• Caracas (Venezuela)

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Ramón Hernández

Sabotaje en la trinchera

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A estas alturas no es desquiciado anhelar que aparezca un mago y que en lugar de sacar un conejo de la chistera o un ramo de rosas de algún bolsillo desaparezca de un golpe de mano el cúmulo de maldades, golpes bajos, ojeriza, falsedades, puñaladas traperas, reconcomios y demás arrugas del resentimiento en que se ha convertido la existencia diaria en los más de 916.000 kilómetros cuadrados que son nuestro paradero geográfico.

Quienes no han dado golpe en su vida, que hacen su vida con una pistola, una moto y el cheque de la misión, no discuten sobre cómo se ha disparado el dólar ni les preocupa las artimañas y coñas que utiliza el Gobierno para hacerse del voto que posibilitaría que el Poder Legislativo le entregue al Ejecutivo la facultad de redactar las leyes y, con la excusa de la lucha contra la corrupción, en Miraflores decida sobre asuntos muy distintos de los que pregona que van a resolver, como obligarnos a vivir en comunas, pero no hippies, sino en la mortal versión estalinista de la colectivización. Sin embargo, su preocupación no es muy distinta: encontrar a quién joder.

La última habilitante del gobierno pasado fue solicitada con la excusa de afrontar con prontitud las tragedias causadas por las lluvias, los derrumbes y las inundaciones. A pesar de las facilidades que tuvieron para disponer de créditos extraordinarios por montos superlativos, contratar directamente y decidir sobre vidas y haciendas, tres años después la cifra de damnificados que continúan malviviendo en refugios, hoteles, instituciones públicas y debajo de los puentes, o que volvieron a instalarse en zonas de alto riesgo, es vergonzosa. Esos números, demasiado altos si se contrastan con las cantidades de viviendas que la propaganda oficial fanfarronea haber entregado, significan corrupción e ineficiencia, pero sobre todo desprecio por los pobres, por los olvidados de la tierra.

El desparpajo con que los integrantes del gabinete y sus segundones anuncian resultados de cosechas sin haber decidido qué sembrar; la manera como se hacen los ciegos y los sordos ante los reclamos de la ciudadanía que no consigue los alimentos básicos y carece de los servicios de agua y de electricidad por fallas constantes y accidentes recurrentes; la manifiesta indiferencia ante las quejas de los “usuarios y usuarias” de los hospitales que no cuentan con la dotación requerida ni con médicos suficientes; la primitiva indolencia con que les resbala el grave problema de la inseguridad, los accidentes de tránsito y los abusos policiales, contrastan con la altanería, petulancia y retrechería con que responden a la crítica, la falta de escrúpulos con que pretenden volver polvo cósmico al adversario y la saña con la que lastiman a los más indefensos. Es un sabotaje permanente a la convivencia, a la existencia humana. Vendo cara de palo sin rastros de pudor.