• Caracas (Venezuela)

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Ramón Hernández

Los saqueadores

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Los bandidos llegan a medianoche. Abren las gavetas, revisan los armarios, revuelven en el fondo de los baúles, buscan en el entretecho y debajo de las alfombras. No tienen orden de allanamiento ni vinieron a evitar que se perpetre un asesinato o algún otro delito de cuantía. Instalados en la sala principal llaman al dueño de la casa para que les traiga las llaves del cobertizo y del establo. Piden la presencia de testigos y anuncian el comienzo del proceso.

El primer paso fue solicitar a los presentes autorización para cambiar las estructuras de mando y la ubicación de las tomas de los servicios, los colores de los pisos y el entramado del rosal que sembró la abuela. Mostraron un expediente, y se extremaron en insultos y acusaciones. Entre ellos llevaron adelante las deliberaciones y las transformaciones No aceptaron sugerencias para el cambio de paradigma. Les dieron otros nombres a las viejas faenas, redistribuyeron los mandos, trajeron asesores que, mira tú, inventaron problemas y recalcularon soluciones incompletas para seguir cobrando. En menos de ocho días vaciaron la despensa. Desaparecieron los vinos y la botella de brandy que nunca llegó a destapar el abuelo.

Trajeron gente de otras latitudes y les entregaron el ganado, las dos carretas, el molino del maíz, dos sacos de papas y casi todo el barbecho. Cerraron la escuela, prohibieron la entrada de medicinas, impidieron el tránsito cerca de la casa grande y que tocaran a la puerta para hacer peticiones. Pusieron alambre de púas y dos milicianos con fusiles de precisión. Proclamaron la igualdad absoluta, y como garantía de que no sería de otra manera se reservaron los privilegios existentes y los que se inventaran en el futuro. Todos.

Salieron a pedir prestado y entregaron la mina como garantía, la gallina ponedora, el verraco importado de Pamplona y tres cuartos de una bandera que no sabían qué hacer con ella. Trajeron cuentas de vidrio, un contenedor lleno de espejitos y dos linternas sin pilas, también comida, pero se les pudrió en el camino y no les dio tiempo de lanzarla al mar. Les quedaron las comisiones. A los trece días, todos ­—y todas, Nicolás— se han enriquecido y engordado. Se devoran las lechugas, aunque fingen que prefieren los rábanos rojos rojitos. Les sobran vitaminas en los fondos sociales.

Se llevaron las cortinas, los lavamanos y los bombillos. Con la mata de mango hicieron leña para la gran parrilla con el último becerro. Todos bebieron y se congratularon. A mitad de la jarana, se presentó el hijo y descargó sus alforjas. Guardaba cuatro piedras, una molotov y varias páginas del libro de Mantilla. Se sentía disminuido y débil, y todavía le quedaba media hacienda por destruir. Pidió superpoderes. Si adivina lo que le dijeron, le sale gratis todo lo que compre, igual que a ellos desde que llegaron a combatir la corrupción.