• Caracas (Venezuela)

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Raúl Fuentes

Provocaciones, mentiras y amenazas

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Salvador Dalí sabía muy bien cómo irritar al público y se vanagloriaba de ello; experto en la materia, se dio el lujo de declarar que se creía mejor escritor que pintor, no por el estilo o la sintaxis de sus escritos, sino por afirmaciones como esta: “el que quiere interesar a los demás, tiene que provocarlos”. Muy escasas son las probabilidades de que Diosdado Cabello haya tenido noticias del surrealista catalán; menores aún las posibilidades de que haya leído sus elucubraciones, pero hay que reconocer que se trata de un sujeto versado en provocaciones como certifica el que se haya  apropiado de un espacio, en el canal que está supuesto a ser de todos los venezolanos, para llenar el escatológico vacío dejado por Mario Silva y excretar ofensas contra todo aquel que, por oponerse al proyecto totalitario, no tiene cabida en su  peculiar concepción del mundo.  

De acuerdo con ese  singular weltanschauung –como decían pedantemente en los ya lejanos años sesenta los intelectuales de esa izquierda que llegó al poder, sin proponérselo ni merecerlo, cuando ya su cosmovisión no valía medio, pues quedó enterrada bajo los escombros del muro de Berlín– quienes no estén alineados al infantilismo bolivariano de Chávez son enemigos del “pueblo” y deben ser tratados como despreciables y apestosos seres indignos de la ciudadanía y de la nacionalidad. Por ello, los desmanes de ese capitanejo que, porque le sale de las gónadas, o de donde sea que estime radica su auto proclamada hombría, hace rodar las cabezas de oficiales que le superan en jerarquía, no deben despacharse como fanfarronadas, sino como deliberados desafíos a una oposición a la cual el poschavismo extremista busca confrontar por medios violentos con la esperanza de adornar con épicos laureles las cobardes emboscadas como las que, premeditadas con criminal cálculo, fueron perpetradas el pasado Día de la Juventud y que ensangrentaron las calles de Caracas y de otras ciudades del país.

Las provocaciones son apenas un aspecto de sus sanguinarios designios, a ellas se debe adicionar el metódico mentir que ha posicionado a Maduro –quien difícilmente superaría el test MMPI (Inventario Multifásico de Personalidad de Minnesota) que mide el grado de mentira subyacente en el discurso del individuo y de cuya existencia me enteré gracias a un thriller– como un político mendaz e inescrupuloso,  uno de los más embusteros que haya tenido nuestra nación, como quedó palmariamente demostrado con su falsos partes durante la agonía del comandante galáctico, resplandeciente, eterno… y mitómano hasta el delirio, trastorno que, por lo visto, traspasó, junto con el poder, a su delfín.  

Habituado a la simulación y el engaño, el sucesor debe, como buen pendenciero, suponer que la mejor defensa es el ataque, lo cual no le impide ensayar  variantes defensivas  del tipo YNF (yo no fui) y OTLC (otro tiene la culpa), para desligarse de cualquier responsabilidad en la desastrosa administración a su cargo.

Las amenazas son otra variable de la opresiva ecuación gubernamental. Proferidas regularmente por funcionarios, jerarcas del PSUV y el mismísimo jefe de gobierno, han dejado de ser insinuaciones de carácter disuasorio y han devenido en las agresiones que prefiguraban, de modo que, por una vez, el gobierno cumple lo que promete y ordena a sus bandas armadas arremeter con fundamento contra la oposición; y, con el  servicial apoyo de jueces venales, además de los ataques armados, los adversarios de la satrapía deben soportar el acoso judicial que ha convertido la disensión en fechoría.

Provocaciones, mentiras y amenazas no han sido, sin embargo, suficientes para contener la ira popular. Con el estudiantado como combativa vanguardia, la gente, armada apenas con sus pancartas y la voluntad de hacerse oír, ha salido a las calles para enfrentar una política coercitiva que, a la brutal embestida de colectivos violentos apertrechados con un arsenal suministrado por la camarilla cívico-militar que detenta el mando real, agrega otros ingredientes, como la inseguridad y la escasez,  a los muy bien delineados programas de sometimiento y control de la sociedad civil. Esa gente le ha dicho a Maduro que hasta aquí nos trajo el río, que no acallará sus protestas hasta que él y sus secuaces tomen las de Villadiego y el país ponga punto final a un drama que comenzó en registro de farsa y que, de seguir empecinados los rojos en cumplir a pie juntillas lo pautado por áulicos habaneros y vernáculos consejeros, concluirá fatalmente en tragedia nacional;  y, entonces, alguien podrá parafrasear a Dalí y decir que la bolivariana no fue más que la revolución rusa llegando tarde a causa del frío.