• Caracas (Venezuela)

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Nelson Rivera

Querida Antonieta:

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Aunque no haya podido hablar contigo en los últimos días, puedo imaginar la exigencia en la que estás sumergida. Puedo imaginar lo incierto, lo tembloroso, la angustia de cada minuto y cada segundo. Estoy seguro de que has sabido encontrar las energías necesarias incluso allí donde las reservas son exiguas o donde ya no las hay. También tú resistes, como resiste Leopoldo, como resisten millones de personas en Venezuela.

Pocas cosas nos resultan tan esquivas a la comprensión, como la decisión de ponerse en huelga de hambre. En el caso de Leopoldo es paradójico: que alguien que ama rabiosamente la vida, que ha expandido los territorios de su experiencia mental y física, que no ha cesado de ahondar en sus reflexiones y en su conexión con el país de sus pasiones, insisto, es paradójico que alguien dotado de su peculiar capacidad para la acción y para irradiar a quienes le rodean, haya escogido el camino de la abstinencia extrema.

A lo largo de los años, Antonieta, junto a Leopoldo, una y otra vez hemos conversado sobre vuestro hijo. Hemos hablado de eso tan hincado que lleva dentro de sí, de estar siempre preparándose para más. Desde que lo conozco, tu hijo se ejercita. No ha parado nunca de hacerlo. Hay en él una seriedad de origen, una inconformidad que no suelta prenda. Una aspiración de fondo. Un deseo que nunca se apaga, de evitar la mediocridad.

El hombre que no huyó y se entregó al padecimiento de la cárcel es el corredor de las madrugadas; es el lector insaciable de la venezolanidad; es el exuberante que desayunaba con apuro a las 6 de la mañana para tomar una carretera hacia la Venezuela remota. Lo que apenas se ha entendido, es que en Leopoldo hay una condición trasversal difícil de doblegar: no teme ni ha temido nunca probarse a sí mismo. Solo él conoce la intensidad, la disposición de sus energías. 

Aceptamos que una huelga de hambre es una forma de protesta. Pensamos en ella como en un gesto público: como si el huelguista fuese esa persona que vemos en una pantalla o instalamos en una vitrina mental. Esto es cierto, pero no es lo único. En Leopoldo hay un lugar de radical soledad: es allí donde, a lo largo de los años, se ha ejercitado, ha evaluado sus capacidades y se ha impuesto unos desafíos. En ese punto de lo insondable, asumió la cárcel y ahora la huelga de hambre. Es duro, Antonieta, pero debe confortarte: tu hijo es un hombre de extraordinaria fortaleza. Te lo digo a ti, pero también a los posibles lectores de esta carta: la razón por la que decidí hacerla pública, es porque sé que ni Leopoldo ni tú están solos, y que vuestras angustias son las de millones de personas, dentro y fuera de Venezuela.

A esta hora Leopoldo está solo en la soledad del mundo. Otra paradoja: a solas con su cuerpo; confrontado con la realidad del hambre autoimpuesta; ubicado en ese confín de la experiencia humana donde política y biología se miran a la cara. Es probable que, encerrado, no tenga comprensión de que en el planeta entero hay gente que reza por él: ante la persona en huelga de hambre, toda acción en su defensa es oración. Es posible que no sepa que ya ha cumplido con la tarea que se impuso. Su sacrificio corre paralelo al reloj del final. Su padecimiento (y el de otros) marca el cierre de la pesadilla nacional.

No dejo de pensar en el hombre que decidió ir a la huelga de hambre. Ahora es otro: ha añadido nuevas fibras, nueva contextura a sus potencialidades. Ahora sabe cosas que hasta hace poco desconocía. Su liderazgo ha incorporado un saber excepcional. En cierto modo, está más acompañado que nunca, pero también más solo. Una parte de él sigue recogida, silente, invisible para nosotros: el lugar de sus convicciones, donde el cuerpo y la mente se conectan de modo irreducible. Es un terreno vedado. Inaccesible. El lugar de lo último. Solo él puede autorizar el paso de los argumentos, la exposición de las evidencias, aceptar que la faena se ha cumplido y que ha llegado la hora de levantar la huelga de hambre. Sólo él puede aceptar que ese es su inmediato desafío.

Un abrazo, querida Antonieta.