• Caracas (Venezuela)

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César Pérez Vivas

Pueblos alegres y esperanzados

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El planeta ha vivido en estos días la euforia del Campeonato Mundial de Fútbol. Sin lugar a dudas es el evento deportivo que más personas atrae, y al que todos asistimos, gracias a la magia de la TV.

El evento se ha desarrollado en Brasil, en medio de una polémica, por la pertinencia de las inversiones que el estado del país amazónico ha realizado, para cumplir su compromiso de ser sede de este torneo mundial.

Las manifestaciones de sectores de la sociedad brasileña rechazando su realización, y reclamando esas inversiones para otras áreas, se dieron y se canalizaron, sin que finalmente empañaran la justa deportiva.

Brasil ha vivido, disfrutado y organizado este torneo con una masiva participación y respaldo de su pueblo. Se ha podido apreciar un pueblo, que más allá de sus problemas, busca el espacio tanto de tiempo como de espíritu, para vivir, para compartir y crecer,  a partir de un deporte que está arraigado en el corazón de su pueblo.

El fútbol viene a llenar una necesidad de muchos pueblos. Un deseo de vivir un tiempo de alegría, de sana recreación, de afecto a sus propios pueblos, pues el apoyo a cada selección refleja un amor a las patrias, cuyos colores se defienden en cada escenario deportivo. Los pueblos tienen sus valores y sus elementos de cohesión social y política. Las personas trabajan, luchan y buscan un mejor nivel de vida en cada rincón del planeta. Los seres humanos también requieren un tiempo para salir de su rutina, para olvidar sus pesares, para disfrutar de la familia y de los amigos, para compartir alegrías, y también tristezas. El fútbol ha permitido que pueblos enteros y las personas en particular, puedan en estos días, vivir un tiempo de distracción y distensión.

Este fenómeno social de la masificación del campeonato mundial de fútbol me ha permitido ver de cerca el espíritu de nuestro pueblo venezolano, y compáralo con la forma en que el mismo ha estado presente, en nuestro vecino pueblo colombiano.

Para los venezolanos, al igual que para muchos pueblos, el campeonato ha sido un espacio para la distensión y el escape, a la agobiante y compleja crisis que vivimos. Al no tener presencia con nuestra selección vino tinto en la justa mundial del balompié, las simpatías se reparten en diversas selecciones, según los nexos y afectos de cada familia. Nuestra nación no ha vivido la jornada con la misma intensidad que otras naciones hermanas del continente.

Para el pueblo colombiano el campeonato ha sido mucho más que recreación, escape y compartir. Para Colombia el campeonato ha sido un factor integrador y movilizador. Ha sido un aliento de esperanza y de orgullo nacional. Todo un país pletórico de alegría se paralizó cada vez que su equipo salió a la cancha. Todo un país apostaba al éxito de su selección. Todo un pueblo sentía  legítimo orgullo, por aquellos jóvenes que representaban sus colores.

Todos conocemos los problemas que el pueblo colombiano ha sufrido y sufre. Pero por encima de las vicisitudes, este campeonato, ha mostrado a una nación unida, emocionada, alegre y esperanzada. Es el rostro de un país que avanza, que se supera, que busca poner de lado las dificultades.

Al ver ese rostro del pueblo colombiano, pensamos en el rostro de nuestro pueblo. Es cuestión de pasar la raya fronteriza y poder ver el otro rostro.

El de un pueblo, nuestro pueblo,  sufrido, entristecido, sin ninguna motivación. Sin ningún elemento que lo entusiasme y lo cohesione. Un pueblo sometido a la dialéctica de una confrontación estéril. Un pueblo humillado por la pobreza y las vejaciones, que para acceder a alimentos, medicinas y servicios, debe permanecer horas y horas en largas colas bajo el sol. Un pueblo que de momento pareciera perder la esperanza. He podido en estos  días ver los dos rostros. El de un pueblo alegre, unido y con esperanza. Y el de un pueblo triste, fragmentado y desanimado.

Estos días de fútbol nos deben llamar a la reflexión. Debemos insuflar una esperanza a nuestro pueblo, debemos superar esta hora de infructuosos conflictos, de dogmatismos ineficientes. Debemos cambiar ese rostro triste, para que pronto tengamos un pueblo con alegría y esperanza.