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Colette Capriles

Pseudologia politiké

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Me encuentro con un panfleto atribuido a Jonathan Swift: un prospecto para la suscripción que haría posible la publicación de una Pseudologia politiké o Arte de la Mentira Política.

El lector interesado contribuiría con catorce chelines para asegurar la impresión de los dos tomos anunciados. Como era de esperar siguiendo el espíritu de la obra, ni los dos tomos fueron publicados jamás, ni era en realidad Swift su autor; al parecer, resultó ser su amigo Arbuthnoth, médico destacado en la corte y también miembro del club Scriblerius. La intención de establecer las reglas del arte y una taxonomía exhaustiva de las especies de mentiras políticas (anticipando quizás el texto de Bentham sobre falacias políticas), así como de las condiciones para su circulación, resulta fascinante, pero sólo subrayo uno de sus extraordinarios hallazgos: descubre el autor que lo esencial para asegurar la eficacia de la mentira en política es que quienes la difunden no la crean. El ardor persuasivo debe ser, pues, moderado.

Convencerse de la propia mentira la inutiliza como táctica política.

Queda ello como enseñanza.

No es tanto que el chavismo haya apostado por la mentira como estrategia esencial de campaña, tanto en su forma negativa (deformación y ocultamiento de la realidad) como en la positiva (invención de truculencias como, por ejemplo, la del millonariamente pagado programa apócrifo de la unidad); es que la equivocación fatal ha sido creerla. Y aunque muy visible en los últimos días, ese error irremediable ocurrió desde el principio de la campaña electoral, expresándose en la subestimación existencial de la unidad democrática y de la capacidad política de la coalición y del candidato. Grave error. Es como si el enorme aparato de producción de mentiras que el régimen construyó faraónicamente tuviera la rara propiedad no de difundirlas sino de retenerlas al interior del mismo "lado" político, haciendo a los miembros de la nomenklatura y a los fanáticos que los siguen prisioneros de ese mismo aparato. Y en la soledad del poder, la víctima más prominente que es el propio faraón separado del mundo. Quedará para los analistas examinar el gigantesco fracaso del proyecto de la "hegemonía comunicacional", que lejos de cubrir como una asfixiante cobija a toda la sociedad, terminó atrapando a sus propios artífices en un mundo ficticio.

No sé si cuando esta campaña termine tendremos una ecuación simple para definirla; seguramente no, pero por lo que se ve en estas últimas semanas tal vez podría conjugarse como una modesta épica de la verdad. La campaña de la unidad se dirigió quirúrgicamente a consolidar un factor esencial: la creación de confianza; ya tarde, ya demasiado tarde más bien, el régimen se ahoga en sus propias mentiras, y recurre al cansado animador del show dominical para que las perifonee en los alfombrados salones de sus ruedas de prensa. Este dispositivo, las ruedas de prensa, parece tener para los funcionarios comunicacionales unas propiedades de producción de "verdad" como las de los "reality shows" (una mentira que imita a la verdad según una retórica telenovelesca). En la improvisación ante la prensa, el agotado presidente podría transmitir su "política de la sinceridad", que suele tener no sólo gestos confianzudos y de manipulación emocional hacia la persona de los periodistas, sino que trae también "autocríticas", promesas de portarse bien, risitas y amenazas a la llanera; fórmulas todas harto conocidas que se usan ritualmente y que no rompen ese cerco autoinfligido que ya ha separado definitivamente al señor Chávez del país. Pero es inútil. Como reza el título de la novela de Kundera, la vida está en otra parte.