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Pedro Conde Regardiz

Prometeo y el mito progreso

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Una teoría del progreso se inscribe necesariamente en una problemática y en una dialéctica de los mitos, los cuales arrojan un animismo gravado en las figuras y que acarrea el lenguaje y la imagen. En todo mito reina la magia de la “re-presentación”. El mito es un espejo donde el flujo se proclama en devenir. El mito organiza en su seno un sistema de las imágenes inquietantes, donde la ambigüedad y ambivalencia de los vocablos recubren su propia agresividad, su autovaloración y sistema de autodefensa. El mito es un velo: esconde su oscilación entre el fastidio y el miedo por la pretensión a la autonomía y al sentido.

Imperio de figuras escatológicas de la angustia, el mito del progreso es un Narciso: espejo, pero también teatro. Es la “re-presentación” del porvenir. El pensamiento imagen es circular y tautológico, el “tábano” socrático del cogito hostiga el “caballo muy pesado” (Apología de Sócrates).

Como todo mito, el del progreso es el juguete del juego de fuerzas que él engendra. El cogito es iconoclasta: esto es, el mito se observa por encima de las figuras que animan los saberes modernos; él es entonces en su corporeidad psíquica una especie de cuerpo mental. Un sentido del mito se inscribe, ciertamente, en la superficie del espejo, en su propia estructura narcisista; pero el mito no es inteligible sino a una consciencia trascendente. Levi-Strauss ensayó en vano de fundirse en lo que él muestra: la música del mito, es decir, un sistema de equivalencias internas.

De los mitos más trascendentes en cultura occidental, el de Esquilo, Prometeo encadenado, tragedia que carece de acción, dedicada a hablar de los conflictos en vez de animarlos dramáticamente, aunque no hay un personaje más maleable que el abnegado héroe de este drama. La permanente vinculación de Prometeo a la roca a que ha sido encadenado muestra la consciencia que siempre ha estado ahí, en la totalidad de la escena, en el centro mismo de la historia, cada vez que un hombre eleva su cara al cielo para reiterar su innegociable aspiración de trascendencia.

No es la primera tragedia de Esquilo, pero es un pilar entre sus siete únicas obras conservadas, la que de una manera más desnuda nos transporta a las guerras primitivas de los dioses, muchos siglos antes de que Orestes y Edipo se enfrentaran a su aciago destino. Y mucho más lejos del tiempo histórico en que los persas sucumbieran a los griegos en una batalla que el propio Esquilo, en Los persas, había de recrear para la escena ateniense.

El protagonista de la obra no es, por tanto, un hombre, aunque la enorme tradición cultural que ha suscitado ha hecho de él el portavoz más emblemático de los anhelos de la humanidad, la contestataria figura en que mejor nos reconocemos los efímeros, esos seres así designados por el poeta trágico para expresar contundentemente nuestra condición mortal. Prometeo sugiere tretas, como único medio, para desembarazarse del dios todopoderoso y malvado (Zeus), estrategias singulares que ayudan a los hombres a emanciparse del poder opresor, totalitario. Fue así como Prometeo salió en defensa de los hombres cuando Zeus pretendió eliminarlos paulatinamente, robando el fuego divino para ellos. Con esta acción, el Titán benefactor desvela la conciencia tecnológica del hombre, y el deseo de progreso constante que caracteriza el paradigma, mito prometeico, también comentado por Platón en el diálogo Protágoras.

Esquilo, su tragedia, recuerda que desde la noche de los tiempos siempre ha existido alguien con la entereza moral y convicción humanista que trace estrategias, organice tretas, para oponerse y dar al traste con las pretensiones tiránicas de algún aspirante, así esté armado, a perpetuarse en el poder a costa del bienestar general de la sociedad, al dilapidar, robar el erario público, entregar su territorio y anular sus condiciones de posibilidad de progresar hacia una gran nación libre, justa y próspera. 


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