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Pedro Llorens

Pruebas que no prueban nada

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El Alto Mando Político de la Revolución, como ahora se hace llamar, sin el menor rubor ni respeto por las  mayúsculas, el grupo de Diosdado Cabello y sus guapos y apoyados, entre ellos Jorge Rodríguez, el de la sonrisa de Giocondo, presentó al mundo “más pruebas del golpe y del magnicidio” … y Freddy Bernal, el ex alcalde que “amaba” a los perros, (entregaba a sus alumnos de la policía, unos cachorros con los que debían realizar todos sus ejercicios y compartir cama y comida para  luego, al final del entrenamiento, dar muerte al animal), comenta que son “pruebas contundentes difíciles de probar en los tribunales…”.

Por si fuera poco el gobernador de Carabobo, Francisco Ameliach, presenta una  grabación en la que se escucha a alguien (él lo identifica como director de un diario local) que se lamenta de que no hayan matado a una persona que merecía ser asesinada, y no se le ocurre nada más barato que solicitar a la Fiscalía una investigación sobre “un presunto homicidio que pudo haber sido el del presidente de la República”.   

El delirio arropa por igual a la fiscal Luisa Ortega, que sale a librar órdenes de captura a diestra y siniestra contra supuestos implicados en golpes y en planes de magnicidio, sin averiguar si la película es de vaqueros o se trata del Ocho y Medio de Fellini.

Cualquiera que no esté al corriente de la cháchara malandra, que ahora también es la oficialista, en la que siempre sobran o faltan palabras y las que están no quieren decir lo que dicen: “no me la calo, a ti lo que te sale es”, puede llegar a creer que se habla de

la acción militar que derrocó a Rómulo Gallegos en 1948 y el asesinato del general Carlos Delgado Chalbaud, presidente de la junta militar que lo sucedió… o quizá del fallido intento  golpista del teniente coronel Hugo Chávez Frías contra el presidente Carlos Andrés Pérez  con la intención de ejecutarlo…

Las verdaderas revoluciones no las hacen los incondicionales (a un hombre o a una ideología), sino aquellos que han sabido dejar de un lado los escombros de los malos gobiernos que viene arrastrando el viento para intentar un nuevo orden en su país.

En el supuesto de que  Hugo Chávez fuese un caudillo y Nicolás Maduro su sombra,

el actual presidente seguirá siendo un mandatario con minúscula, producto del dedazo o una especie de “tapao” a la mexicana, incapaz de apretarse los calzones, a menos de que la decisión de sacarse a Giordani de encima implique el deseo de sacudirse de escombros y el propósito de tomarse su gobierno en serio, algo muy poco probable.