• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

¡Quiero hablar! ¡Quiero hablar!

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Durante un largo tiempo de incertidumbres, don Rafael del Junco no dejó de manifestar su deseo de hablar. Se le escuchaba respirar con dificultad mientras decía con voz oscura y agónica: “¡Quiero hablar! ¡Quiero hablar!”. Me refiero a la radionovela, la telenovela y las películas que sucesivamente produjo El derecho de nacer, la obra maestra del melodrama escrita por el cubano Félix B. Cagnet que batió todos los récords de sintonía e hizo famoso al doctor Alberto Limonta, Albertico, nieto de don Rafael del Junco. Pero don Rafael, víctima de una embolia, desventura conocida hoy como accidente cardiovascular o ACV al perder la facultad del habla no logra aclarar que Albertico es su heredero.

Absurda situación ya que si empleaba sus debilitadas fuerzas para pronunciar cuatro palabras y decir: “¡Quiero hablar! ¡Quiero hablar!”, podía perfectamente haber dicho: “¡Albertico es mi nieto!”, que también son cuatro palabras y dejaba de mantener en suspenso a un país pasmado que se desvivía por conocer no sólo la verdad sobre Albertico, sino el estado de gravedad de don Rafael, sobre todo sabiendo que antes de la embolia era hombre de discursos, anécdotas, canciones y largas horas de conciliábulos.

Cuando El derecho de nacer se repitió en Venezuela la gerencia del canal de televisión pidió a Salvador Garmendia que alargara la telenovela y postergara el empeño de don Rafael de querer hablar. Salvador puso a viajar a Albertico por países europeos que el propio Garmendia no conocía y agregó subtramas para aumentar el melodramático prestigio de la negra Mamá Dolores. Por su parte, Boris Izaguirre escribió la novela Y de repente fue ayer (Planeta, 2009) en la que propone escoger entre dos revoluciones simultáneas: la política, de Fidel Castro, y la revolución cultural de los sentimientos iniciada por Félix B. Cagnet. Cuando García Márquez entrevistó a Cagnet en Isla de Pinos le preguntó: ¿Cuál es el secreto de su éxito? y el padre de la radionovela respondió: “La gente quiere llorar, lo único que hago es darle el pretexto”.

Querer hablar y no poder hacerlo debe ser angustioso sobre todo para los políticos. Hacer creer al mundo que uno está vivo sin estarlo es una tétrica patraña. Le ocurrió a Oliveira Salazar, el dictador de Portugal que mantuvo durante 36 años un régimen que empobreció y atrasó al país. Sostuvo el poder bajo el oprobio de lo que calificó como el Estado Novo inspirado en el fascismo italiano y el confesionalismo católico con el apoyo de una tenebrosa policía secreta y aisló al país bajo el lema: “Orgullosamente solos”. Pero un derrame cerebral lo obligó a dejar el poder en 1968 y Marcelo Caetano prolongó la dictadura hasta que la Revolución de los Claveles en abril de 1974 acabó con aquel régimen de terror. Caetano hacía ver que el autócrata, muerto en 1970, aún gobernaba y lo asomaba al balcón para que la gente viera que estaba vivo cuando en realidad ni siquiera podía decir con la voz cavernosa de don Rafael del Junco: “¡Quiero hablar! ¡Quiero hablar!”.

Se dijo que a Francisco Franco intentaron hacerle una jugada parecida mientras el franquismo acomodaba para su provecho la sucesión del poder y algunos sostienen que muerto Juan Vicente Gómez pospusieron el anuncio de su deceso para que coincidiera con el día de la muerte del Libertador nacidos ambos en la misma fecha y pudieran sus seguidores llorar emocionados.

¿Cagnet? Contra todos los criterios sensatos, la historia política ha decidido escribir en el país venezolano una irritante, populista y seudorreligiosa telenovela porque al parecer hay quienes quieren llorar y ¡hay también quienes con trampas y pajaritos ofrecen el pretexto!