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Antonio Sánchez García

Promesa, premio o castigo. El voto en Venezuela

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La avalancha que se avecina comporta muchísimos de los elementos de la que se vivió en el 98. Pero carece de una figura clave de referencia y de un programa específico de transición. Independientemente del desenlace del proceso electoral –¿volveremos a vivir un fraude descomunal o el alud sepultará las malas intenciones del sistema?– debemos estar alertas al vacío de poder que podría generarse ante una oposición victoriosa que tuviera las manos vacías. Es hora de preparar la transición. La oportunidad no esperará por nosotros.

 

Recibo de mi admirado y añorado amigo Pepe Rodríguez Iturbe su última obra, un descomunal estudio sobre Alexis de Tocqueville, que rezuma sabiduría, cultura universal y un dominio del aparato bibliográfico sobre el tema verdaderamente asombroso. Solo ese riquísimo requisito académico lo convierte en obra de obligada consulta para quien pretenda adentrarse en el maravilloso mundo del genial historiador, sociólogo, político y filósofo francés de la primera mitad del siglo XIX. Muchísimo más al entrar al tema que, obviamente, no es Tocqueville, sino el mismo José Rodríguez Iturbe: un venezolano ejemplar acuciado por el destino de Venezuela, presente como preocupación angular en cada una de las palabras empleadas para aproximarse a una eventual resolución de nuestros amargos conflictos existenciales.

De entrada, el lenguaje llano y seguro nos permite asumir sin titubeos la asombrosa actualidad de la crítica de Tocqueville a la democracia moderna. Como lo advirtiera desde su conocimiento in situ, un viaje relámpago pero acucioso y facilitado por la descomunal capacidad de observación del joven pensador francés a Estados Unidos de Norteamérica, en sí misma una encrucijada que, por su palpitación interior y sus tendencias ontológicas, puede dar tanto al reino de la libertad como al reino de la servidumbre: “Las naciones de nuestros días no sabrían qué hacer sino en condiciones de igualdad; pero depende de ellas que la igualdad las conduzca a la servidumbre o a la libertad, a las luces o a la barbarie, a la prosperidad o a la miseria”.

Ya habrá tiempo de escribir en detalle sobre esta magnífica contribución de José Rodríguez Iturbe, escrita desde el exilio impuesto por la canalla, al pensamiento político hispanoamericano, pero solo al entrar en el denso escrito nos topamos de frente con nuestra palpitante realidad: este próximo domingo 6 de diciembre, los despojos de democracia que aún sobreviven y que permitirán la expresión parcial de los anhelos de la ciudadanía venezolana, las mayorías ¿se inclinarán por la servidumbre o por la libertad, por las luces o por la barbarie, por la prosperidad o por la miseria?

Todas las encuestas reflejan una abrumadora mayoría dispuesta a castigar con su voto al nefasto y ominoso gobierno de Nicolás Maduro, que nos fuera impuesto “antidemocráticamente” por decisión de un moribundo presidente recién reelecto en contra de todas las premisas constitucionales, pues se lo sabía físicamente incapacitado para ejercer el cargo al que optaba para poder mantener viva la dictadura al mando del control de la republica, un candidato que se veía devorado por el cáncer, que se encontraba prácticamente en condiciones de rehén agonizante de la tiranía cubana y que aun en condiciones tan devastadoras se resignó a entregarle el poder a la tiranía de su padre putativo, Fidel Castro. Quien fue quien pusiera, en última instancia, a uno de sus peones al mando de su odiada Venezuela. Y cuyo ministerio de elecciones, el mismo que servirá de árbitro este próximo domingo, impusiera a los electores a redropelo de toda certidumbre verdadera.

Las encuestas, prácticamente todas ellas, dejan ver que se verifica por primera vez durante el reinado del presente ciclo político y con la misma intensidad con que se lo practicara el 6 de diciembre de 1998, el llamado “voto castigo”. Entonces un rechazo en bloque a la llamada IV República. Ahora un rechazo tanto o más profunda y radical contra esta V República, que la sucediera. Es una elección profundamente emotiva, visceral, motivada por los más oscuros sentimientos de rechazo: es una elección CONTRA el régimen. Contra Maduro y su gobierno, en primer lugar. Pero también contra todo su aparato institucional, trasminado y corrompido por el chavismo, esencia del actual estado de cosas. Se vota contra sus consecuencias: corrupción, narcotráfico, criminalidad, inseguridad desbordada, desabastecimiento, miseria, inflación, carestía.

Ciertamente: ante la absoluta polarización que vivimos, votar en contra del régimen y su siniestro gobierno supone indisolublemente votar a favor de las propuestas opositoras y sus candidatos. Si bien la potencia de la negación y el rechazo sobrepasan con mucho las ofertas de cambio. Del cambio se compra la primera parte: el desalojo. Ya avanzaremos hacia el cambio.

Es el punto que quisiera destacar. La avalancha que se avecina comporta muchísimos de los elementos de la que se vivió en el 98. Pero carece de una figura clave de referencia y de un programa específico de transición. Independientemente del desenlace del proceso electoral –¿volveremos a vivir un fraude descomunal o el alud sepultará las malas intenciones del sistema?– debemos estar alertas al vacío de poder que podría generarse ante una oposición victoriosa pero sin propuestas proactivas de inmediato cumplimiento. Es hora de preparar la transición. La oportunidad no esperará por nosotros.

aliento.

 

@sangarccs