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Sergio Dahbar

Favaloro  

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Debe ser curioso para la presidenta de un país tener que operarse en la clínica privada de una eminencia médica que se suicidó ahogado por las deudas de la salud pública. Es una paradoja que quizás se le haya escapado a Cristina Fernández de Kirchner, con tantas cosas en estos días, llenos de angustias y dramatismo.

Es bueno recordar quién era René Favaloro, ahora que una fundación lleva su nombre, y que muchas personalidades la escogen para atenderse por su prestigio en el campo de la medicina. El nombre ha dado la vuelta al mundo relacionado con el actual padecimiento que afecta a la presidenta de Argentina.

Nació el 12 de julio de 1923 en un sector humilde de la ciudad de La Plata, El Mondongo, 55 kilómetros al sur de Buenos Aires. Hijo de un ebanista y una costurera, desde niño supo que sería médico y que podía ser el mejor de su promoción.

Estudió en Argentina y trabajó en un pueblo de la pampa, Jacinto Araúz, donde dejó su impronta: ayudar a los más necesitados. Instruyó a las comadronas en hervir los hilos para los partos y en utilizar alcohol para desinfectar las heridas. Inmediatamente descendió la mortalidad infantil. Recogió muestras de sangre, clasificó tipo y factor y creó un banco de sangre viviente –formado por potenciales donantes– disponible 24 horas.

Con ganas de aprender, en 1962 Favaloro ingresó al staff de Cirugía Torácica de Cleveland Clinic Foundation, Ohio, Estados Unidos. Y cinco años más tarde, el 9 de mayo de 1967, entró en la historia de la medicina por la puerta grande. Realizó la primera operación exitosa de bypass. La enfermedad se cobraba medio millón de vidas al año sólo en Estados Unidos.

No se sentía satisfecho aún. Tuvieron que ocurrir 15 operaciones más hasta que consiguió sacar sangre nueva y fresca directamente desde la aorta, que viene del corazón. Al puente aortocoronario se le empezó a llamar en todo el mundo “bypass Favaloro”.

Nunca habló en primera persona de este logro. Siempre reivindicó el trabajo de un equipo. Fue un ejemplo de humildad y entrega. Un científico que adquirió fama mundial y aun así nunca dejó de ser médico rural.

En 1971 regresó a Argentina, a pesar de que tenía ofertas para trabajar en todo el mundo. Deseaba crear una clínica como las que había conocido en Estados Unidos, pero en su país. Logró levantar su sueño en 1975. Veinticinco años más tarde todo se vino abajo.

La última semana de julio del año 2000 René Favaloro preparó prolijamente su muerte. Compró sobres para preservar siete cartas definitivas de su vida. Allí guardó hojas membretadas con su nombre y apellido. Lacró los sobres y anotó en el reverso de cada uno la palabra “Reservado”.

El sábado 29 redactó una breve nota que pegó en el espejo del baño. Allí indicó dónde se encontraban los siete sobres cerrados. Y el dinero para sus allegados y para cerrar las cuentas con su empleada doméstica, Ramona Giménez.

A las 4:00 de la tarde, sin ayuda de sus instrumentos habituales, pero con idéntica precisión agarró una pistola mágnum y se disparó un tiro con exactitud quirúrgica en el corazón. Tenía 77 años y estaba deprimido porque había perdido a la compañera de su vida. Y su hermano había fallecido en un accidente automovilístico.

Favaloro tenía una visión y la concretó con préstamos del Banco Nacional de Desarrollo y subsidios del gobierno. Las deudas comenzaron a agobiarlo, los subsidios desaparecieron, los funcionarios públicos dejaron de atenderlo.

Antes los políticos querían tener a Favaloro a su lado, como compañero de fórmula electoral o ministro de salud pública. Todos deseaban fotografiarse con él al lado. Cuando las cosas se pusieron complicadas, nadie le atendió el teléfono. Ante semejante indiferencia, escogió la forma más dramática de culpar al país.

Hoy un sobrino, Roberto, es el director de la Fundación Favaloro. Y la ha convertido –junto con otros médicos– en uno de los centros más avanzados de Argentina y Latinoamérica.

En algún lugar del universo René Favaloro debe advertir un cúmulo de sentimientos encontrados. Que su sobrino preferido haya rescatado su memoria no tiene precio. Que los políticos que lo dejaron morir ahora tengan que atenderse con los médicos que lo veneran ratifica aquello de que la venganza es un plato que se come frío. El destino siempre ajusta cuentas al final.