• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Rodolfo Izaguirre

Puerto Escondido

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En los años cincuenta del pasado siglo, en la esquina de Altagracia, en Caracas, una adorable anciana asturiana mantenía una pensión. Jugaba parchis con sus amigas y ponderaba a uno de sus huéspedes, un hombre atildado y galante que salió esa mañana pero no regresó y al día siguiente lo vio retratado en el periódico: lo apresaron cuando, armado, trataba de robar un banco algunas cuadras más abajo. Parecía una situación tomada de El quinteto de la muerte, 1955, la película inglesa de Alexander Mackendrick en la que cinco esforzados criminales comandados por Alec Guinnes se hacen pasar por músicos y se reúnen en una habitación alquilada a una inocente anciana llamada Louisa Alexandra Wilberforce.

Otra abuelita que manejaba una arepera en Quinta Crespo y repartía bendiciones que libraban de todo mal y peligro a quien las pedía, tenía dispuestos para la venta quince sobres de cocaína de excepcional pureza que le encontraron los agentes antidroga.

Juan Sánchez Peláez (1922-2003) el celebrado poeta autor de Elena y los elementos y Aire sobre el aire, adoró al país chileno; quiso tanto al país de Huidobro, Neruda y Rosamel del Valle que cuando el terremoto de Valdivia hirió de muerte ese alargado cuchillo que llevaba clavado en su corazón, sugirió apesadumbrado que le regaláramos a Chile el estado Cojedes. En un tiempo, San Carlos, su capital, fue atracción de los jóvenes por disponer de un autódromo en el que se realizaban competencias internacionales. Una de ellas divirtió mucho a la radio y la televisión porque cuando entrevistaron al español que participaba en la carrera, el hombre, blindado en el complicado y pesado traje que lo protegía, no hizo sino quejarse del bochornoso calor: ¡Joder! ¡Es que con este calor se cocinan los huevos!, decía una y otra vez en medio de los escandalizados pitos de la censura y las risas de los televidentes y radioescuchas de todo el país.

En la autopista, en las cercanías de San Joaquín, en uno y otro lado de la vía, es frecuente ver a las vendedoras de las famosas panelas del mismo nombre. Están allí sosteniendo en la mano los paqueticos de bizcocho moviendo el brazo como un péndulo para llamar la atención de los conductores. Llevan años cumpliendo esa rutina al punto de formar parte del paisaje en ese trecho de la autopista. En los fines de semana, días de competencia en el Autódromo de Cojedes, eran muchos los jóvenes que orillaban sus autos para comprarlos. Tanta era la afluencia que la policía local entró en sospecha y descubrió que en lugar de los bizcochos de San Joaquín los muchachos compraban panelas de marihuana.

El ingenio, la astucia y la inocencia, fingida o no, se esmeran para que la picaresca, la transgresión, el delito o la inobservancia de las normas avancen con paso decidido antes de que la ley les dé alcance. En una ocasión se descubrió que el hombre que durante años estuvo vendiendo una sabrosa chicha en la esquina de Puerto Escondido, una de las esquinas más contaminadas de Caracas, ocultaba en su enorme olla, protegidos en pequeñas bolsas de plástico, todos los relojes y billeteras producto de los atracos perpetrados por los delincuentes que azotaban la zona. Hoy lanzarían así a la olla del chichero los blackberrys y celulares, porque los collares, pulseras, anillos y dinero suelto obtenidos de los arrebatones eran arrojados dentro de la chicha sin miramiento alguno. Quienes la bebían aseguraban que era la mejor de Caracas; la de mejor sabor. Con su nombre, la esquina celebraba la singular circunstancia de que una olla de chicha se transformara en fondeadero perfecto para la rapiña diaria y, seguramente, para abundantes cosechas.