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Rodolfo Izaguirre

Un paraguas en Compostela

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No resisto la tentación de ofrecer la revisión de este texto publicado hace años en el que hago referencia a un paraguas y a las catedrales medievales. Víctor Hugo las consideraba libros de piedra, porque hay en ellas una enseñanza casi enciclopédica, y Emile Male, en un libro suyo sobre el arte religioso del siglo XII, explica que para la multitud analfabeta no había salterio ni misal. Por medio de estatuas y vitrales, el clero trató entonces de enseñar a los fieles el mayor número posible de verdades. La catedral atesoraba el pensamiento de la Edad Media: era no sólo un símbolo de amor, sino la conciencia de la ciudad; su belleza poseía la virtud de un sacramento, pero era también una imagen del mundo porque, al igual que la llanura o la selva, tenía su propia atmósfera, su perfume, su luz, su claroscuro, sus sombras. En algunas catedrales el gran rosetón, detrás del cual se pone el sol, semeja en horas de la tarde el mismo sol que desaparece tras la fronda de una selva maravillosa. Un mundo transfigurado en el que la luz es más deslumbrante que la luz del día, y las sombras más misteriosas que la oscuridad de la noche.

Pasamos, Belén y yo, un mes en Santiago de Compostela, afligida, hoy, por una terrible catástrofe ferroviaria, y entramos en su catedral por todas sus puertas: por la de Platería, la que más se compromete con el arte gallego y con América; por la Romana, que da al monasterio; por la Puerta Sacra y por la Puerta de la Gloria que se abre desde la no menos asombrosa y majestuosa plaza de Obradoiro, y localizamos la entrada de los peregrinos medievales que llegaban a Compostela para encontrarse con el apóstol, pedirle algún favor y refugiarse luego de la lluvia que desde tiempos inmemoriales cae sobre la ciudad.

La lluvia es parte del ser de la ciudad, y cualquiera que sea la calle de la moderna Compostela por donde uno camine conducirá no a la Catedral, sino al parque de La Herradura, desde donde se divisa la majestuosidad de sus torres. Pero si se cruza La Herradura, allí están las calles de Ribanova, la Rua del Vilar; la calle de Orfas y la que sube desde Orfas y va a la Caldereira y a la plaza de la Quintana y por allí encontrará el nuevo peregrino la plaza de Obradoiro y la Puerta de la Gloria. No logramos ver el Botafumeiro en movimiento, pero estuvimos con Santiago, el hijo de Zebedeo y de María Salomé y hermano mayor de san Juan Evangelista.

La tradición establece que uno debe aproximarse al apóstol por detrás, abrazarlo y musitar el favor que se le solicita. Él está allí, igual como ha estado durante siglos, callado y paciente, escuchando en cada abrazo el inagotable desamparo humano. No lo vi cómodo porque apenas viste un sayal, se cubre con un sombrero de teja y sostiene un cayado de peregrino.

Todos los que se le acercan piden algo; yo, en cambio, sin pedirle nada le ofrecí un regalo. Lo abracé y le murmuré al oído: Santiago, la próxima vez que venga, ¡te traeré un paraguas! Se volteó asombrado de que no le pidiera nada y preguntó: ¿Tú eres venezolano, verdad? Intuyó que los venezolanos somos los únicos que al dar y no pedir creen asegurarse alguna recomendación en el caso de tener que valerse de ella a las puertas del cielo. Tuve, sin embargo, que repetirle mi ofrecimiento porque me pareció que se estaba quedando sordo a causa de las peticiones que recibe a diario desde hace siglos.

Cuando volví a Compostela el día que España celebra al apóstol, le compré un paraguas de los que reducen su tamaño; barato porque Santiago no es hombre de ostentaciones. Me miró y me reconoció: ¡Tú eres el venezolano! Te agradezco el paragüita, hermano. ¡Aquí llueve seguido y este sombrerito que tengo no ayuda para nada!