deleitaba en la nostalgia de mi niñez y de mi juventud y acariciaba el milagro de vivir? ¡Hoy constato que él es el que devora los días con avidez; la ráfaga que adormece y marchita las horas! Miro a mi alrededor y el sol también con sus rodillas rotas está cayendo de bruces en el horizonte, pero el tiempo no se detiene para levantarlo; ni siquiera para mirar hacia atrás. Avanza tan rápido que agobia mi cuerpo pero no logra envejecer mi alma. Por eso reitero la certeza de que apenas comience a escuchar ese silencio misterioso y particular que, al igual que el de la muerte, es capaz de convertirse en una música gloriosa abriré las ventanas y sabré que, afuera, ¡el tiempo también está deteniendo su marcha!